Nuestro tercer libro: capítulo 4

La directora del centro pidió a varios maestros que buscaran a los cuatro niños por el centro. Rápidamente organizaron varios grupos. Al cabo de unos minutos, al ver que nadie los encontraba, todo el centro, incluidos los niños, empezaron a mirar por todas las aulas y baños del colegio. Joaquín y Rocío fueron con su profesor, que les pidió que no se separaran de él al ser nuevos.

Comenzaron a mirar bien por los pasillos y el aula de usos múltiples. Al haber tanta gente buscando, se hacía complicado ver a nadie en especial.

– Vamos a seguir por aquí -indicó su maestro señalando un ala del centro.

Por más que miraban por las aulas, no había rastro de la pandilla. Todos los profesores cruzaban miradas preocupadas, aunque intentaban disimular delante de los alumnos.

– Seguro que aparecen en cualquier momento. Siempre les ha gustado la aventura -bromeaba alguno de ellos para tranquilizarlos.

El tutor de tercero, junto con Joaquín y Rocío, propuso entonces mirar en la biblioteca. Estaba cerrada con llave, así que avisó al conserje para que abriera.

Al entrar, vieron más de lo mismo, una sala vacía. Aún así, miraron por todas partes. Fue Rocío quien vio un papel roto sobre la mesa. Se acercó y lo leyó extrañado. Sus nombres encabezaban la nota.

“Joaquín, Rocío, mirad en la mochila de Pedrito”.

– Joaquín, mira -Rocío dio el papel a su hermano, que la miró intrigado.

Hizo un gesto con la cabeza a su hermana y salieron de la biblioteca. Se dirigieron rápidamente a su clase para buscar la mochila. Cuando llegaron, se encontraron con un dilema. ¿Cuál sería la mochila? No conocían todavía la clase. De hecho, no sabían bien quién de ellos podría ser Pedrito.

– Vamos a mirar las libretas de las bandejas que tienen las mesas. Busca su nombre -propuso Rocío.

Tardaron un buen rato en dar con las que ponía “Pedro” en la portada.

– ¡Aquí! -gritó triunfante Joaquín.

Cogió la mochila y la subió a la mesa. Cerraron la puerta antes de inspeccionarla. Al abrirla, miraron con cuidado lo que había dentro.

– Aquí no hay nada. Dos libros, un estuche y la merienda, una salchicha -observó Joaquín.

– Juraría que había otra cosa, pero es como si hubiera desaparecido al abrirla. Además, es raro que lleve una salchicha sin envolver, mezclada con todo lo demás.

– ¿Qué hacemos ahora? -preguntó Rocío.

Joaquín encogió los hombros sin saber qué hacer.

– Es rarísimo que nos hayan dejado esa nota -pensó. Si nos han pedido que miremos aquí será por algo, pero no sé qué es. No sé qué podemos hacer. Está claro que Pedrito y los demás tienen un problema grande, pero ¿cómo podemos ayudarlos?

En ese momento la mochila comenzó a moverse. Los niños miraron hacia esta y se quedaron mudos, atónitos, cuando vieron cómo la salchicha que había dentro comenzaba a salir lentamente de la mochila, flotando, con lo que parecía una loncha de queso sobre la espalda.

– ¿Problema? -dijo la salchicha. ¿Mis amigos están en un problema?

Los dos hermanos no podían articular palabra. Los dos tenían la boca abierta y no sabían si lo que estaban viendo era real o no.

– Sí, lo sé. Soy una salchicha y estoy volando.

– Y estás hablando -consiguió decir Rocío.

De repente, de la nada, apareció otra más, esta algo más grande.

– Dejad que os presente a Bratwurst. Yo soy Salchicha Woman. Encantada de conoceros. Y ahora que nos hemos presentado, ¿qué os parece si nos contáis qué es lo que ha pasado? Dejaremos lo que somos nosotros para más adelante.

Los dos hermanos contaron a las dos salchichas el incidente del simulacro de incendios. Cuando terminaron, las dos se miraron extrañadas.

– Les ha pasado algo -dijo Bratwurst. A ellos les encantan las aventuras, pero jamás se esconderían en una situación así. Tenemos que buscarlos.

– Todo el colegio está haciéndolo ahora mismo -contestó Joaquín.

– Entonces no están aquí -aseguró Salchicha Woman. No sé cómo podríamos saber dónde se han metido.

Tras un momento pensando fue Rocío la que dio la idea.

– ¡Las cámaras! Hay cámaras por todo el colegio. Me fijé mientras buscábamos a los chicos.

– Bien. Tenemos que buscar la sala en la que estén los monitores.

Los dos hermanos escondieron a las salchichas en los bolsillos de sus chaquetas. Anduvieron por el centro hasta que vieron una puerta con las letras CCTV impresas.

– Es aquí, seguro -dijo Joaquín. La puerta está cerrada.

Miraron a su alrededor.

– Los conductos de ventilación -señaló Salchicha Woman. Entraré por ahí. Esperadme.

Comenzó a volar y rápidamente desapareció por el techo. Fueron unos minutos interminables hasta que apareció de nuevo.

– ¡Di algo! -gritó Rocío.

Salchicha Woman se quedó un rato pensativa, intentando asimilar lo que había visto.

– Los he visto. Han salido de la biblioteca, pero no iban solos. Una mujer y un hombre los llevaban cogidos de sus brazos. Ella no sé quién es, pero ¿él? Lo he visto antes -guardó silencio unos segundos. Sí, es él. El hombre del avión. ¡Eso es! El problema es que no tengo ni idea de dónde han podido ir…

Nuestro tercer libro: capítulo 3

Todo podría haber ocurrido de otra forma ese mismo día. Si no hubiera sido el primer día de clase, si el recreo hubiera sido a otra hora, si no hubieran presentado a los nuevos compañeros, si la alarma de incendios no hubiera sonado… Pero ocurrió así.

Normalmente, la clase de tercero iba a la biblioteca los martes antes del recreo, pero como ese día había sido especial por ser el primer día de clase y por haber hecho las dinámicas, el profesor había decidido ir a la biblioteca después del descanso, aunque avisó a sus alumnos de que era posible que no estuviera allí la maestra que se encargaba de los préstamos.

La clase fue a por sus libros en grupos de cuatro alumnos. Como siempre, los chicos de la patrulla fueron juntos.

La biblioteca del colegio era enorme. Todos los libros estaban muy bien ordenados. Normalmente estaba llena de niños, pero como era el primer día de clase, ese día no había ninguno. Era como entrar a una tienda de ropa a comprar una camiseta y que acaben de abrirla. Todo estaba perfectamente colocado en su sitio.

Los libros de tercero tenían una etiqueta roja. Eso quería decir que eran muy mayores y que podían sacar libros más complicados. La patrulla empezó a buscar alguno que les gustara, alguno que a primera vista les llamara la atención. Cada uno se fue a uno de los pasillos que formaban las grandes estanterías enfrentadas. El silencio era muy acogedor. Daban ganas de quedarse allí un buen rato buscando el libro perfecto.

Mientras ellos buscaban su libro, la maestra, que sí estaba allí, pasaba un lector sobre una etiqueta de la contraportada, organizaba algunos títulos de libros nuevos que iban a añadir a los estantes.

La pandilla fue eligiendo los que querían llevarse a clase. Lola eligió uno de Sherlock Holmes, un detective que tenía que descifrar misteriosos casos con la ayuda de su compañero John Watson.

Neno se decidió por “El capitán calzoncillos”, sobre dos niños de primaria a los que les encantan los cómics y se dedican a pintar y dibujar historietas cuyo personaje central es el personaje del mismo nombre del libro.

Juanita se decantó por “La patrulla de la lechuga verde”, un libro que habían escrito unos alumnos de segundo de primaria de algún colegio de Jaén que hablaba de las aventuras de un grupo de amigos y unas salchichas con poderes mágicos.

Pedrito “Cabezón” estaba indeciso entre uno de Tea Stilton y otro de Princesas Dragón. Al final decidió que el de Tea le podría gustar más.

Los cuatro niños se dirigieron a la mesa donde estaba la maestra encargada de hacer los préstamos. Le dieron los buenos días, pero ella no contestó. Era nueva ese año, o al menos ellos no la habían visto nunca, aunque bien es cierto que el colegio es muy grande y no conocían a todas las personas que trabajaban ahí. Llevaba un buen rato intentando buscar algo en el ordenador. Parecía que era la primera vez que hacía un préstamo. Tiró pronto la toalla y devolvió el primer libro a Juanita sin pasar el lector.

– El siguiente -dijo con desgana.

Neno le dio el suyo e hizo lo mismo. Tecleaba algo en el ordenador, aunque más bien parecía que quería salir del paso haciendo como que registraba el préstamo. Los chicos se miraron extrañados. A Lola le hubiera gustado decirle cómo se hacía, pero no quería parecer una enterada y mucho menos delante de esa maestra, que parecía que no tenía su mejor día.

Antes de que devolviera el libro a Neno, la alarma de incendios comenzó a sonar. La maestra no se inmutó.

– ¡Es la alarma que suena en los simulacros! -observó Lola-. ¡Tenemos que ir a clase!

– Pero si vamos a clase llevaremos el sentido contrario del que tenemos que tomar. ¿Y si salimos y nos ponemos en la primera fila que veamos en el pasillo?

La idea de Neno parecía buena. Los cuatro niños miraron a la maestra buscando su aprobación, pero seguía sin inmutarse. Cualquiera que pasara podría pensar que era un mueble más de la biblioteca.

La pandilla se miró y encogió los hombros. Un gesto de Pedrito con la cabeza guió al resto a la puerta de salida. Con buen paso, Juanita cogió el pomo para abrirla.

– Qué raro. ¡Está cerrada! -exlamó.

– “Seño”, la puerta está cerrada, ¡no podemos salir! -Lola parecía desesperada.

La maestra de la biblioteca dejó de mirar la pantalla del ordenador. Se echó hacia atrás, apoyando la espalda en el respaldo de la silla y tornó su mirada hacia los niños con una disimulada sonrisa. Pedrito empezó a dar golpes en la puerta para ver si alguien los escuchaba desde el pasillo. Mientras, la bibliotecaria puso lentamente su mano sobre su cabeza y con cuidado se quitó lo que nadie se había dado cuenta de que era una peluca. Después también se quitó las gafas. Los niños la miraban sin saber qué estaba pasando, mientras la alarma de incendios no paraba de sonar. Por primera vez, la mujer, que ya estaba claro que no era maestra, habló.

– Ya puedes salir.

La pandilla comenzó a mirar hacia todos los huecos del aula, pero allí no había nadie. De repente, las puertas de uno de los armarios de la sala comenzó a abrirse, muy lentamente. La respiración de los niños se agitaba entrecortada.

Cuando la puerta estuvo completamente abierta, de dentro salió un hombre, feo, sucio y destartalado. Miró a los niños, sonriendo de forma malvada.

– No sabéis cuánto tiempo llevo esperando este momento. Tres años y por fin os tengo delante sin nadie que nos moleste.

Pasaron unos segundos. Ninguno de los niños se atrevía a decir nada. Pedrito había dejado de golpear la puerta porque sabía que no había ya nadie detrás. Fue Lola la que se decidió a decir algo que dejó al resto de los amigos boquiabiertos.

– Yo le conozco. No es la primera vez que le veo. Usted es la persona que se sentó con nosotros en el avión cuando volvimos de Egipto.

Nuestro tercer libro: capítulo 2

Faltaban unos diez minutos para que sonara la campana que avisaba de la entrada a clase cuando abrieron las puertas exteriores del colegio. Las familias hablaban entre ellas mientras los niños corrían a toda prisa por ver quién llegaba antes a su fila. Después de los meses de verano el centro se llenaba otra vez de vida.

La pandilla buscaba su nueva fila en el patio mientras hablaban sin correr. Tenían mucho que contar sobre sus vacaciones, no sólo de las que pasaron juntos. Al llegar saludaron a todos sus compañeros. Todos hablaban a la vez y era casi imposible enterarse de nada. Los nervios del primer día son únicos en todo el año, distintos a los que puedes sentir en otro momento.

Un momento después, unos padres se acercaban a la fila algo desorientados. Una niña y un niño iban con ellos y se pusieron al final de la fila. En pocos segundos se convirtieron en el centro de todas las miradas de clase. ¿Se habrían equivocado de clase o iban a tener nuevos compañeros?

Un par de minutos antes de que fueran las 9, el profe se dirigió a la fila y saludó a las familias y dio abrazos a todos los niños. Después estuvo un rato hablando con los padres que habían llegado más tarde.

La sirena sonó por primera vez después de dos meses y todas las clases empezaron a entrar en el edificio. El aula de 3ºB estaba justo enfrente de donde dieron clase el año anterior. Tenía más luz y era más grande. Todas las paredes estaban desnudas, aunque sabían que poco a poco las irían llenando. Sobre la pizarra había una gran pantalla blanca para proyectar imágenes. A todos les encantó la novedad.

Después de dejar unos minutos de bienvenida, el profe pidió a los alumnos que se sentaran.

– Como habéis visto, este año tenemos la suerte de tener dos nuevos compañeros -dijo sonriéndoles-. Antes de dejar que se presenten y de que contéis qué tal han sido vuestras vacaciones, vamos a hacer un juego.

Todos los niños se pusieron en círculo e hicieron una actividad en la que tenían que ir enredándose unos entre otros sin soltarse las manos. Fue muy divertida e hizo que los dos nuevos compañeros se soltaran un poco y se olvidaran del estrés y tensión que debían sentir por ser el primer día.

Después, uno a uno comenzaron a decir sus nombres y su afición a los nuevos compañeros mientras estos les sonreían. Sin duda parecían divertidos.

– Si os parece bien es vuestro turno. Decidnos vuestro nombre y qué os gusta hacer -propuso el profe.

Los dos niños se levantaron. Eran bastante altos para la edad que tenían. Posiblemente los más altos de la clase. Se miraron los dos. La niña le hizo una tímida señal con la mano al niño, pidiéndole que empezara a hablar él. El niño encogió los hombros y empezó a hablar con decisión.

– Yo soy Joaquín -tenía el pelo negro como el carbón y el pelo tan enredado como los nidos de los gorriones-. Vengo de un colegio de Granada, pero nos hemos mudado aquí, así que no conocemos nada aún de la ciudad. Me gusta hacer muchas cosas, pero sobre todo jugar al baloncesto. Ella es mi herma…

– No necesito que me presentes, ya lo hago yo -dijo sonriendo para quitar hierro al asunto-. Yo soy Rocío y Joaquín es mi hermano. Somos mellizos.

La clase se miró alucinada porque no se parecían en nada. Ella tenía unos ojos tan azules como las turquesas, muy distintos de los de su hermano.

– Me gusta mucho la música. En casa siempre estoy escuchando algo. Ahora estoy aprendiendo a tocar la batería -un murmullo y exclamación de sorpresa llenó la clase-. También me gusta jugar al fútbol.

La pandilla se miraba sonriendo. Sin duda aquellos hermanos parecían ser muy interesantes. Era una suerte que fueran a ser compañeros.

La tres primeras clases pasaron muy rápido. De nuevo la sirena sonó, esta vez para avisar de que era hora del recreo. Pedrito, Lola, Juanita y Neno se acercaron a los nuevos compañeros. Después de presentarse de nuevo, les propusieron enseñarles el centro.

Era enorme. Tenía dos pistas grandísimas.

– Aquí es donde venimos a hacer educación física -explicó Juanita-, menos los días que llueve que nos vamos al gimnasio o a la cueva.

– ¿La cueva? -preguntó extrañada Rocío, pensando probablemente en la cueva de alguna montaña.

– Sí. Ahora te la enseñamos. Es como otro patio pero con techo. Los días que llueve pasamos ahí el recreo y nuestros padres van a recogernos allí a las dos -contestó Neno.

Después de enseñarles la cueva, los llevaron al huerto del colegio, a la rampa del jardín y a los patios laterales.

– Esto es muy grande -observó Joaquín-. Cualquier día me pierdo por aquí.

Fueron de nuevo a las clases. Toda los niños empezaron a hacer una actividad por equipos que había preparado el profe. Tenían que hablar de los tipos de animales invertebrados que se podían encontrar en el colegio e ir escribiéndolos en una tabla que había repartido. Justo cuando llevaban la mitad de la actividad hecha, la sirena volvió a gritar, pero esta vez el sonido era muy distinto. No sonó de forma continuada, como siempre, sino intermitente. También era distinto el timbre. Este era más ruidoso, casi molesto. Además, las luces de emergencia de los pasillos se encendían y apagaban sin descanso.

– ¿Un simulacro el primer día? -dijo para sí mismo el maestro-. De acuerdo, chicos. La alarma de incendios está sonando. Ya sabéis lo que hay que hacer.

Toda la clase se puso en una fila ordenada. Nadie cogió nada. Los abrigos, mochilas, libros había que dejarlos en clase. Rocío y Joaquín repetían lo que hacían los demás, aunque el profe no les quitaba el ojo de encima.

Abrió la puerta y comenzaron a bajar las escaleras. El pasillo estaba abarrotado de alumnos y profesores y, sin prisas, todo el mundo andaba. Cuando llegaron a la planta de abajo el maestro dirigió a los niños a uno de los patios y los reunió en un círculo. Señalando con el dedo comenzó a contar a todo el grupo. Cuando terminó frunció el ceño y volvió a empezar.

– Por favor, no os mováis -pidió.

Estaba contando de nuevo cuando Joaquín y Rocío se acercaron a él.

– Profe.

– Ahora no, Rocío.

– No estamos todos -señaló Joaquín.

El profesor miró fijamente a los hermanos, esta vez prestándoles toda su atención.

– No recuerdo cómo se llaman -explicó Rocío-, pero los cuatro niños que han estado jugando con nosotros en el recreo no están aquí.

Nuestro tercer libro: capítulo 1

En la radio sonaba uno de los últimos éxitos de un grupo muy famoso. A casi todo el mundo le gustaba. Sonaba a todas horas en todas las emisoras y canales de televisión.

– ¡Arranque ya y apague la radio! Si voy a casa en taxi es para no tener que aguantar ni música, ni a la gente ni a nada. Conduzca rápido, tengo ganas de irme de aquí.

La taxista miró por el retrovisor y asintió desesperanzada. Sin duda sabía que este no era el mejor cliente que le podía haber tocado e iban a estar algunas horas juntos hasta llegar a Jaén. Movió el espejo hacia arriba un poco para no tener que verlo. Tampoco físicamente era muy agradable. Pelo grasiento, nariz enorme y cara de estar enfadado con el mundo. Cuando se puso en marcha, el hombre miró hacia arriba tras la ventanilla y sonrió, o al menos parecía algo así como una sonrisa. A pesar de ser de día, el ambiente estaba oscuro por las nubes negras que cubrían el cielo. Con la radio apagada lo único que se escuchaba eran los golpes de las gotas de agua cayendo sobre el techo del taxi y algún que otro relámpago.

– Esto sí es música… -murmuró el apático señor.

Tardaron un buen rato en salir de Madrid. La fuerza del agua hacía que los coches condujeran más despacio por la autovía, lo que retenía la marcha. Como si fuera un metrónomo, el limpiacristales bailaba de un lado al otro sobre el cristal delantero. El monótono movimiento hizo que el hombre se durmiera.

“También roncas. Lo tienes todo”, pensaba la taxista, que llevaba todo el viaje en silencio para no molestar.

Un par de horas después despertó. El paisaje era muy distinto. Los olivos llenaban los laterales de la carretera y no había rastro de nubes.

– Paremos un rato. ¡Quiero estirar las piernas!

La mujer tomó la siguiente salida y paró en una gasolinera con restaurante. El hombre salió del coche y sin decir una palabra dio un portazo y se fue.

No había mucha gente dentro, lo que para él era perfecto. Pidió un café solo, sin azúcar. Justo cuando iba a coger la taza, su teléfono sonó.

– Sí. Estoy cerca. A unos veinte minutos. ¿Y qué quieres que yo haga? No puedo llegar antes… sí, les perdí la vista en el aeropuerto, supongo que no habrán llegado todavía -escuchó lo que la otra persona decía mientras su expresión iba empeorando- ¡Pues claro que he hecho fotos! ¡No sé por quién me tomas! ¿Después de los días que he estado allí persiguiéndolos piensas que no he hecho fotos? Siempre piensas que soy tonto. ¡Las tengo aquí, justo en mi mano!

El hombre estaba tan enfadado que empezó a agitar las fotografías muy rápido. En uno de los bruscos movimientos golpeó la mesa y las fotos cayeron al suelo. Un camarero se acercó rápidamente para ayudar a recogerlo.

– ¡Quieto! ¡No le he pedido ayuda!

El camarero miró fijamente al hombre y después a las fotos. Consiguió ver alguna de ellas. En una un edificio estaba ardiendo. En otra una tortuga nadaba en el agua con algo en la boca. Había otra hecha en algo parecido a un museo y la última que consiguió ver mostraba una cabaña de madera.

Recogió todas las fotografías y pago el café con monedas de 2 céntimos.

– Vámonos ya -dijo a la taxista-. Creo que es el viaje más largo del mundo.

Cuando llegaron a la calle en la que el hombre vivía la mujer supo exactamente dónde pararse sin tener que mirar el número de la casa. “Tiene que ser esta”, pensó. De entre todas ellas, sólo una estaba tan descuidada que tenía que ser de él.

– Espero que haya tenido un buen viaje -dijo la mujer mientras cogía el dinero exacto del viaje.

El hombre salió del coche sin decir nada. Ni si quiera cerró la puerta, con lo que la mujer tuvo que salir del coche para cerrarla ella. Sin duda había sido el peor cliente que había tenido nunca. Se alegraba de volver a Madrid. El viaje sola le serviría para ordenar sus pensamientos.

La fachada de la casa llevaba décadas sin cuidar. Enredaderas ocupaban la mayor parte. Entre las hojas se podían ver trozos de pared descascarillada. El tejado, más sucio aún que la fachada, guardaba objetos que seguramente el viento llevó.

Entró a la casa empujando varias veces la puerta principal con el hombro. Cerró con más dificultad de la que abrió.

– ¡Ya estoy aquí!

Nadie contestó. Subió las escaleras. La madera de los escalones estaba agrietada. Había tan poca luz que era difícil no tropezar con alguno de ellos. Entró en las habitaciones, pero no había nadie tampoco.

– ¡Se puede saber dónde estás!

Bajó de nuevo, esta vez dos plantas. Llegó al sótano. Si la planta de arriba estaba algo sucia, en la de abajo nadie había limpiado nunca. Una mujer sacaba ropa de la lavadora. A diferencia de él, ella era bien parecida. Si alguien los viera por la calle nunca adivinarían que eran pareja.

– ¡Ya era hora! -gruñó la mujer.

Él no contestó. Se limitó a tirar varios papeles y fotografías sobre una mesa llena de polvo, lo que hizo que una nube se levantara de pronto.

– Perfecto. Esto es perfecto -masculló ella-. Tenemos que colocarlo. Creo que estamos más cerca que nunca.

El hombre se acercó a una puerta e intentó abrirla, pero estaba cerrada con llave.

– Sabes que está cerrada siempre. ¿Te imaginas que pasaría si alguien entrará alguna vez ahí? -protestó ella de nuevo mientras sacaba una llave de su bolsillo.

La habitación tras la puerta era completamente distinta al resto de la casa. Limpia, bien iluminada y sin muebles. Entraron los dos y cerraron la puerta de nuevo. Como si fuera un escenario de una película de policías, una pared estaba llena de recortes de periódico, anotaciones, planos de la ciudad con varios puntos marcados y muchas fotografías. En ellas siempre salían las mismas personas. En un lateral de la pared, cuatro nombres escritos con letras enormes.

– Pedrito, Lola, Neno y Juanita -leyó la mujer-. Ya sois nuestros. Ya estamos muy cerca. Vosotros y esas dos con las que os juntáis. Ya sois nuestros.

La historia más rápida jamás contada

¡Alucinante!

Hace unas semanas, en verano, pedí en Internet unas tarjetas que me gustaron para trabajar la inventiva en clase. Ayer al fin llegaron y hoy las hemos estrenado. Aunque el fin de estas tarjetas es otro, nosotros las vamos a usar así:

Con una aplicación de números aleatorios, los alumnos van saliendo muy rápido a coger una tarjeta. Todas están boca abajo.

Al dar la vuelta, verá que hay muchos dibujos en cada una. Sin tiempo para pensar, empieza una historia. Sale otro número. El número de lista sale corriendo a coger otra tarjeta, eligiendo un nuevo dibujo para continuar el comienzo anterior.

Nos hemos estrenado con dos historias.

En la primera, un dragón arrasa una ciudad dejando un sólo superviviente. De repente comienzan a dispararle. Siguiendo una música de circo lejana, encuentra a un gato, que es además el que intenta acabar con nuestro protagonista.

La segunda historia nos cuenta que un ojo (en un mundo en el que sólo hay ojos) es atropellado en la ciudad. Tal es su enfado que encierra al resto de ojos en sus casas y consigue convertir el día en noche. Los ojos que quedaban en la calle van a por él, le cortan las pestañas, unas arañas ponen telas sobre él y unas gafas de sol le nublan por completo la vista.

Con esta actividad trabajaremos de forma cooperativa la creatividad, rapidez mental, agilidad, creación de cuentos, expresión oral y la escucha activa.