La patrulla de la lechuga verde: último capítulo

Terminamos con este capítulo nuestro segundo libro. Antes de eso, todos los niños y niñas de clase y su profe queremos dar las gracias a los que habéis leído cada línea y nos habéis alentado a seguir escribiendo cada semana. Sin ese apoyo, que ellos desde casa ven y sienten, no tendría sentido el trabajo que cada viernes hacen ellos en clase. Seguid cultivando semana a semana el amor y entusiasmo por la lectura y escritura.

A partir de la semana que viene empezaremos el trabajo paralelo a la escritura de esta segunda entrega: ilustraciones, contacto con la imprenta, visita para ver cómo se imprime y maqueta y preparación de la presentación. 

Ojalá esta pandilla siga dándonos tan buenos ratos. 


 

(…) Lola, Pedrito, Neno y Juanita fueron con ella a un rincón del plató. Parecía que quería enseñarles algo.

– Allí hay alguien que quiere conoceros -dijo.

¿Quién podría ser? ¿Acaso alguien importante? Estaba claro que medio mundo quería conocerlos. Los chicos se miraron intrigados. Al llegar a la esquina, vieron de quién se trataba. La misma persona que se escondía tras un sarcófago en el museo. La misma persona que semanas antes fue a recuperar a Bratwurst. La cara de la pandilla se puso pálida, casi blanca. Mónica rompió la tensión del momento.

– Creo que ya conocéis a mi padre.


 

– ¿Este hombre es tu padre? -preguntó muy asustada Lola.

– Sí -respondió él en un perfecto español-. Creo que sería bueno que vinieran vuestros padres. No quiero asustarlos.

Neno se acercó a todos los padres. Les dijo que el hombre que se había llevado a Bratwurst estaba allí, que era el padre de Mónica, la presentadora. Los padres, sobresaltados, se acercaron al rincón en el que estaban todos.

El hombre alemán saludó con un apretón de manos a todos los padres.

– Mi nombre es Óscar. Creo que antes de nada debería disculparme por el susto que os llevasteis en España. Supongo que debí haber hablado con vosotros y no llevarme a esta salchicha como lo hice -en ese momento sacó a Bratwurst de su bolsillo-.

– ¡Bratwurst! -gritó Pedrito “Cabezón”-. ¡Estás bien!

– Claro que está bien. No olvidéis que esta salchicha es mía, no vuestra. Tampoco es de Juanjo, quien por cierto, no cumplió su palabra.

En ese momento Juanjo pidió perdón por no haber mandado la foto a tiempo. Los niños entonces explicaron el porqué. Contaron que ellos “se llevaron prestado” a Bratwurst de la charcutería porque creyeron que estaba en peligro y porque querían un amigo para Salchicha Woman. Le contaron a Óscar que desde entonces Juanjo intentó recuperarlo para no faltar a su palabra, pero que no supo cómo hablar con los padres antes para convencerlos de lo que había pasado.

– Aunque creo que a ti te ha pasado lo mismo -dijo Juanjo a Óscar-. Tú también tendrías que haber hablado conmigo y con las familias de los niños en lugar de aparecer como lo hiciste para llevarte a la salchicha, o a Bratwurst, como le llaman ellos.

– Estoy de acuerdo -asintió Óscar avergonzado-. No supe cómo hablar con vosotros. ¡Erais tantos! Pero llevas razón. Debí hacerlo.

Todos aceptaron las disculpas de Óscar. Al fin y al cabo también ellos habían cometido algún error en algún momento. Todos menos los padres, que tan sólo buscaban la forma de arreglar todo aquel desastre.

– Cuando llegué de nuevo a Berlín, decidí cambiar de aires. Cerré la tienda para comenzar una nueva vida. Cuando llevaba unos días aquí, noté que Bratwurst estaba muy triste. Supe rápidamente que era porque os echaba de menos. Entonces decidí dejaros una nota en la tienda. Si realmente queríais estar con él, vendríais a buscarlo. Debo admitir que pensé que eso no pasaría nunca, pero estaba equivocado. ¡Vaya que si estaba equivocado!

Todos escuchaban a Óscar con atención, menos Pedrito y Neno, que miraban a Mónica de reojo sonrojados.

– Supe que habíais llegado cuando desde mi casa, enfrente de la vieja tienda, os vi -siguió contando Óscar-. Entonces os seguí hasta la isla de los museos. Allí vi lo que estos dos niños hicieron. Fue impresionante. Al salir del museo llamé rápidamente a mi hija para que consiguiera haceros una entrevista en la televisión. Creo que es una buena forma para zanjar este asunto. De otra forma, seguramente habríais salido corriendo detrás de mí y no habríamos acabado muy bien.

Las familias comprendieron la jugada de Óscar. No había duda de que estaban todos tranquilos. Y lo mejor es que parecía que todo iba a mejor.

– Ahora sé que os importa Bratwurst -abrió la mano para que lo vieran mejor-. Voy a daros a este viejo amigo. Pero voy a hacerlo con una serie de condiciones.

Los niños estaban nerviosos. Por un lado, aceptarían cualquier condición, aunque por otro, no sabían si alguna sería demasiado complicada.

– La primera es ésta: seguiréis mandando una foto al mes. De no ser así, os comprometeréis a devolverlo.

En segundo lugar, prometed que no lo perderéis. Se me rompería el corazón si algo le pasara.

Sé que os sonará raro, pero quiero que le deis un masaje todas las noches antes de dormir con unas gotas de mostaza. Le relaja mucho.

¡Cuidad que nadie intente comerlo!

También quiero que Bratwurst llegue a ser alguien en la vida. Por eso quiero que lo llevéis todos los días al colegio, escondido, sin que nadie lo vea. Que aprenda matemáticas. También idiomas. Ya sabe alemán y español. Que aprenda inglés.

Enseñadle a usar el aseo -los niños rieron-. No quiero que vaya por ahí como si fuera una mascota.

Haced que sea autónomo. Es importante saber pedir ayuda, pero también es importante que aprenda a hacer las cosas por sí mismo.

Y ahora, la última y más importante -todos abrieron bien los ojos, como si así pudieran escuchar mejor. Hasta ahora, todos los requisitos se podían cumplir-.

Durante los días que he estado con Bratwurst vi, como os he dicho, que estaba triste. Pero no era sólo porque os echara de menos. Es verdad que tenía ese vacío, pero echaba de menos a alguien en especial. En las largas conversaciones que tuvimos, me confesó algo -todos estaban expectantes-. Bratwurst… siente algo -la salchicha lo miraba fijamente-. Esto… Bratwurst siente algo especial por alguien de vuestra pandilla. No quiero que hagáis nada especial, sólo quiero que dejéis que ellos hablen y que aclaren esos sentimientos. Bratwurst se siente profundamente enamorado de una tal “Salchicha Woman”.

En ese momento Salchicha Woman salió lentamente del bolsillo de la camisa de Pedrito, roja como si hubieran echado tomate sobre ella. En ese momento fue como si el resto del mundo desapareciera. Sólo estaban ellos dos. Sintieron como si todos los focos del plató les iluminaran a ellos y el resto se tornara negro; como si estuvieran en una pista y ellos fueran la reina y el rey del baile.

Y sintieron que algo nuevo empezaba… aunque esa es otra historia.


Epílogo

 

Quedaban pocos minutos para que el avión aterrizara en el aeropuerto de Málaga. Les había tocado sentarse cerca del motor del ala del avión, con lo que había sido un vuelo algo ruidoso. Lo bueno era que como eran famosos, la compañía aérea les invitó a todo lo que quisieron.

Los padres estaban sentados en la parte izquierda del pasillo. A la derecha, Pedrito estaba sentado con Neno, que hojeaba un periódico en alemán en el que había fotos de la pandilla. En el tercer asiento, en ventanilla junto a ellos, Bratwurst y Salchicha Woman dormían con las cabezas pegadas. Se les veía felices.

Detrás de ellos, Lola y Juanita se reían recordando las caras de Pedrito y Neno en el plató de televisión. Durante todo el vuelo estuvieron hablando del comienzo del nuevo curso. Solo faltaban dos semanas para que terminaran las vacaciones de verano. Estaban deseando ver qué sorpresas esperaban en el cole. No pararon de hablar sin apenas darse cuenta de que alguien se sentaba en el tercer asiento, justo detrás de las dos salchichas.

Había estado durmiendo durante todo el vuelo. Era calvo, aunque tenía algo de pelo negro y grasiento a los lados y por detrás de la cabeza, aunque no tanto como en las orejas y las cejas, muy pobladas. Su  nariz aguileña era enorme. El pelo hacía juego con su ropa, toda negra.

Cogió su móvil bostezando. Comenzó a reír mientras escribía un mensaje. Juanita no pudo evitar mirar de reojo al hombre por su risa, malvada, perversa. Después miró su móvil y vio lo que escribía con tanta alegría.

 

Los e henkontrado!

 


Planning del capítulo:

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La patrulla de la lechuga verde: capítulo 10

(…)

– Son templos. Son los templos que aún están enterrados y no han sido todavía descubiertos. O al menos eso es lo que dice este mapa.

Nadie hablaba. Todos contenían la respiración. El silencio era incluso molesto, hasta que alguien lo rompió con una palmada. A ésta se sumo otras de otra persona. Y de otra. Y de otra.

El aplauso no iba dirigido a la directora del museo. Tampoco a la nueva figura de Nefertiti. Aplaudían a la pandilla.

Aplaudían a Pedrito.

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Las luces del techo parecían estrellas que enfocaban perfectamente a todas las zonas importantes del plató. En el centro, una mesa cuadrada sobre el suelo blanco contrastaba con el tapizado de las sillas, con el dibujo de una cuadrícula de ajedrez. Frente a la mesa, tres cámaras de televisión enormes enfocaban a cada una de las sillas. Aún no había nadie sentado, aunque había gente que no paraba de correr de un lado al otro. En una de las paredes había un reloj digital con unos números en rojo que contaban hacia atrás, como si al llegar al cero pudiera pasar algo importante.

Los padres de los niños y la pandilla estaban en el centro de aquel lugar, mirando todo con gran asombro. Era la primera vez que estaban en un estudio de televisión y no era una visita cualquiera. Ellos eran los invitados.

Después del incidente del museo, no se hablaba de otra cosa en el país. Y no sólo allí. Que el busto de Nefertiti se convirtiera por arte de magia en un cuerpo completo ya era increíble. Y a eso sumamos que el mapa con las localizaciones de todos los templos egipcios que aún quedaban por descubrir parecía ser real, o al menos eso había comunicado un equipo de egiptólogos al que dieron el encargo de comprobarlo. El día anterior usaron un aparato para ver qué había debajo de una de las localizaciones cercanas a El Cairo y efectivamente allí había algo. Todo eso hizo que en las televisiones de todo el mundo no se hablara de otra cosa que de los niños. Sin embargo nadie los había visto en público todavía, nadie hasta ese día. La cadena nacional de televisión alemana más importante del país, ARD, había contactado con la familia con el deseo de entrevistar a los niños. Los padres no estuvieron muy convencidos al principio intentando protegerlos del estrés de la fama, aunque finalmente accedieron.

Desde que llegaron al edificio desde el que se emitía el programa, los trataron como si fueran las personas más importantes del mundo. Les dieron un desayuno riquísimo y les enseñaron todas las instalaciones. Después los llevaron al plató. Allí había una persona que en todo momento les traducía en español lo que les iban diciendo.

– Cuando empiece la entrevista, vosotros no me veréis, pero me escucharéis en todo momento a través de este auricular -les dijo a los chicos enseñando lo que parecía un pequeño botón color crema.

Osiris estaba también con ellos. Entre todos decidieron que sería divertido que también ella saliera en la tele. “Seguro que incluso a ella la sacan guapa”, dijo uno de los chicos.

En ese momento los llamaron para que comenzaran a sentarse en las sillas con la tapicería de ajedrez. Un montón de mariposas empezó a revolotear en sus estómagos.

– Son nervios -les intentó tranquilizar la madre de Juanita al ver que se llevaban las manos a la barriga-. Tranquilos, lo vais a hacer genial.

Juanita, Lola, Pedrito y Neno, con Osiris en sus brazos, se sentaron en sus sillas. Vieron cómo llegaban otras personas que se colocaban detrás de las cámaras. Lola miró el reloj digital y vio que quedaban tres minutos para llegar al cero.

La pandilla se sentía bien. Estaban nerviosos, pero eufóricos. Ni en sus mejores sueños podrían haber visto esa escena. No sólo les iban a ver en Alemania. Esa entrevista iba a ser retransmitida en el mundo entero. Millones de personas podrían verles en ese momento. Estaban seguros de que todos sus compañeros y maestros del colegio estarían ya preparados en sus casas delante del televisor para verlos. En todos los países habría alguien preguntándose cómo serían esos héroes, esos niños que habían conseguido descubrir, tras una torpe caída, los dos secretos mejor guardados de la historia.

Quedaban solamente dos minutos cuando una mujer se sentó en la silla que había en el centro, dejando a Pedrito y a Lola a su derecha y a Juanita y a Neno a su izquierda. Era la presentadora. Era muy agradable. Sonreía a los niños. Llevaba un vestido rosa muy elegante. Era rubia y sus ojos eran azules, como los de la mayoría de los alemanes. Al saludar, Lola y Juanita le devolvieron el saludo. Sin embargo, Pedrito y Neno no podían articular palabra. Los dos miraban a la presentadora, Mónica, con la boca abierta, atontados.

– No me lo puedo creer -murmuró Lola mirando a su hermano-. Al menos di algo.

Sin embargo Pedrito seguía hipnotizado. Neno estaba más rojo que un tomate. No podía sentir más vergüenza. Cada vez que Mónica les decía algo, los dos se reían mirándose y después agachaban la cabeza para volver a abrir la boca como si les faltara el aire. Juanita y Lola negaban con la cabeza.

La voz de alguien sonó a lo lejos. Estaba contando desde diez hasta cero. Vieron cómo coincidía con los números del reloj.

La presentadora comenzó a hablar mirando a la cámara. Aunque no entendían nada de lo que decía, era evidente que lo hacía genial. Los niños estaban muy contentos. Mónica empezó entonces a hablar mirándolos directamente a ellos. En ese momento los cuatro niños escucharon perfectamente la voz en español que sonaba a través del auricular.

La entrevista fue muy divertida. Les preguntaron por muchas cosas distintas, no sólo acerca del momento del museo. Hablaron de cómo se conocieron, de Jaén, de su barrio. Hablaron de su colegio y aprovecharon para enviar un saludo al resto de compañeros. Hablaron de cómo salvaron una vez un supermercado de las llamas, de cómo rescataron a una tortuga. También contaron cómo conocieron a Osiris. La presentadora se reía mucho. Hablaron de todo menos de las dos salchichas. Hubiera sido una gran ocasión para pedir públicamente al dueño de Bratwurst que se lo devolviera, que lo cuidarían mucho, pero pensaron que si lo decían podrían intentar encontrarlo para meterlo en un laboratorio e investigarlo, como hicieron una vez en una película de un extraterrestre al que se le encendía un dedo.

Aunque estuvieron una hora hablando, a ellos les pareció unos pocos minutos. Cuando dejaron de grabar, los padres se acercaron a saludar a Mónica y a dar un abrazo a sus hijos, felicitándolos por lo bien que lo habían hecho.

– Si me permitís, me gustaría hablar un momento con ellos -pidió la presentadora a los padres con un español difícil de entender.

Lola, Pedrito, Neno y Juanita fueron con ella a un rincón del plató. Parecía que quería enseñarles algo.

– Allí hay alguien que quiere conoceros -dijo.

¿Quién podría ser? ¿Acaso alguien importante? Estaba claro que medio mundo quería conocerlos. Los chicos se miraron intrigados. Al llegar a la esquina, vieron de quién se trataba. La misma persona que se escondía tras un sarcófago en el museo. La misma persona que semanas antes fue a recuperar a Bratwurst. La cara de la pandilla se puso pálida, casi blanca. Mónica rompió la tensión del momento.

– Creo que ya conocéis a mi padre.

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Planning del capítulo

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La patrulla de la lechuga verde: capítulo 9

(…)

La tienda estaba cerrada. Pero eso no era todo. Por un agujero se podía ver el interior y parecía que no había nada dentro. Fuera, pegado en la persiana, había algo escrito en un cartel:

Verkauft

La madre de Neno sacó su móvil para traducir esa palabra. Cuando vio lo que significaba miró a los niños de la pandilla sin saber qué decir. Neno cogió el móvil para ver que ponía.

Se vende.

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La pandilla se sintió frustrada, dolida e impotente por no haber conseguido hacer nada por rescatar a Bratwurst. Todas sus esperanzas desaparecieron. Ahora sería imposible encontrar a su amigo. Estaban en una ciudad que no conocían en la que se hablaba un idioma difícil de entender. Los padres no sabían cómo consolar a los niños que se abrazaban dando la aventura por perdida. Ésta era la primera vez que se daban por vencidos. No sabían cómo solucionar el problema. La única que conseguía conservar la calma era Lola, que miraba fijamente la nota de la puerta, como si hubiera algo más. Se acercó y comenzó a pasar la mano por encima, buscando algo que ni ella misma sabía qué era. Los demás niños la miraron y siguieron sus pasos, acercándose para ver qué se le podía haber ocurrido esta vez. En muchas ocasiones había demostrado que se podían superar todas las barreras, por difíciles que pudieran parecer.

Al pasar la mano por el cartel que ponía “se vende” en alemán, lo agarró con fuerza y lo arrancó. Una nota cayó en ese momento en el suelo ante el asombro de todos. Lola cogió la nota y sopló sobre ella para quitar el polvo.

– Aquí hay algo escrito -dijo-. ¡Además está escrito en español!

Todas las familias se acercaron para leer el mensaje.

Jamás me encontraréis

Esto dificultaba las cosas. No sólo había cerrado la tienda para siempre, sino que el dueño sabía que la pandilla podría viajar a Alemania para recuperar a la salchicha. Esa nota dejaba claro que él no estaba dispuesto a dejar que nadie volviera a dejar que alguien se llevara a Bratwurst de nuevo.

Si antes los niños se habían quedado destrozados, ahora estaban hundidos. ¿Qué podrían hacer? Todo estaba perdido.

– ¡Esperad! -gritó el padre de Juanita mientras sostenía el papel de “se vende” en sus manos-. Aquí hay un teléfono. ¿Y si llamamos?

– ¿Y qué decimos? Ninguno sabe hablar en alemán -observó la madre de Neno.

– Pero sabemos algo de inglés -contestó la madre de Pedrito y Lola-. Esto es Alemania. Seguro que a quien llamemos habla algo de inglés. Llamemos para interesarnos por el local. Vamos a decir que queremos verlo por dentro.

El dueño del local no tardó más de 20 minutos en aparecer. Saludó a los padres y abrió la persiana. Al entrar, mientras hablaba sobre las condiciones del alquiler con las familias, los niños comenzaron a buscar por la tienda alguna pista que les ayudara a encontrar a su amigo. De nuevo fue Lola la que encontró tirado en una esquina un sobre. Lo escondió debajo de su camiseta e hizo una señal a sus padres dando a entender que tenía algo. Los mayores se despidieron del hombre diciendo que no era lo que buscaban y le dieron las gracias. Unos metros después, Lola abrió el sobre.

Buscad, buscad. Tras algo muy antiguo me podréis encontrar.

Todos sintieron un escalofrío que recorría su interior. De repente, todo daba un vuelco. Había luz al final del túnel. Había esperanza. ¿Por qué el alemán dejaba esta nota? ¿Acaso quería que la pandilla encontrara a Bratwurst? ¿Podría ser que pusiera una prueba para ver que realmente a ellos les importaba la salchicha tanto como para pasar una serie de pruebas?

Los niños miraron boquiabiertos a sus padres. Éstos sentían el mismo nerviosismo que sus hijos. En cierto modo volvían a ser niños gracias a sus aventuras.

– Pensemos. Algo muy antiguo -el padre de Juanita fue el primero en pensar a qué podría referirse.

– Estamos en Berlín. Esta ciudad tiene siglos de historia. Aquí todo es antiguo -contestó la madre de Neno.

– Pero dice algo muy antiguo. A lo mejor no se refiere a algo de Berlín, sino a algo más antiguo, como las cosas que vimos en los museos hoy.

El que había dicho esto último fue Pedrito. Todos los demás lo miraban alucinados. Nadie creía que pudiera tener una idea como esa. Sus padres, incrédulos, no podían estar más orgullosos. Lola, su hermana, le dio unas palmadas en la espalda felicitándolo por su idea.

– A ver. En Berlín hay muchos museos, pero si tuviera que ir a alguno, iría al Pérgamo -pensó Juanita.

– Cierto, hija -le dijo su madre-, aunque en el Neues, el Museo Nuevo, hay muchísimas cosas de Egipto. Podríamos encontrar algo allí.

Todos vieron bien la idea. Se dirigieron de nuevo a la Isla de los Museos y entraron en el Neues Museum. ¡Había tanto que ver! Estuvieron durante dos horas buscando detrás de cada escultura, bajo cada piedra, pero no consiguieron ver nada. De repente entraron a una sala en la que había más gente que en el resto. Todo el mundo miraba embelesado hacia el mismo punto.

– ¡Mirad! -dijo sorprendido el padre de Neno.

Los niños se acercaron al centro del bullicio. En medio había lo que parecía la cabeza en piedra de una mujer. Era muy bonita.

– Mira hija -la madre de Lola se acercó a su hija-. Es el busto de Nefertiti. Tiene casi 3.500 años. Es preciosa, ¿verdad?

Madre e hija vieron desde un extremo lo que ocurría a continuación a cámara lenta. Enfrente, Neno y Pedrito se acercaban corriendo al busto. Habían visto algo raro. En su extrema torpeza, Pedrito tropezaba al pisar uno de los cordones desatados de sus zapatillas cayendo de bruces sobre la peana que sostenía el busto. Éste empezó a bailar hacia un lado y al otro mientras el público ahogaba un grito silencioso, echándose las manos a la boca o a la cabeza. Finalmente, el busto de Nefertiti, probablemente el más caro del mundo, el más valioso en todos los sentidos, caía al suelo. El estruendo de cientos de trozos rotos silenció a todo el gentío durante unos segundos hasta que de repente todos a la vez comenzaron a gritar ante el desastre. Pedrito y Neno querían desaparecer.

Los vigilantes de seguridad y unas parejas de policía aparecieron de la nada y al ver lo que había pasado miraron en dirección a los dos niños y sus familias. Lo primero que hicieron fue esposar a los padres y retener a los pequeños. Justo cuando se disponían a llevárselos, ocurrió algo aún más increíble.

De entre los pedazos de Nefertiti del suelo comenzó a subir una especie de humo que inundó la sala. Poco a poco ese humo empezó a cobrar forma. Primero, algo extraño, como un animal, pero iba cambiando a algo más familiar.

El humo dejó de moverse en el aire. Nadie podía creer lo que veía. El rostro de la mismísima Nefertiti estaba flotando en medio de la sala. Sus ojos se encendieron de un color rojo muy intenso y esa luz apuntaba a una esquina de la habitación. Al mirar en la dirección de sus ojos vieron cómo alguien se escondía tras un sarcófago.

– ¡Es él! -gritó Juanjo al reconocer al alemán que se llevó a Bratwurst.

Sin embargo la policía no dejó que nadie que se moviera.

De repente, el rostro flotante comenzó a desaparecer. A medida que se desvanecía, aparecía una nueva forma, algo distinto. Una fuerte luz hizo que todos en la sala cerraran los ojos. Al abrirlos vieron que ya no quedaban trozos en el suelo. Lo que antes hubiera sido sólo un busto, ahora era un cuerpo completo tallado en piedra de Nefertiti. La dueña del museo, que había entrado minutos antes, no podía creer lo que veía. Se acercó lentamente a examinar la pieza cuando vio que en el suelo, junto al pie de la nueva escultura, había un pergamino. Se trataba de un mapa de Egipto con muchísimas cruces.

– Es imposible -dijo la directora en un inglés perfecto-. Imposible.

– ¿Qué pasa? -preguntó Lola.

– Son templos. Son los templos que aún están enterrados y no han sido todavía descubiertos. O al menos eso es lo que dice este mapa.

Nadie hablaba. Todos contenían la respiración. El silencio era incluso molesto, hasta que alguien lo rompió con una palmada. A ésta se sumo otras de otra persona. Y de otra. Y de otra.

El aplauso no iba dirigido a la directora del museo. Tampoco a la nueva figura de Nefertiti. Aplaudían a la pandilla.

Aplaudían a Pedrito.

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Planning del capítulo:

La patrulla de la lechuga verde: capítulo 8

Como llevamos unas semana sin publicar, os resumimos lo que pasó en el último capítulo. En el bosque, Juanjo, el charcutero, tuvo que dar explicaciones a las familias de los niños sobre por qué fue a recuperar a Bratwurst. Justo en el momento en el que llegaron a un acuerdo, alguien se escapaba con la salchicha en la mano:

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(…) Todos los niños comenzaron a gritar de alegría. Los padres sonreían mientras daban las gracias a Juanjo. Por fin un final feliz de toda aquella aventura.

Pedrito fue a coger a Bratwurst para enseñarla de cerca a los padres.

– ¿Dónde estás? ¡No te camufles!

– ¡Socorro! -gritaba Bratwurst a lo lejos.

Comenzó a llover a cántaros. Todos miraron con los ojos entornados por el agua en la dirección de la que venían los gritos. Un hombre corría muy rápido en sentido contrario. Nadie sabía qué pasaba. Juanjo gritó en medio de la confusión.

– ¡Oh, no! ¡Es él!

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La gente corría de un lugar a otro y sólo se detenían para mirar las enormes pantallas que avisaban de cuándo se abrirían las puertas para entrar. A pesar de haber tanta gente, no era un lugar muy ruidoso. De vez en cuando una voz avisaba de que quedaba poco para salir.

Lola se paró en una de esas pantallas. Había muchísimas letras y números. Después de leer un rato vio el destino de la patrulla:

Berlín, facturación en el pasillo 26.

Aún quedaban dos horas para salir. El aeropuerto era grande. No, era enorme. Muy luminoso. A medida que se acercaban al número 26, el ruido iba subiendo. Detrás de unas cintas por las que las maletas se movían como por arte de magia, muchos aviones esperaban para salir.

Las familias de los chicos comenzaron a sacar papeles y esperaron en una cola. Neno estaba algo nervioso. Llevaba a Salchicha Woman en el bolsillo interior de su cazadora y no sabía si le dejarían entrar al avión.

Al llegar su turno, los padres comenzaron a subir las maletas a una cinta para pesarlas. ¡No podían pesar más de 20 kg! Después subieron a Osiris metida en una especie de jaula de plástico. Taparon la caja con una sábana para que no se asustara.

– ¿Estará bien? -preguntó Juanita.

El hombre que estaba detrás del ordenador sonrió, lo que tranquilizó a la pandilla. Osiris no podía ir al mismo sitio que el resto porque no podían subir animales. En el caso de la gata, no hubiera sido por si alguien pudiera tener alergia, porque no tenía ni un sólo pelo. La llevaron a la bodega, una especie de maletero gigante que tienen los aviones.

– Da tiempo de sobra a desayunar algo -dijo la madre de Pedrito y Lola.

Unos días antes, en la Sierra de Cazorla, Juanjo contaba a los padres y a los niños quién era el hombre que se había llevado a Bratwurst. Su dueño legítimo. A quien él había prometido mandar una fotografía cada mes. Debía importarle realmente esa salchicha para haber volado desde Alemania para recuperarla. En ese momento, la pandilla no paraba de llorar. No podían creer cómo habían perdido a su amiga. Quien peor estaba era Salchicha Woman, que se había quedado sin su único amigo de su… especie.

Después de saber quién se había llevado a Bratwurst, los padres hablaron sobre el resto del verano. Ése era el penúltimo día que pasarían en la sierra y la verdad es que ir a pasar unos días en Berlín era muy atractivo. No tardaron mucho en decidirse.

Terminaron de desayunar y se dirigieron al avión. Antes había que pasar por debajo de una especie de puente que pitaba si alguien llevaba algo de metal. Dejaron las chaquetas y cinturones en una cinta. Neno empezó a sudar por los nervios.

– No te muevas -susurró a Salchicha Woman, que seguía en el bolsillo de la cazadora y se dirigía directa al interior de un túnel.

Pasaron por el detector de metales sin problema, pero la policía que miraba el interior del túnel detuvo la cinta extrañada.

– Mirad esa chaqueta -dijo a sus compañeros de trabajo.

Neno y el resto de la pandilla sintieron que las piernas se doblaban.

– ¿Una salchicha? ¿Tienes una salchicha metida en la cazadora? -preguntó otro policía que registró la chaqueta de Neno.

– Sí. Es… es mía. Eeeeehhh, sí -no paraba de sudar-. Esto… es mi merienda. Tengo mucha hambre. Paso el día comiendo salchichas. Me gustan todas. Por eso voy a Berlín. Para seguir comiendo… mucho. Salchichas. Me gustan.

El policía lo miraba con la boca abierta. Finalmente le dio la cazadora y la salchicha. Se quedó mirando a Neno para ver si se la comía.

– Para el viaje. Por si me da hambre. Ahora acabo de comerme cinco -dijo sonriendo antes de dar media vuelta y salir despavorido.

El viaje fue más rápido de lo que creían. Les gustó todo del avión, sobre todo el despegue. Durante el vuelo decidieron que primero irían a ver algunas cosas interesantes de Berlín para después ir a la hora de cenar al puesto donde estaría Bratwurst.

Después de dejar las maletas en el hotel, fueron directamente a la Puerta de Branderburgo. Era muy grande, con unas estatuas de caballos en la parte de arriba y algo con alas. Después visitaron la catedral, que tenía una cúpula turquesa preciosa. Finalmente la Isla de los Museos. En uno de ellos, el museo de Pérgamo, había muchas cosas interesante sobre Egipto que asombraron a Pedrito.

– Conozco a un niño de mi clase al que le encantaría estar aquí -dijo pensando en su amigo.

De camino al puesto de perritos, estuvieron hablando sobre cómo rescatarían a Bratwurst.

– Podríamos pedir que Salchicha Woman entre volando a por él -dijo Neno.

– O también, mientras nuestros padres lo distraen, entramos nosotros sin que se dé cuenta y salimos -sugirió Juanita.

– Se me ocurre que a lo mejor Bratwurst, en cuanto nos vea, podría camuflarse y salir corriendo -fue la idea de Pedrito.

– ¡O que Osiris le arañe mientras entramos nosotros! -intervino de nuevo Neno ante las carcajadas del resto.

– ¡Estamos cerca! -Juanjo, que había ido con ellos a Berlín, parecía nervioso. Llevaba varios días sin saber qué le diría al vendedor alemán. Al fin y al cabo había roto la promesa y, aunque él no tuvo la culpa, se sentía avergonzado -detrás de esa esquina está la tienda.

Los niños estaban muy contentos. Por fin volverían a ver a Bratwurst y sabían que de una forma u otra, lo recuperarían. Lo que no sabían es que detrás de esa esquina se encontrarían algo que cambiaría por completo sus planes.

La tienda estaba cerrada. Pero eso no era todo. Por un agujero se podía ver el interior y parecía que no había nada dentro. Fuera, pegado en la persiana, había algo escrito en un cartel:

Verkauft

La madre de Neno sacó su móvil para traducir esa palabra. Cuando vio lo que significaba miró a los niños de la pandilla sin saber qué decir. Neno cogió el móvil para ver que ponía.

Se vende.

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Planning del capítulo:

La patrulla de la lechuga verde: capítulo 7

Continuación del capítulo 5

(…) Mientras miraba hacia arriba, Pedrito intentó escapar justo por delante de él, con tanta torpeza que cayó de bruces en el suelo. El hombre, que seguía avanzando mientras miraba hacia el cielo, tropezó con Pedrito. Aunque consiguió poner las manos en el suelo para no chocar con la cara, no pudo hacer nada para no caer en el río. Lola, que estaba muy cerca, comenzó a tirar rápidamente sobre el cuerpo del hombre tantos palos y hojas secas como pudo. Mientras tanto, varios salmones que intentaban remontar el río para desovar, trataban de dar saltos sobre la cabeza del charcutero, pero lo más que conseguían era dar coletazos en la cara del hombre. Bratwurst, que veía la escena desde el aire se soltó de Salchicha Woman para caer directamente sobre él, dio un bocado en los calzoncillos y comenzó a tirar por fuera de los pantalones del desafortunado impostor.

Parecía que lo tenían muy controlado, con lo que era un buen momento para escapar. Sin embargo, una voz detrás de ellos hizo que cambiaran de opinión. En ese momento, Salchicha Woman y Bratwurst se escondieron veloces tras la pandilla.

– ¿Qué ocurre aquí? ¿Qué está pasando? ¿Me queréis decir por qué hay un hombre en el suelo?

Quien gritaba era el padre de Neno. Todos los padres y madres de los niños estaban allí. Lo más sorprendente de todo es quién les acompañaba. La mujer del ojo cerrado que conocieron en la cabaña estaba con ellos.


El silencio más absoluto se apoderó de ese momento. No era un silencio tranquilizador, sino tenso. La pandilla tenía dos sentimientos muy distintos. Por un lado, la seguridad de que nada podría pasarles con sus padres allí. Por otro, culpabilidad porque sabían que lo que habían hecho a ese hombre no era correcto, ¡aunque él quería hacerles daño!

– ¡He preguntado que por qué hay un hombre en el suelo! -repitió el padre de Neno.

Ninguno de los niños se atrevió a contestar, no porque no tuvieran una buena excusa, sino porque no podían creer que la mujer del ojo cerrado estuviera con ellos. La mujer se dio cuenta, pero no dijo nada. Fue Juanita la que rompió el hielo y dijo las primeras palabras

– ¡Este hombre quería hacernos daño! ¡Quiere quitarnos algo!

– ¡Eso es mentira! -el charcutero gritó mientras se quitaba la hojarasca de la espalda. Los salmones al fin pudieron seguir remontando el río sin obstáculos de por medio-. ¡Fueron ellos los que me robaron a mí!

– ¿Juanjo?

La madre de Neno fue la primera en darse cuenta de quién era el hombre que se levantaba del suelo. Juanjo se sacudía los pantalones e intentaba poner todas sus ropas en orden. No quería mirar directamente a los padres porque se sentía avergonzado.

– Sí. Soy yo. Siento haber asustado a vuestros hijos, pero…

– Pero, ¿qué? Vamos a ver. ¡Alguien puede explicarnos de una vez qué es lo que está pasando aquí! -el padre de Pedrito y Lola estaba muy nervioso-. ¿Qué haces tan lejos de tu tienda?

– Vuestros hijos entraron a la charcutería hace casi un mes. De hecho hoy hace un mes. Entraron y ¡me robaron!

– ¿Es eso cierto? -preguntó la madre de Juanita a su hija.

– ¡No, mamá! Dejamos un euro sobre el mostrador para pagarle.

– ¡Me dejasteis un euro por algo que a mí me costó mil quinientos! Además, yo no os di permiso a que os llevarais…

Juanjo cortó su queja repentinamente. Los padres estaban muy confusos. Ninguno sabía qué era lo que se habían llevado. Ninguno, salvo la mujer del ojo cerrado que fue la siguiente en hablar.

– Creo que yo sé qué se llevaron.

Toda la pandilla sintió como si miles de bichos estuvieran andando por sus estómagos. Había llegado el momento de saber por qué ella estaba con sus padres.

– Creo que hablan de una salchicha -dijo muy lentamente a la vez que se quitaba una peluca y lo que parecía un disfraz. También despegó lo que parecía una pegatina de su ojo y al fin los niños vieron quién se escondía bajo todo eso.

– ¡Mamá! -gritó Lola.

Los niños estaban alucinados. La mujer de la cabaña que paseaba con Osiris sobre sus brazos era la madre de Pedrito y Lola. Por eso la gata estaba tan tranquila. Ninguno se había dado cuenta hasta ahora de que estaban allí todos los padres excepto ella. Los nervios no les dejaban pensar con claridad.

– Sí, hija. Soy yo. Nos hablabais tanto de los juegos que hacíais en el colegio que quisimos haceros uno para que vivierais una gran aventura estos días. Cuando dije que fuerais a la cascada me refería a la que hay cerca de la casa, no a ésta. Allí estaba el padre de Neno esperando. Al ver que no llegabais, nos asustamos y hemos imaginado que estabais aquí.

Todo empezaba a cobrar sentido.

– ¿A qué salchicha te refieres? -fue la madre de Juanita la que preguntó, aunque todos tenían en mente la misma pregunta.

– Ayer, en la cabaña, una salchicha que volaba habló conmigo. No os dije nada porque…

– Cariño, ¿te encuentras bien? -dijo preocupado su marido.

– Por eso mismo, para que no pensarais que estoy loca.

– ¡La salchicha que se llevaron de mi tienda no vuela! -exclamó Juanjo.

En ese momento, Salchicha Woman salió de su escondite y comenzó a flotar sobre las cabezas de todos los demás. Los padres miraban hacia arriba y se les abría la boca más y más cuanto más subía la salchicha.

– Ahora me quedo más tranquila. ¡Ahora sé que no me he vuelto loca!

– Recuerdo que una vez mis hijos me despertaron para que diera un masaje a una salchicha -dijo el padre de Lola y Pedrito, sintiéndose algo culpable por no haberles hecho caso en su día.

– ¡Digo que esa no es la salchicha que se llevaron! -repitió Juanjo.

– Creo que se refieren a mí.

– ¡Quién ha dicho eso! -la madre de Lola no paraba de mirar por todas partes, buscando a quien había dicho aquello.

– Yo.

Nadie veía nada.

– Estás camuflado, Bratwurst -dijo Salchicha Woman.

En ese momento Bratwurst apareció de la nada. Los padres no sabían si mirar a la que volaba o al que hablaba desde el suelo. La madre de Lola y Pedrito sintió que se mareaba por la impresión. Si ya le había costado dormir después de conocer a Salchicha Woman, ahora se duplicaba el problema.

Los niños explicaron a los padres cómo conocieron a Salchicha Woman y cómo encontraron a Bratwurst y se lo llevaron. Tardaron bastante tiempo en contarlo todo. Por su parte, Juanjo contó cómo compró a Bratwurst en Berlín.

– Pero, ¿por qué no hablaste con nosotros? -preguntó uno de los padres-. Nos conocemos desde siempre.

– ¿Me habríais creído? -contestó Juanjo.

– Probablemente no. Pero al menos no nos habrías dado este susto, sobre todo a los pequeños.

Juanjo pidió disculpas. Después explicó que solo tenía unas horas para mandar una foto de Bratwurst a su legítimo dueño. En caso contrario, tendría que devolver a la salchicha y todo el dinero.

– Por favor, ¡no te lleves a Bratwurst! -imploró Juanita.

– ¡Es de la pandilla! -lloraba Pedrito.

– Se me ocurre algo, Juanjo -la madre de Lola y Pedrito tenía una propuesta-. Si te parece bien podríamos mandarte una foto todos los meses y tú la reenviarías a Alemania. Además, los niños se comprometerían a llevarte a Bratwurst todas las semanas para que veas que está bien. Bratwurst siempre será tuyo.

– A mí me gustaría quedarme con ellos -rogó Bratwurst mientras comenzaban a caer las primeras gotas desde un cielo cada vez más negro.

Juanjo necesitó unos segundos antes de contestar.

– Está bien.

Todos los niños comenzaron a gritar de alegría. Los padres sonreían mientras daban las gracias a Juanjo. Por fin un final feliz de toda aquella aventura.

Pedrito fue a coger a Bratwurst para enseñarla de cerca a los padres.

– ¿Dónde estás? ¡No te camufles!

– ¡Socorro! -gritaba Bratwurst a lo lejos.

Comenzó a llover a cántaros. Todos miraron con los ojos entornados por el agua en la dirección de la que venían los gritos. Un hombre corría muy rápido en sentido contrario. Nadie sabía qué pasaba. Juanjo gritó en medio de la confusión.

– ¡Oh, no! ¡Es él!


Planning del capítulo:

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La patrulla de la lechuga verde: Capítulo 6

El despertador sonó a las seis, como cada mañana de lunes a sábado. Pasaron unos segundos hasta que se decidió a sacar la mano de debajo de la manta para apagarlo. Hacía frío fuera y no había un lugar en el que estar mejor que en la cama. Aún así, se estiró y consiguió levantarse.

Fue hacia el baño para asearse. Juanjo nunca se duchaba por la mañana. Prefería hacerlo por las noches porque el agua caliente lo relajaba antes de ir a dormir. Una vez vestido, preparó dos cafés. Uno de ellos lo echó en un vaso de papel y el otro lo puso sobre la mesa, junto a una manzana y una tostada.

Mientras desayunaba, a Juanjo le gustaba leer algo. Esta vez tenía una revista de National Geographic con una noticia de un exoplaneta llamado Barnard b que acababa de ser descubierto. “¡Qué pequeños somos”, solía pensar cuando leía acerca de estos temas.

Se puso el chaquetón que más abrigaba de los que tenía en casa y salió. Había dos formas de llegar a su tienda, una charcutería del barrio que llevaba allí toda una vida. Él siempre elegía la más larga. Le gustaba pasear tranquilamente para disfrutar de la soledad de las calles a esas horas tan tempranas. A escasos metros de la charcutería, dejaba el vaso de papel con café a un hombre que dormía cerca de allí. Después, abría. Siempre la misma rutina. Cada día.

Su primer cliente siempre era Fermín, un vecino que paseaba de tienda en tienda con un pequeño televisor bajo el brazo para repararlo, aunque poco arreglo tenía.

– Buenos días. Vengo a que me arregle la tele -decía todos los días.

– Buenos días, Fermín. ¡Estás en la charcutería! No tengo herramientas aquí, pero ven cuando quieras -sonreía Juanjo.

Aquel hombre le hacía pensar con nostalgia en el pasado, en todos los años que llevaba viviendo en el barrio. A él le gustaba. Era feliz allí.

Miró hacia la calle. Anunciaba una oferta de salchichas y recordó cómo había conseguido aquella del escaparate. Años atrás viajó a Berlín, la capital alemana. Fue no solo porque le atraía la ciudad, sino porque Alemania es la cuna de las salchichas. Allí las hay de todos los tipos y él quería conocerlas todas para su negocio. Fue de puesto en puesto y de restaurante en restaurante buscando las mejores. Y fue así como, en uno de esos puestos ambulantes, se hizo con la salchicha del escaparate.

Fue a comer una Currywurst, típica salchicha alemana a la que echan tomate y curry y suelen acompañar con patatas. Hablando con el dependiente le llamó la atención una salchicha que tenía fuera del alcance de los clientes.

– ¿De qué tipo es esa salchicha? Nunca había visto una así.

– Esa salchicha es especial. Es una bratwurst de cerdo, creo, aunque no estoy seguro.

– Quiero llevármela -dijo decidido Juanjo.

– ¡De ninguna manera! -zanjó el dependiente-. Esa salchicha no está en venta.

– ¿Cómo que no está en venta? Eso es absurdo. En una tienda se vende todo lo que hay.

– No está en venta. Esa salchicha tiene poderes -el vendedor susurró al decir eso.

– ¿Poderes? -Juanjo reía-. Una salchicha con poderes. Lo que me faltaba oír.

– ¿No lo crees?

Si decir una palabra más, cogió la salchicha y la colocó junto a una pared azul. De repente, ante los ojos de Juanjo, la salchicha cambió su color por el de la pared. Daba igual dónde la pusiera. Ésta siempre cambiaba su color.

– ¡Esta salchicha sería un gancho perfecto para mi charcutería! Por favor, quiero comprársela.

– ¡No!

– ¡Puedo ofrecerle 500€! -Juanjo comenzaba a suplicar.

– No. Creo que no -el vendedor empezaba a dudar.

– Está bien -contestó Juanjo-. ¡Le ofrezco 1.500€!

– ¿1.500? Eso es bastante dinero. La verdad es que no me vendría nada mal -dejó que pasaran unos segundos antes de continuar-. El problema es que la echaría de menos. Lleva muchos años conmigo.

– Le propongo algo. Le doy el dinero y me comprometo a mandarle una fotografía de la salchicha todos los meses. Así sabrás que está bien cuidada y podrás verla a menudo.

No necesitó mucho tiempo para cerrar el trato.

– De acuerdo -contestó el vendedor alemán-, trato hecho. Pero con una condición. Si un solo mes no me envías la foto de la salchicha, te comprometerás a traerla de nuevo y no te devolveré el dinero.

– No tengo ningún problema.

 

De aquello hacía ya tres años. Nunca faltó a su palabra y nunca lo haría. Todos los meses seguiría mandando la foto de la salchicha para alegría de su original dueño.

Las campanas que tenía sobre la puerta sonaron cuando ésta se abrió e hicieron que dejara ese pensamiento para atender a quienes habían entrado. Cuatro niños del vecindario entraron y se dirigieron al mostrador. Estuvieron hablando un rato con él, aunque no compraron nada. Al poco rato, salieron bastante nerviosos, casi corriendo. Al mirar al mostrador, Juanjo vio que habían olvidado una moneda de euro, con lo que la cogió para devolvérsela, pero justo al pasar junto al escaparate se dio cuenta de algo hizo que sintiera escalofríos.

La salchicha mágica no estaba. Había desaparecido. Miró nervioso por el suelo. Buscó por toda la tienda, pero no estaba. Entonces lo comprendió. Por eso había una moneda sobre el mostrador.

Aquellos niños se la habían llevado. Esa pandilla. Esa patrulla.

La patrulla de la lechuga verde: Capítulo 5

(…) El camino hasta la cascada era sencillo. Tardaron sólo unos minutos hasta que llegaron. Allí había alguien sentado sobre una roca. Era un hombre alto, con barba larga y un parche sobre el ojo derecho. Llevaba puesta lo que parecía una túnica negra sobre la espalda. Al ver a los niños al otro lado del río se levantó de la roca despacio, como si le costara trabajo. Miró a los niños con media sonrisa. Después de unos segundos en silencio dijo algo a la pandilla que los dejó helados.

– Hola a todos. Me alegra veros aquí. Habéis crecido mucho desde la última vez que os vi.

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Todos estaban alucinados. ¿Cómo podía ser que aquel hombre tan extraño los conociera? Se miraron entre ellos sin saber qué decir. Fue Pedrito el que consiguió articular palabra.

– ¿Cómo ha dicho? ¿Usted nos conoce?

– ¡Claro que os conozco! -exclamó el hombre soltando una carcajada muy molesta-. Os conozco desde que erais mucho más pequeños. Prácticamente os he visto en vuestros carritos.

Mientras seguía hablando, comenzó a dar pasos pequeños hacia donde estaba la pandilla. A ninguno le gustaba el tono con el que hablaba el hombre del parche. La situación se hacía más y más tensa.

– Os he visto casi a diario pasar con vuestras mochilas delante de mi tienda cuando salíais del colegio -el nuevo dato hizo que los niños se sobresaltaran-. Estáis más grandes desde que entrasteis por última vez.

– ¿Qué tienda? ¿Quién eres? -preguntó Lola, que quería salir corriendo.

– Soy un admirador. Desde aquel día no me he perdido ninguna de vuestras aventuras. Me gustó especialmente el momento en el que salvasteis el supermercado de aquel incendio, aunque no se puede comparar con la aventura de la playa, en la que conseguisteis salvar a esa tortuga.

– ¿Qué? ¿Estabas en la playa ese día? -Neno estaba enfadado.

– Sí. Claro que estaba. He estado siempre. Y ayer, en la cabaña, también estaba escondido tras unos matorrales -siguió avanzando poco a poco- y si no hubiera sido porque había una mujer con un gato, por fin habríais sido míos. Pero ahora es mi momento. Cuando escuché que la mujer os citó en la cascada sabía que vendríais a ésta y no a la que está justo al lado de la casa.

Lola pensó que llevaba razón. Hubiera sido más lógico ir a la otra cascada con los padres cerca por si hubiera pasado algo. Sin embargo estaban solos y ya no podían hacer nada.

– Vosotros me robasteis.

– ¡No hemos robado nada nunca! -gritó escandalizada Juanita.

– ¡Sí! ¡Lo hicisteis! -gritó mientras tiraba a los pies de los niños una moneda de un euro- entrasteis en mi tienda y robasteis una salchicha que tenía en el escaparate. ¡No era cualquier salchicha, aunque eso ya lo sabéis!

Comenzó a dar pasos más rápidos mientras se quitaba la barba y el parche. Soltó la túnica al suelo.

– ¡Es él! ¡Mi dueño! -gritó Bratwurst.

Al oír las palabras aterradas de Bratwurst, Salchicha Woman lo cogió en brazos y voló tan alto como pudo.

– ¡Ahí estás! ¡Eres mío!

Mientras miraba hacia arriba, Pedrito intentó escapar justo por delante de él, con tanta torpeza que cayó de bruces en el suelo. El hombre, que seguía avanzando mientras miraba hacia el cielo, tropezó con Pedrito. Aunque consiguió poner las manos en el suelo para no chocar con la cara, no pudo hacer nada para no caer en el río. Lola, que estaba muy cerca, comenzó a tirar rápidamente sobre el cuerpo del hombre tantos palos y hojas secas como pudo. Mientras tanto, varios salmones que intentaban remontar el río para desovar, trataban de dar saltos sobre la cabeza del charcutero, pero lo más que conseguían era dar coletazos en la cara del hombre. Bratwurst, que veía la escena desde el aire se soltó de Salchicha Woman para caer directamente sobre él, dio un bocado en los calzoncillos y comenzó a tirar por fuera de los pantalones del desafortunado impostor.

Parecía que lo tenían muy controlado, con lo que era un buen momento para escapar. Sin embargo, una voz detrás de ellos hizo que cambiaran de opinión. En ese momento, Salchicha Woman y Bratwurst se escondieron veloces tras la pandilla.

– ¿Qué ocurre aquí? ¿Qué está pasando? ¿Me queréis decir por qué hay un hombre en el suelo?

Quien gritaba era el padre de Neno. Todos los padres y madres de los niños estaban allí. Lo más sorprendente de todo es quién les acompañaba. La mujer del ojo cerrado que conocieron en la cabaña estaba con ellos.

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Planning del capítulo

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