La historia más rápida jamás contada

¡Alucinante!

Hace unas semanas, en verano, pedí en Internet unas tarjetas que me gustaron para trabajar la inventiva en clase. Ayer al fin llegaron y hoy las hemos estrenado. Aunque el fin de estas tarjetas es otro, nosotros las vamos a usar así:

Con una aplicación de números aleatorios, los alumnos van saliendo muy rápido a coger una tarjeta. Todas están boca abajo.

Al dar la vuelta, verá que hay muchos dibujos en cada una. Sin tiempo para pensar, empieza una historia. Sale otro número. El número de lista sale corriendo a coger otra tarjeta, eligiendo un nuevo dibujo para continuar el comienzo anterior.

Nos hemos estrenado con dos historias.

En la primera, un dragón arrasa una ciudad dejando un sólo superviviente. De repente comienzan a dispararle. Siguiendo una música de circo lejana, encuentra a un gato, que es además el que intenta acabar con nuestro protagonista.

La segunda historia nos cuenta que un ojo (en un mundo en el que sólo hay ojos) es atropellado en la ciudad. Tal es su enfado que encierra al resto de ojos en sus casas y consigue convertir el día en noche. Los ojos que quedaban en la calle van a por él, le cortan las pestañas, unas arañas ponen telas sobre él y unas gafas de sol le nublan por completo la vista.

Con esta actividad trabajaremos de forma cooperativa la creatividad, rapidez mental, agilidad, creación de cuentos, expresión oral y la escucha activa.

La patrulla de la lechuga verde: último capítulo

Terminamos con este capítulo nuestro segundo libro. Antes de eso, todos los niños y niñas de clase y su profe queremos dar las gracias a los que habéis leído cada línea y nos habéis alentado a seguir escribiendo cada semana. Sin ese apoyo, que ellos desde casa ven y sienten, no tendría sentido el trabajo que cada viernes hacen ellos en clase. Seguid cultivando semana a semana el amor y entusiasmo por la lectura y escritura.

A partir de la semana que viene empezaremos el trabajo paralelo a la escritura de esta segunda entrega: ilustraciones, contacto con la imprenta, visita para ver cómo se imprime y maqueta y preparación de la presentación. 

Ojalá esta pandilla siga dándonos tan buenos ratos. 


 

(…) Lola, Pedrito, Neno y Juanita fueron con ella a un rincón del plató. Parecía que quería enseñarles algo.

– Allí hay alguien que quiere conoceros -dijo.

¿Quién podría ser? ¿Acaso alguien importante? Estaba claro que medio mundo quería conocerlos. Los chicos se miraron intrigados. Al llegar a la esquina, vieron de quién se trataba. La misma persona que se escondía tras un sarcófago en el museo. La misma persona que semanas antes fue a recuperar a Bratwurst. La cara de la pandilla se puso pálida, casi blanca. Mónica rompió la tensión del momento.

– Creo que ya conocéis a mi padre.


 

– ¿Este hombre es tu padre? -preguntó muy asustada Lola.

– Sí -respondió él en un perfecto español-. Creo que sería bueno que vinieran vuestros padres. No quiero asustarlos.

Neno se acercó a todos los padres. Les dijo que el hombre que se había llevado a Bratwurst estaba allí, que era el padre de Mónica, la presentadora. Los padres, sobresaltados, se acercaron al rincón en el que estaban todos.

El hombre alemán saludó con un apretón de manos a todos los padres.

– Mi nombre es Óscar. Creo que antes de nada debería disculparme por el susto que os llevasteis en España. Supongo que debí haber hablado con vosotros y no llevarme a esta salchicha como lo hice -en ese momento sacó a Bratwurst de su bolsillo-.

– ¡Bratwurst! -gritó Pedrito “Cabezón”-. ¡Estás bien!

– Claro que está bien. No olvidéis que esta salchicha es mía, no vuestra. Tampoco es de Juanjo, quien por cierto, no cumplió su palabra.

En ese momento Juanjo pidió perdón por no haber mandado la foto a tiempo. Los niños entonces explicaron el porqué. Contaron que ellos “se llevaron prestado” a Bratwurst de la charcutería porque creyeron que estaba en peligro y porque querían un amigo para Salchicha Woman. Le contaron a Óscar que desde entonces Juanjo intentó recuperarlo para no faltar a su palabra, pero que no supo cómo hablar con los padres antes para convencerlos de lo que había pasado.

– Aunque creo que a ti te ha pasado lo mismo -dijo Juanjo a Óscar-. Tú también tendrías que haber hablado conmigo y con las familias de los niños en lugar de aparecer como lo hiciste para llevarte a la salchicha, o a Bratwurst, como le llaman ellos.

– Estoy de acuerdo -asintió Óscar avergonzado-. No supe cómo hablar con vosotros. ¡Erais tantos! Pero llevas razón. Debí hacerlo.

Todos aceptaron las disculpas de Óscar. Al fin y al cabo también ellos habían cometido algún error en algún momento. Todos menos los padres, que tan sólo buscaban la forma de arreglar todo aquel desastre.

– Cuando llegué de nuevo a Berlín, decidí cambiar de aires. Cerré la tienda para comenzar una nueva vida. Cuando llevaba unos días aquí, noté que Bratwurst estaba muy triste. Supe rápidamente que era porque os echaba de menos. Entonces decidí dejaros una nota en la tienda. Si realmente queríais estar con él, vendríais a buscarlo. Debo admitir que pensé que eso no pasaría nunca, pero estaba equivocado. ¡Vaya que si estaba equivocado!

Todos escuchaban a Óscar con atención, menos Pedrito y Neno, que miraban a Mónica de reojo sonrojados.

– Supe que habíais llegado cuando desde mi casa, enfrente de la vieja tienda, os vi -siguió contando Óscar-. Entonces os seguí hasta la isla de los museos. Allí vi lo que estos dos niños hicieron. Fue impresionante. Al salir del museo llamé rápidamente a mi hija para que consiguiera haceros una entrevista en la televisión. Creo que es una buena forma para zanjar este asunto. De otra forma, seguramente habríais salido corriendo detrás de mí y no habríamos acabado muy bien.

Las familias comprendieron la jugada de Óscar. No había duda de que estaban todos tranquilos. Y lo mejor es que parecía que todo iba a mejor.

– Ahora sé que os importa Bratwurst -abrió la mano para que lo vieran mejor-. Voy a daros a este viejo amigo. Pero voy a hacerlo con una serie de condiciones.

Los niños estaban nerviosos. Por un lado, aceptarían cualquier condición, aunque por otro, no sabían si alguna sería demasiado complicada.

– La primera es ésta: seguiréis mandando una foto al mes. De no ser así, os comprometeréis a devolverlo.

En segundo lugar, prometed que no lo perderéis. Se me rompería el corazón si algo le pasara.

Sé que os sonará raro, pero quiero que le deis un masaje todas las noches antes de dormir con unas gotas de mostaza. Le relaja mucho.

¡Cuidad que nadie intente comerlo!

También quiero que Bratwurst llegue a ser alguien en la vida. Por eso quiero que lo llevéis todos los días al colegio, escondido, sin que nadie lo vea. Que aprenda matemáticas. También idiomas. Ya sabe alemán y español. Que aprenda inglés.

Enseñadle a usar el aseo -los niños rieron-. No quiero que vaya por ahí como si fuera una mascota.

Haced que sea autónomo. Es importante saber pedir ayuda, pero también es importante que aprenda a hacer las cosas por sí mismo.

Y ahora, la última y más importante -todos abrieron bien los ojos, como si así pudieran escuchar mejor. Hasta ahora, todos los requisitos se podían cumplir-.

Durante los días que he estado con Bratwurst vi, como os he dicho, que estaba triste. Pero no era sólo porque os echara de menos. Es verdad que tenía ese vacío, pero echaba de menos a alguien en especial. En las largas conversaciones que tuvimos, me confesó algo -todos estaban expectantes-. Bratwurst… siente algo -la salchicha lo miraba fijamente-. Esto… Bratwurst siente algo especial por alguien de vuestra pandilla. No quiero que hagáis nada especial, sólo quiero que dejéis que ellos hablen y que aclaren esos sentimientos. Bratwurst se siente profundamente enamorado de una tal “Salchicha Woman”.

En ese momento Salchicha Woman salió lentamente del bolsillo de la camisa de Pedrito, roja como si hubieran echado tomate sobre ella. En ese momento fue como si el resto del mundo desapareciera. Sólo estaban ellos dos. Sintieron como si todos los focos del plató les iluminaran a ellos y el resto se tornara negro; como si estuvieran en una pista y ellos fueran la reina y el rey del baile.

Y sintieron que algo nuevo empezaba… aunque esa es otra historia.


Epílogo

 

Quedaban pocos minutos para que el avión aterrizara en el aeropuerto de Málaga. Les había tocado sentarse cerca del motor del ala del avión, con lo que había sido un vuelo algo ruidoso. Lo bueno era que como eran famosos, la compañía aérea les invitó a todo lo que quisieron.

Los padres estaban sentados en la parte izquierda del pasillo. A la derecha, Pedrito estaba sentado con Neno, que hojeaba un periódico en alemán en el que había fotos de la pandilla. En el tercer asiento, en ventanilla junto a ellos, Bratwurst y Salchicha Woman dormían con las cabezas pegadas. Se les veía felices.

Detrás de ellos, Lola y Juanita se reían recordando las caras de Pedrito y Neno en el plató de televisión. Durante todo el vuelo estuvieron hablando del comienzo del nuevo curso. Solo faltaban dos semanas para que terminaran las vacaciones de verano. Estaban deseando ver qué sorpresas esperaban en el cole. No pararon de hablar sin apenas darse cuenta de que alguien se sentaba en el tercer asiento, justo detrás de las dos salchichas.

Había estado durmiendo durante todo el vuelo. Era calvo, aunque tenía algo de pelo negro y grasiento a los lados y por detrás de la cabeza, aunque no tanto como en las orejas y las cejas, muy pobladas. Su  nariz aguileña era enorme. El pelo hacía juego con su ropa, toda negra.

Cogió su móvil bostezando. Comenzó a reír mientras escribía un mensaje. Juanita no pudo evitar mirar de reojo al hombre por su risa, malvada, perversa. Después miró su móvil y vio lo que escribía con tanta alegría.

 

Los e henkontrado!

 


Planning del capítulo:

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La patrulla de la lechuga verde: capítulo 10

(…)

– Son templos. Son los templos que aún están enterrados y no han sido todavía descubiertos. O al menos eso es lo que dice este mapa.

Nadie hablaba. Todos contenían la respiración. El silencio era incluso molesto, hasta que alguien lo rompió con una palmada. A ésta se sumo otras de otra persona. Y de otra. Y de otra.

El aplauso no iba dirigido a la directora del museo. Tampoco a la nueva figura de Nefertiti. Aplaudían a la pandilla.

Aplaudían a Pedrito.

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Las luces del techo parecían estrellas que enfocaban perfectamente a todas las zonas importantes del plató. En el centro, una mesa cuadrada sobre el suelo blanco contrastaba con el tapizado de las sillas, con el dibujo de una cuadrícula de ajedrez. Frente a la mesa, tres cámaras de televisión enormes enfocaban a cada una de las sillas. Aún no había nadie sentado, aunque había gente que no paraba de correr de un lado al otro. En una de las paredes había un reloj digital con unos números en rojo que contaban hacia atrás, como si al llegar al cero pudiera pasar algo importante.

Los padres de los niños y la pandilla estaban en el centro de aquel lugar, mirando todo con gran asombro. Era la primera vez que estaban en un estudio de televisión y no era una visita cualquiera. Ellos eran los invitados.

Después del incidente del museo, no se hablaba de otra cosa en el país. Y no sólo allí. Que el busto de Nefertiti se convirtiera por arte de magia en un cuerpo completo ya era increíble. Y a eso sumamos que el mapa con las localizaciones de todos los templos egipcios que aún quedaban por descubrir parecía ser real, o al menos eso había comunicado un equipo de egiptólogos al que dieron el encargo de comprobarlo. El día anterior usaron un aparato para ver qué había debajo de una de las localizaciones cercanas a El Cairo y efectivamente allí había algo. Todo eso hizo que en las televisiones de todo el mundo no se hablara de otra cosa que de los niños. Sin embargo nadie los había visto en público todavía, nadie hasta ese día. La cadena nacional de televisión alemana más importante del país, ARD, había contactado con la familia con el deseo de entrevistar a los niños. Los padres no estuvieron muy convencidos al principio intentando protegerlos del estrés de la fama, aunque finalmente accedieron.

Desde que llegaron al edificio desde el que se emitía el programa, los trataron como si fueran las personas más importantes del mundo. Les dieron un desayuno riquísimo y les enseñaron todas las instalaciones. Después los llevaron al plató. Allí había una persona que en todo momento les traducía en español lo que les iban diciendo.

– Cuando empiece la entrevista, vosotros no me veréis, pero me escucharéis en todo momento a través de este auricular -les dijo a los chicos enseñando lo que parecía un pequeño botón color crema.

Osiris estaba también con ellos. Entre todos decidieron que sería divertido que también ella saliera en la tele. “Seguro que incluso a ella la sacan guapa”, dijo uno de los chicos.

En ese momento los llamaron para que comenzaran a sentarse en las sillas con la tapicería de ajedrez. Un montón de mariposas empezó a revolotear en sus estómagos.

– Son nervios -les intentó tranquilizar la madre de Juanita al ver que se llevaban las manos a la barriga-. Tranquilos, lo vais a hacer genial.

Juanita, Lola, Pedrito y Neno, con Osiris en sus brazos, se sentaron en sus sillas. Vieron cómo llegaban otras personas que se colocaban detrás de las cámaras. Lola miró el reloj digital y vio que quedaban tres minutos para llegar al cero.

La pandilla se sentía bien. Estaban nerviosos, pero eufóricos. Ni en sus mejores sueños podrían haber visto esa escena. No sólo les iban a ver en Alemania. Esa entrevista iba a ser retransmitida en el mundo entero. Millones de personas podrían verles en ese momento. Estaban seguros de que todos sus compañeros y maestros del colegio estarían ya preparados en sus casas delante del televisor para verlos. En todos los países habría alguien preguntándose cómo serían esos héroes, esos niños que habían conseguido descubrir, tras una torpe caída, los dos secretos mejor guardados de la historia.

Quedaban solamente dos minutos cuando una mujer se sentó en la silla que había en el centro, dejando a Pedrito y a Lola a su derecha y a Juanita y a Neno a su izquierda. Era la presentadora. Era muy agradable. Sonreía a los niños. Llevaba un vestido rosa muy elegante. Era rubia y sus ojos eran azules, como los de la mayoría de los alemanes. Al saludar, Lola y Juanita le devolvieron el saludo. Sin embargo, Pedrito y Neno no podían articular palabra. Los dos miraban a la presentadora, Mónica, con la boca abierta, atontados.

– No me lo puedo creer -murmuró Lola mirando a su hermano-. Al menos di algo.

Sin embargo Pedrito seguía hipnotizado. Neno estaba más rojo que un tomate. No podía sentir más vergüenza. Cada vez que Mónica les decía algo, los dos se reían mirándose y después agachaban la cabeza para volver a abrir la boca como si les faltara el aire. Juanita y Lola negaban con la cabeza.

La voz de alguien sonó a lo lejos. Estaba contando desde diez hasta cero. Vieron cómo coincidía con los números del reloj.

La presentadora comenzó a hablar mirando a la cámara. Aunque no entendían nada de lo que decía, era evidente que lo hacía genial. Los niños estaban muy contentos. Mónica empezó entonces a hablar mirándolos directamente a ellos. En ese momento los cuatro niños escucharon perfectamente la voz en español que sonaba a través del auricular.

La entrevista fue muy divertida. Les preguntaron por muchas cosas distintas, no sólo acerca del momento del museo. Hablaron de cómo se conocieron, de Jaén, de su barrio. Hablaron de su colegio y aprovecharon para enviar un saludo al resto de compañeros. Hablaron de cómo salvaron una vez un supermercado de las llamas, de cómo rescataron a una tortuga. También contaron cómo conocieron a Osiris. La presentadora se reía mucho. Hablaron de todo menos de las dos salchichas. Hubiera sido una gran ocasión para pedir públicamente al dueño de Bratwurst que se lo devolviera, que lo cuidarían mucho, pero pensaron que si lo decían podrían intentar encontrarlo para meterlo en un laboratorio e investigarlo, como hicieron una vez en una película de un extraterrestre al que se le encendía un dedo.

Aunque estuvieron una hora hablando, a ellos les pareció unos pocos minutos. Cuando dejaron de grabar, los padres se acercaron a saludar a Mónica y a dar un abrazo a sus hijos, felicitándolos por lo bien que lo habían hecho.

– Si me permitís, me gustaría hablar un momento con ellos -pidió la presentadora a los padres con un español difícil de entender.

Lola, Pedrito, Neno y Juanita fueron con ella a un rincón del plató. Parecía que quería enseñarles algo.

– Allí hay alguien que quiere conoceros -dijo.

¿Quién podría ser? ¿Acaso alguien importante? Estaba claro que medio mundo quería conocerlos. Los chicos se miraron intrigados. Al llegar a la esquina, vieron de quién se trataba. La misma persona que se escondía tras un sarcófago en el museo. La misma persona que semanas antes fue a recuperar a Bratwurst. La cara de la pandilla se puso pálida, casi blanca. Mónica rompió la tensión del momento.

– Creo que ya conocéis a mi padre.

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Planning del capítulo

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La patrulla de la lechuga verde: capítulo 9

(…)

La tienda estaba cerrada. Pero eso no era todo. Por un agujero se podía ver el interior y parecía que no había nada dentro. Fuera, pegado en la persiana, había algo escrito en un cartel:

Verkauft

La madre de Neno sacó su móvil para traducir esa palabra. Cuando vio lo que significaba miró a los niños de la pandilla sin saber qué decir. Neno cogió el móvil para ver que ponía.

Se vende.

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La pandilla se sintió frustrada, dolida e impotente por no haber conseguido hacer nada por rescatar a Bratwurst. Todas sus esperanzas desaparecieron. Ahora sería imposible encontrar a su amigo. Estaban en una ciudad que no conocían en la que se hablaba un idioma difícil de entender. Los padres no sabían cómo consolar a los niños que se abrazaban dando la aventura por perdida. Ésta era la primera vez que se daban por vencidos. No sabían cómo solucionar el problema. La única que conseguía conservar la calma era Lola, que miraba fijamente la nota de la puerta, como si hubiera algo más. Se acercó y comenzó a pasar la mano por encima, buscando algo que ni ella misma sabía qué era. Los demás niños la miraron y siguieron sus pasos, acercándose para ver qué se le podía haber ocurrido esta vez. En muchas ocasiones había demostrado que se podían superar todas las barreras, por difíciles que pudieran parecer.

Al pasar la mano por el cartel que ponía “se vende” en alemán, lo agarró con fuerza y lo arrancó. Una nota cayó en ese momento en el suelo ante el asombro de todos. Lola cogió la nota y sopló sobre ella para quitar el polvo.

– Aquí hay algo escrito -dijo-. ¡Además está escrito en español!

Todas las familias se acercaron para leer el mensaje.

Jamás me encontraréis

Esto dificultaba las cosas. No sólo había cerrado la tienda para siempre, sino que el dueño sabía que la pandilla podría viajar a Alemania para recuperar a la salchicha. Esa nota dejaba claro que él no estaba dispuesto a dejar que nadie volviera a dejar que alguien se llevara a Bratwurst de nuevo.

Si antes los niños se habían quedado destrozados, ahora estaban hundidos. ¿Qué podrían hacer? Todo estaba perdido.

– ¡Esperad! -gritó el padre de Juanita mientras sostenía el papel de “se vende” en sus manos-. Aquí hay un teléfono. ¿Y si llamamos?

– ¿Y qué decimos? Ninguno sabe hablar en alemán -observó la madre de Neno.

– Pero sabemos algo de inglés -contestó la madre de Pedrito y Lola-. Esto es Alemania. Seguro que a quien llamemos habla algo de inglés. Llamemos para interesarnos por el local. Vamos a decir que queremos verlo por dentro.

El dueño del local no tardó más de 20 minutos en aparecer. Saludó a los padres y abrió la persiana. Al entrar, mientras hablaba sobre las condiciones del alquiler con las familias, los niños comenzaron a buscar por la tienda alguna pista que les ayudara a encontrar a su amigo. De nuevo fue Lola la que encontró tirado en una esquina un sobre. Lo escondió debajo de su camiseta e hizo una señal a sus padres dando a entender que tenía algo. Los mayores se despidieron del hombre diciendo que no era lo que buscaban y le dieron las gracias. Unos metros después, Lola abrió el sobre.

Buscad, buscad. Tras algo muy antiguo me podréis encontrar.

Todos sintieron un escalofrío que recorría su interior. De repente, todo daba un vuelco. Había luz al final del túnel. Había esperanza. ¿Por qué el alemán dejaba esta nota? ¿Acaso quería que la pandilla encontrara a Bratwurst? ¿Podría ser que pusiera una prueba para ver que realmente a ellos les importaba la salchicha tanto como para pasar una serie de pruebas?

Los niños miraron boquiabiertos a sus padres. Éstos sentían el mismo nerviosismo que sus hijos. En cierto modo volvían a ser niños gracias a sus aventuras.

– Pensemos. Algo muy antiguo -el padre de Juanita fue el primero en pensar a qué podría referirse.

– Estamos en Berlín. Esta ciudad tiene siglos de historia. Aquí todo es antiguo -contestó la madre de Neno.

– Pero dice algo muy antiguo. A lo mejor no se refiere a algo de Berlín, sino a algo más antiguo, como las cosas que vimos en los museos hoy.

El que había dicho esto último fue Pedrito. Todos los demás lo miraban alucinados. Nadie creía que pudiera tener una idea como esa. Sus padres, incrédulos, no podían estar más orgullosos. Lola, su hermana, le dio unas palmadas en la espalda felicitándolo por su idea.

– A ver. En Berlín hay muchos museos, pero si tuviera que ir a alguno, iría al Pérgamo -pensó Juanita.

– Cierto, hija -le dijo su madre-, aunque en el Neues, el Museo Nuevo, hay muchísimas cosas de Egipto. Podríamos encontrar algo allí.

Todos vieron bien la idea. Se dirigieron de nuevo a la Isla de los Museos y entraron en el Neues Museum. ¡Había tanto que ver! Estuvieron durante dos horas buscando detrás de cada escultura, bajo cada piedra, pero no consiguieron ver nada. De repente entraron a una sala en la que había más gente que en el resto. Todo el mundo miraba embelesado hacia el mismo punto.

– ¡Mirad! -dijo sorprendido el padre de Neno.

Los niños se acercaron al centro del bullicio. En medio había lo que parecía la cabeza en piedra de una mujer. Era muy bonita.

– Mira hija -la madre de Lola se acercó a su hija-. Es el busto de Nefertiti. Tiene casi 3.500 años. Es preciosa, ¿verdad?

Madre e hija vieron desde un extremo lo que ocurría a continuación a cámara lenta. Enfrente, Neno y Pedrito se acercaban corriendo al busto. Habían visto algo raro. En su extrema torpeza, Pedrito tropezaba al pisar uno de los cordones desatados de sus zapatillas cayendo de bruces sobre la peana que sostenía el busto. Éste empezó a bailar hacia un lado y al otro mientras el público ahogaba un grito silencioso, echándose las manos a la boca o a la cabeza. Finalmente, el busto de Nefertiti, probablemente el más caro del mundo, el más valioso en todos los sentidos, caía al suelo. El estruendo de cientos de trozos rotos silenció a todo el gentío durante unos segundos hasta que de repente todos a la vez comenzaron a gritar ante el desastre. Pedrito y Neno querían desaparecer.

Los vigilantes de seguridad y unas parejas de policía aparecieron de la nada y al ver lo que había pasado miraron en dirección a los dos niños y sus familias. Lo primero que hicieron fue esposar a los padres y retener a los pequeños. Justo cuando se disponían a llevárselos, ocurrió algo aún más increíble.

De entre los pedazos de Nefertiti del suelo comenzó a subir una especie de humo que inundó la sala. Poco a poco ese humo empezó a cobrar forma. Primero, algo extraño, como un animal, pero iba cambiando a algo más familiar.

El humo dejó de moverse en el aire. Nadie podía creer lo que veía. El rostro de la mismísima Nefertiti estaba flotando en medio de la sala. Sus ojos se encendieron de un color rojo muy intenso y esa luz apuntaba a una esquina de la habitación. Al mirar en la dirección de sus ojos vieron cómo alguien se escondía tras un sarcófago.

– ¡Es él! -gritó Juanjo al reconocer al alemán que se llevó a Bratwurst.

Sin embargo la policía no dejó que nadie que se moviera.

De repente, el rostro flotante comenzó a desaparecer. A medida que se desvanecía, aparecía una nueva forma, algo distinto. Una fuerte luz hizo que todos en la sala cerraran los ojos. Al abrirlos vieron que ya no quedaban trozos en el suelo. Lo que antes hubiera sido sólo un busto, ahora era un cuerpo completo tallado en piedra de Nefertiti. La dueña del museo, que había entrado minutos antes, no podía creer lo que veía. Se acercó lentamente a examinar la pieza cuando vio que en el suelo, junto al pie de la nueva escultura, había un pergamino. Se trataba de un mapa de Egipto con muchísimas cruces.

– Es imposible -dijo la directora en un inglés perfecto-. Imposible.

– ¿Qué pasa? -preguntó Lola.

– Son templos. Son los templos que aún están enterrados y no han sido todavía descubiertos. O al menos eso es lo que dice este mapa.

Nadie hablaba. Todos contenían la respiración. El silencio era incluso molesto, hasta que alguien lo rompió con una palmada. A ésta se sumo otras de otra persona. Y de otra. Y de otra.

El aplauso no iba dirigido a la directora del museo. Tampoco a la nueva figura de Nefertiti. Aplaudían a la pandilla.

Aplaudían a Pedrito.

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Planning del capítulo: