Nuestro tercer libro: capítulo 4

La directora del centro pidió a varios maestros que buscaran a los cuatro niños por el centro. Rápidamente organizaron varios grupos. Al cabo de unos minutos, al ver que nadie los encontraba, todo el centro, incluidos los niños, empezaron a mirar por todas las aulas y baños del colegio. Joaquín y Rocío fueron con su profesor, que les pidió que no se separaran de él al ser nuevos.

Comenzaron a mirar bien por los pasillos y el aula de usos múltiples. Al haber tanta gente buscando, se hacía complicado ver a nadie en especial.

– Vamos a seguir por aquí -indicó su maestro señalando un ala del centro.

Por más que miraban por las aulas, no había rastro de la pandilla. Todos los profesores cruzaban miradas preocupadas, aunque intentaban disimular delante de los alumnos.

– Seguro que aparecen en cualquier momento. Siempre les ha gustado la aventura -bromeaba alguno de ellos para tranquilizarlos.

El tutor de tercero, junto con Joaquín y Rocío, propuso entonces mirar en la biblioteca. Estaba cerrada con llave, así que avisó al conserje para que abriera.

Al entrar, vieron más de lo mismo, una sala vacía. Aún así, miraron por todas partes. Fue Rocío quien vio un papel roto sobre la mesa. Se acercó y lo leyó extrañado. Sus nombres encabezaban la nota.

“Joaquín, Rocío, mirad en la mochila de Pedrito”.

– Joaquín, mira -Rocío dio el papel a su hermano, que la miró intrigado.

Hizo un gesto con la cabeza a su hermana y salieron de la biblioteca. Se dirigieron rápidamente a su clase para buscar la mochila. Cuando llegaron, se encontraron con un dilema. ¿Cuál sería la mochila? No conocían todavía la clase. De hecho, no sabían bien quién de ellos podría ser Pedrito.

– Vamos a mirar las libretas de las bandejas que tienen las mesas. Busca su nombre -propuso Rocío.

Tardaron un buen rato en dar con las que ponía “Pedro” en la portada.

– ¡Aquí! -gritó triunfante Joaquín.

Cogió la mochila y la subió a la mesa. Cerraron la puerta antes de inspeccionarla. Al abrirla, miraron con cuidado lo que había dentro.

– Aquí no hay nada. Dos libros, un estuche y la merienda, una salchicha -observó Joaquín.

– Juraría que había otra cosa, pero es como si hubiera desaparecido al abrirla. Además, es raro que lleve una salchicha sin envolver, mezclada con todo lo demás.

– ¿Qué hacemos ahora? -preguntó Rocío.

Joaquín encogió los hombros sin saber qué hacer.

– Es rarísimo que nos hayan dejado esa nota -pensó. Si nos han pedido que miremos aquí será por algo, pero no sé qué es. No sé qué podemos hacer. Está claro que Pedrito y los demás tienen un problema grande, pero ¿cómo podemos ayudarlos?

En ese momento la mochila comenzó a moverse. Los niños miraron hacia esta y se quedaron mudos, atónitos, cuando vieron cómo la salchicha que había dentro comenzaba a salir lentamente de la mochila, flotando, con lo que parecía una loncha de queso sobre la espalda.

– ¿Problema? -dijo la salchicha. ¿Mis amigos están en un problema?

Los dos hermanos no podían articular palabra. Los dos tenían la boca abierta y no sabían si lo que estaban viendo era real o no.

– Sí, lo sé. Soy una salchicha y estoy volando.

– Y estás hablando -consiguió decir Rocío.

De repente, de la nada, apareció otra más, esta algo más grande.

– Dejad que os presente a Bratwurst. Yo soy Salchicha Woman. Encantada de conoceros. Y ahora que nos hemos presentado, ¿qué os parece si nos contáis qué es lo que ha pasado? Dejaremos lo que somos nosotros para más adelante.

Los dos hermanos contaron a las dos salchichas el incidente del simulacro de incendios. Cuando terminaron, las dos se miraron extrañadas.

– Les ha pasado algo -dijo Bratwurst. A ellos les encantan las aventuras, pero jamás se esconderían en una situación así. Tenemos que buscarlos.

– Todo el colegio está haciéndolo ahora mismo -contestó Joaquín.

– Entonces no están aquí -aseguró Salchicha Woman. No sé cómo podríamos saber dónde se han metido.

Tras un momento pensando fue Rocío la que dio la idea.

– ¡Las cámaras! Hay cámaras por todo el colegio. Me fijé mientras buscábamos a los chicos.

– Bien. Tenemos que buscar la sala en la que estén los monitores.

Los dos hermanos escondieron a las salchichas en los bolsillos de sus chaquetas. Anduvieron por el centro hasta que vieron una puerta con las letras CCTV impresas.

– Es aquí, seguro -dijo Joaquín. La puerta está cerrada.

Miraron a su alrededor.

– Los conductos de ventilación -señaló Salchicha Woman. Entraré por ahí. Esperadme.

Comenzó a volar y rápidamente desapareció por el techo. Fueron unos minutos interminables hasta que apareció de nuevo.

– ¡Di algo! -gritó Rocío.

Salchicha Woman se quedó un rato pensativa, intentando asimilar lo que había visto.

– Los he visto. Han salido de la biblioteca, pero no iban solos. Una mujer y un hombre los llevaban cogidos de sus brazos. Ella no sé quién es, pero ¿él? Lo he visto antes -guardó silencio unos segundos. Sí, es él. El hombre del avión. ¡Eso es! El problema es que no tengo ni idea de dónde han podido ir…

Nuestro tercer libro: capítulo 3

Todo podría haber ocurrido de otra forma ese mismo día. Si no hubiera sido el primer día de clase, si el recreo hubiera sido a otra hora, si no hubieran presentado a los nuevos compañeros, si la alarma de incendios no hubiera sonado… Pero ocurrió así.

Normalmente, la clase de tercero iba a la biblioteca los martes antes del recreo, pero como ese día había sido especial por ser el primer día de clase y por haber hecho las dinámicas, el profesor había decidido ir a la biblioteca después del descanso, aunque avisó a sus alumnos de que era posible que no estuviera allí la maestra que se encargaba de los préstamos.

La clase fue a por sus libros en grupos de cuatro alumnos. Como siempre, los chicos de la patrulla fueron juntos.

La biblioteca del colegio era enorme. Todos los libros estaban muy bien ordenados. Normalmente estaba llena de niños, pero como era el primer día de clase, ese día no había ninguno. Era como entrar a una tienda de ropa a comprar una camiseta y que acaben de abrirla. Todo estaba perfectamente colocado en su sitio.

Los libros de tercero tenían una etiqueta roja. Eso quería decir que eran muy mayores y que podían sacar libros más complicados. La patrulla empezó a buscar alguno que les gustara, alguno que a primera vista les llamara la atención. Cada uno se fue a uno de los pasillos que formaban las grandes estanterías enfrentadas. El silencio era muy acogedor. Daban ganas de quedarse allí un buen rato buscando el libro perfecto.

Mientras ellos buscaban su libro, la maestra, que sí estaba allí, pasaba un lector sobre una etiqueta de la contraportada, organizaba algunos títulos de libros nuevos que iban a añadir a los estantes.

La pandilla fue eligiendo los que querían llevarse a clase. Lola eligió uno de Sherlock Holmes, un detective que tenía que descifrar misteriosos casos con la ayuda de su compañero John Watson.

Neno se decidió por “El capitán calzoncillos”, sobre dos niños de primaria a los que les encantan los cómics y se dedican a pintar y dibujar historietas cuyo personaje central es el personaje del mismo nombre del libro.

Juanita se decantó por “La patrulla de la lechuga verde”, un libro que habían escrito unos alumnos de segundo de primaria de algún colegio de Jaén que hablaba de las aventuras de un grupo de amigos y unas salchichas con poderes mágicos.

Pedrito “Cabezón” estaba indeciso entre uno de Tea Stilton y otro de Princesas Dragón. Al final decidió que el de Tea le podría gustar más.

Los cuatro niños se dirigieron a la mesa donde estaba la maestra encargada de hacer los préstamos. Le dieron los buenos días, pero ella no contestó. Era nueva ese año, o al menos ellos no la habían visto nunca, aunque bien es cierto que el colegio es muy grande y no conocían a todas las personas que trabajaban ahí. Llevaba un buen rato intentando buscar algo en el ordenador. Parecía que era la primera vez que hacía un préstamo. Tiró pronto la toalla y devolvió el primer libro a Juanita sin pasar el lector.

– El siguiente -dijo con desgana.

Neno le dio el suyo e hizo lo mismo. Tecleaba algo en el ordenador, aunque más bien parecía que quería salir del paso haciendo como que registraba el préstamo. Los chicos se miraron extrañados. A Lola le hubiera gustado decirle cómo se hacía, pero no quería parecer una enterada y mucho menos delante de esa maestra, que parecía que no tenía su mejor día.

Antes de que devolviera el libro a Neno, la alarma de incendios comenzó a sonar. La maestra no se inmutó.

– ¡Es la alarma que suena en los simulacros! -observó Lola-. ¡Tenemos que ir a clase!

– Pero si vamos a clase llevaremos el sentido contrario del que tenemos que tomar. ¿Y si salimos y nos ponemos en la primera fila que veamos en el pasillo?

La idea de Neno parecía buena. Los cuatro niños miraron a la maestra buscando su aprobación, pero seguía sin inmutarse. Cualquiera que pasara podría pensar que era un mueble más de la biblioteca.

La pandilla se miró y encogió los hombros. Un gesto de Pedrito con la cabeza guió al resto a la puerta de salida. Con buen paso, Juanita cogió el pomo para abrirla.

– Qué raro. ¡Está cerrada! -exlamó.

– “Seño”, la puerta está cerrada, ¡no podemos salir! -Lola parecía desesperada.

La maestra de la biblioteca dejó de mirar la pantalla del ordenador. Se echó hacia atrás, apoyando la espalda en el respaldo de la silla y tornó su mirada hacia los niños con una disimulada sonrisa. Pedrito empezó a dar golpes en la puerta para ver si alguien los escuchaba desde el pasillo. Mientras, la bibliotecaria puso lentamente su mano sobre su cabeza y con cuidado se quitó lo que nadie se había dado cuenta de que era una peluca. Después también se quitó las gafas. Los niños la miraban sin saber qué estaba pasando, mientras la alarma de incendios no paraba de sonar. Por primera vez, la mujer, que ya estaba claro que no era maestra, habló.

– Ya puedes salir.

La pandilla comenzó a mirar hacia todos los huecos del aula, pero allí no había nadie. De repente, las puertas de uno de los armarios de la sala comenzó a abrirse, muy lentamente. La respiración de los niños se agitaba entrecortada.

Cuando la puerta estuvo completamente abierta, de dentro salió un hombre, feo, sucio y destartalado. Miró a los niños, sonriendo de forma malvada.

– No sabéis cuánto tiempo llevo esperando este momento. Tres años y por fin os tengo delante sin nadie que nos moleste.

Pasaron unos segundos. Ninguno de los niños se atrevía a decir nada. Pedrito había dejado de golpear la puerta porque sabía que no había ya nadie detrás. Fue Lola la que se decidió a decir algo que dejó al resto de los amigos boquiabiertos.

– Yo le conozco. No es la primera vez que le veo. Usted es la persona que se sentó con nosotros en el avión cuando volvimos de Egipto.

Nuestro tercer libro: capítulo 2

Faltaban unos diez minutos para que sonara la campana que avisaba de la entrada a clase cuando abrieron las puertas exteriores del colegio. Las familias hablaban entre ellas mientras los niños corrían a toda prisa por ver quién llegaba antes a su fila. Después de los meses de verano el centro se llenaba otra vez de vida.

La pandilla buscaba su nueva fila en el patio mientras hablaban sin correr. Tenían mucho que contar sobre sus vacaciones, no sólo de las que pasaron juntos. Al llegar saludaron a todos sus compañeros. Todos hablaban a la vez y era casi imposible enterarse de nada. Los nervios del primer día son únicos en todo el año, distintos a los que puedes sentir en otro momento.

Un momento después, unos padres se acercaban a la fila algo desorientados. Una niña y un niño iban con ellos y se pusieron al final de la fila. En pocos segundos se convirtieron en el centro de todas las miradas de clase. ¿Se habrían equivocado de clase o iban a tener nuevos compañeros?

Un par de minutos antes de que fueran las 9, el profe se dirigió a la fila y saludó a las familias y dio abrazos a todos los niños. Después estuvo un rato hablando con los padres que habían llegado más tarde.

La sirena sonó por primera vez después de dos meses y todas las clases empezaron a entrar en el edificio. El aula de 3ºB estaba justo enfrente de donde dieron clase el año anterior. Tenía más luz y era más grande. Todas las paredes estaban desnudas, aunque sabían que poco a poco las irían llenando. Sobre la pizarra había una gran pantalla blanca para proyectar imágenes. A todos les encantó la novedad.

Después de dejar unos minutos de bienvenida, el profe pidió a los alumnos que se sentaran.

– Como habéis visto, este año tenemos la suerte de tener dos nuevos compañeros -dijo sonriéndoles-. Antes de dejar que se presenten y de que contéis qué tal han sido vuestras vacaciones, vamos a hacer un juego.

Todos los niños se pusieron en círculo e hicieron una actividad en la que tenían que ir enredándose unos entre otros sin soltarse las manos. Fue muy divertida e hizo que los dos nuevos compañeros se soltaran un poco y se olvidaran del estrés y tensión que debían sentir por ser el primer día.

Después, uno a uno comenzaron a decir sus nombres y su afición a los nuevos compañeros mientras estos les sonreían. Sin duda parecían divertidos.

– Si os parece bien es vuestro turno. Decidnos vuestro nombre y qué os gusta hacer -propuso el profe.

Los dos niños se levantaron. Eran bastante altos para la edad que tenían. Posiblemente los más altos de la clase. Se miraron los dos. La niña le hizo una tímida señal con la mano al niño, pidiéndole que empezara a hablar él. El niño encogió los hombros y empezó a hablar con decisión.

– Yo soy Joaquín -tenía el pelo negro como el carbón y el pelo tan enredado como los nidos de los gorriones-. Vengo de un colegio de Granada, pero nos hemos mudado aquí, así que no conocemos nada aún de la ciudad. Me gusta hacer muchas cosas, pero sobre todo jugar al baloncesto. Ella es mi herma…

– No necesito que me presentes, ya lo hago yo -dijo sonriendo para quitar hierro al asunto-. Yo soy Rocío y Joaquín es mi hermano. Somos mellizos.

La clase se miró alucinada porque no se parecían en nada. Ella tenía unos ojos tan azules como las turquesas, muy distintos de los de su hermano.

– Me gusta mucho la música. En casa siempre estoy escuchando algo. Ahora estoy aprendiendo a tocar la batería -un murmullo y exclamación de sorpresa llenó la clase-. También me gusta jugar al fútbol.

La pandilla se miraba sonriendo. Sin duda aquellos hermanos parecían ser muy interesantes. Era una suerte que fueran a ser compañeros.

La tres primeras clases pasaron muy rápido. De nuevo la sirena sonó, esta vez para avisar de que era hora del recreo. Pedrito, Lola, Juanita y Neno se acercaron a los nuevos compañeros. Después de presentarse de nuevo, les propusieron enseñarles el centro.

Era enorme. Tenía dos pistas grandísimas.

– Aquí es donde venimos a hacer educación física -explicó Juanita-, menos los días que llueve que nos vamos al gimnasio o a la cueva.

– ¿La cueva? -preguntó extrañada Rocío, pensando probablemente en la cueva de alguna montaña.

– Sí. Ahora te la enseñamos. Es como otro patio pero con techo. Los días que llueve pasamos ahí el recreo y nuestros padres van a recogernos allí a las dos -contestó Neno.

Después de enseñarles la cueva, los llevaron al huerto del colegio, a la rampa del jardín y a los patios laterales.

– Esto es muy grande -observó Joaquín-. Cualquier día me pierdo por aquí.

Fueron de nuevo a las clases. Toda los niños empezaron a hacer una actividad por equipos que había preparado el profe. Tenían que hablar de los tipos de animales invertebrados que se podían encontrar en el colegio e ir escribiéndolos en una tabla que había repartido. Justo cuando llevaban la mitad de la actividad hecha, la sirena volvió a gritar, pero esta vez el sonido era muy distinto. No sonó de forma continuada, como siempre, sino intermitente. También era distinto el timbre. Este era más ruidoso, casi molesto. Además, las luces de emergencia de los pasillos se encendían y apagaban sin descanso.

– ¿Un simulacro el primer día? -dijo para sí mismo el maestro-. De acuerdo, chicos. La alarma de incendios está sonando. Ya sabéis lo que hay que hacer.

Toda la clase se puso en una fila ordenada. Nadie cogió nada. Los abrigos, mochilas, libros había que dejarlos en clase. Rocío y Joaquín repetían lo que hacían los demás, aunque el profe no les quitaba el ojo de encima.

Abrió la puerta y comenzaron a bajar las escaleras. El pasillo estaba abarrotado de alumnos y profesores y, sin prisas, todo el mundo andaba. Cuando llegaron a la planta de abajo el maestro dirigió a los niños a uno de los patios y los reunió en un círculo. Señalando con el dedo comenzó a contar a todo el grupo. Cuando terminó frunció el ceño y volvió a empezar.

– Por favor, no os mováis -pidió.

Estaba contando de nuevo cuando Joaquín y Rocío se acercaron a él.

– Profe.

– Ahora no, Rocío.

– No estamos todos -señaló Joaquín.

El profesor miró fijamente a los hermanos, esta vez prestándoles toda su atención.

– No recuerdo cómo se llaman -explicó Rocío-, pero los cuatro niños que han estado jugando con nosotros en el recreo no están aquí.

Nuestro tercer libro: capítulo 1

En la radio sonaba uno de los últimos éxitos de un grupo muy famoso. A casi todo el mundo le gustaba. Sonaba a todas horas en todas las emisoras y canales de televisión.

– ¡Arranque ya y apague la radio! Si voy a casa en taxi es para no tener que aguantar ni música, ni a la gente ni a nada. Conduzca rápido, tengo ganas de irme de aquí.

La taxista miró por el retrovisor y asintió desesperanzada. Sin duda sabía que este no era el mejor cliente que le podía haber tocado e iban a estar algunas horas juntos hasta llegar a Jaén. Movió el espejo hacia arriba un poco para no tener que verlo. Tampoco físicamente era muy agradable. Pelo grasiento, nariz enorme y cara de estar enfadado con el mundo. Cuando se puso en marcha, el hombre miró hacia arriba tras la ventanilla y sonrió, o al menos parecía algo así como una sonrisa. A pesar de ser de día, el ambiente estaba oscuro por las nubes negras que cubrían el cielo. Con la radio apagada lo único que se escuchaba eran los golpes de las gotas de agua cayendo sobre el techo del taxi y algún que otro relámpago.

– Esto sí es música… -murmuró el apático señor.

Tardaron un buen rato en salir de Madrid. La fuerza del agua hacía que los coches condujeran más despacio por la autovía, lo que retenía la marcha. Como si fuera un metrónomo, el limpiacristales bailaba de un lado al otro sobre el cristal delantero. El monótono movimiento hizo que el hombre se durmiera.

“También roncas. Lo tienes todo”, pensaba la taxista, que llevaba todo el viaje en silencio para no molestar.

Un par de horas después despertó. El paisaje era muy distinto. Los olivos llenaban los laterales de la carretera y no había rastro de nubes.

– Paremos un rato. ¡Quiero estirar las piernas!

La mujer tomó la siguiente salida y paró en una gasolinera con restaurante. El hombre salió del coche y sin decir una palabra dio un portazo y se fue.

No había mucha gente dentro, lo que para él era perfecto. Pidió un café solo, sin azúcar. Justo cuando iba a coger la taza, su teléfono sonó.

– Sí. Estoy cerca. A unos veinte minutos. ¿Y qué quieres que yo haga? No puedo llegar antes… sí, les perdí la vista en el aeropuerto, supongo que no habrán llegado todavía -escuchó lo que la otra persona decía mientras su expresión iba empeorando- ¡Pues claro que he hecho fotos! ¡No sé por quién me tomas! ¿Después de los días que he estado allí persiguiéndolos piensas que no he hecho fotos? Siempre piensas que soy tonto. ¡Las tengo aquí, justo en mi mano!

El hombre estaba tan enfadado que empezó a agitar las fotografías muy rápido. En uno de los bruscos movimientos golpeó la mesa y las fotos cayeron al suelo. Un camarero se acercó rápidamente para ayudar a recogerlo.

– ¡Quieto! ¡No le he pedido ayuda!

El camarero miró fijamente al hombre y después a las fotos. Consiguió ver alguna de ellas. En una un edificio estaba ardiendo. En otra una tortuga nadaba en el agua con algo en la boca. Había otra hecha en algo parecido a un museo y la última que consiguió ver mostraba una cabaña de madera.

Recogió todas las fotografías y pago el café con monedas de 2 céntimos.

– Vámonos ya -dijo a la taxista-. Creo que es el viaje más largo del mundo.

Cuando llegaron a la calle en la que el hombre vivía la mujer supo exactamente dónde pararse sin tener que mirar el número de la casa. “Tiene que ser esta”, pensó. De entre todas ellas, sólo una estaba tan descuidada que tenía que ser de él.

– Espero que haya tenido un buen viaje -dijo la mujer mientras cogía el dinero exacto del viaje.

El hombre salió del coche sin decir nada. Ni si quiera cerró la puerta, con lo que la mujer tuvo que salir del coche para cerrarla ella. Sin duda había sido el peor cliente que había tenido nunca. Se alegraba de volver a Madrid. El viaje sola le serviría para ordenar sus pensamientos.

La fachada de la casa llevaba décadas sin cuidar. Enredaderas ocupaban la mayor parte. Entre las hojas se podían ver trozos de pared descascarillada. El tejado, más sucio aún que la fachada, guardaba objetos que seguramente el viento llevó.

Entró a la casa empujando varias veces la puerta principal con el hombro. Cerró con más dificultad de la que abrió.

– ¡Ya estoy aquí!

Nadie contestó. Subió las escaleras. La madera de los escalones estaba agrietada. Había tan poca luz que era difícil no tropezar con alguno de ellos. Entró en las habitaciones, pero no había nadie tampoco.

– ¡Se puede saber dónde estás!

Bajó de nuevo, esta vez dos plantas. Llegó al sótano. Si la planta de arriba estaba algo sucia, en la de abajo nadie había limpiado nunca. Una mujer sacaba ropa de la lavadora. A diferencia de él, ella era bien parecida. Si alguien los viera por la calle nunca adivinarían que eran pareja.

– ¡Ya era hora! -gruñó la mujer.

Él no contestó. Se limitó a tirar varios papeles y fotografías sobre una mesa llena de polvo, lo que hizo que una nube se levantara de pronto.

– Perfecto. Esto es perfecto -masculló ella-. Tenemos que colocarlo. Creo que estamos más cerca que nunca.

El hombre se acercó a una puerta e intentó abrirla, pero estaba cerrada con llave.

– Sabes que está cerrada siempre. ¿Te imaginas que pasaría si alguien entrará alguna vez ahí? -protestó ella de nuevo mientras sacaba una llave de su bolsillo.

La habitación tras la puerta era completamente distinta al resto de la casa. Limpia, bien iluminada y sin muebles. Entraron los dos y cerraron la puerta de nuevo. Como si fuera un escenario de una película de policías, una pared estaba llena de recortes de periódico, anotaciones, planos de la ciudad con varios puntos marcados y muchas fotografías. En ellas siempre salían las mismas personas. En un lateral de la pared, cuatro nombres escritos con letras enormes.

– Pedrito, Lola, Neno y Juanita -leyó la mujer-. Ya sois nuestros. Ya estamos muy cerca. Vosotros y esas dos con las que os juntáis. Ya sois nuestros.

La historia más rápida jamás contada

¡Alucinante!

Hace unas semanas, en verano, pedí en Internet unas tarjetas que me gustaron para trabajar la inventiva en clase. Ayer al fin llegaron y hoy las hemos estrenado. Aunque el fin de estas tarjetas es otro, nosotros las vamos a usar así:

Con una aplicación de números aleatorios, los alumnos van saliendo muy rápido a coger una tarjeta. Todas están boca abajo.

Al dar la vuelta, verá que hay muchos dibujos en cada una. Sin tiempo para pensar, empieza una historia. Sale otro número. El número de lista sale corriendo a coger otra tarjeta, eligiendo un nuevo dibujo para continuar el comienzo anterior.

Nos hemos estrenado con dos historias.

En la primera, un dragón arrasa una ciudad dejando un sólo superviviente. De repente comienzan a dispararle. Siguiendo una música de circo lejana, encuentra a un gato, que es además el que intenta acabar con nuestro protagonista.

La segunda historia nos cuenta que un ojo (en un mundo en el que sólo hay ojos) es atropellado en la ciudad. Tal es su enfado que encierra al resto de ojos en sus casas y consigue convertir el día en noche. Los ojos que quedaban en la calle van a por él, le cortan las pestañas, unas arañas ponen telas sobre él y unas gafas de sol le nublan por completo la vista.

Con esta actividad trabajaremos de forma cooperativa la creatividad, rapidez mental, agilidad, creación de cuentos, expresión oral y la escucha activa.

La patrulla de la lechuga verde: último capítulo

Terminamos con este capítulo nuestro segundo libro. Antes de eso, todos los niños y niñas de clase y su profe queremos dar las gracias a los que habéis leído cada línea y nos habéis alentado a seguir escribiendo cada semana. Sin ese apoyo, que ellos desde casa ven y sienten, no tendría sentido el trabajo que cada viernes hacen ellos en clase. Seguid cultivando semana a semana el amor y entusiasmo por la lectura y escritura.

A partir de la semana que viene empezaremos el trabajo paralelo a la escritura de esta segunda entrega: ilustraciones, contacto con la imprenta, visita para ver cómo se imprime y maqueta y preparación de la presentación. 

Ojalá esta pandilla siga dándonos tan buenos ratos. 


 

(…) Lola, Pedrito, Neno y Juanita fueron con ella a un rincón del plató. Parecía que quería enseñarles algo.

– Allí hay alguien que quiere conoceros -dijo.

¿Quién podría ser? ¿Acaso alguien importante? Estaba claro que medio mundo quería conocerlos. Los chicos se miraron intrigados. Al llegar a la esquina, vieron de quién se trataba. La misma persona que se escondía tras un sarcófago en el museo. La misma persona que semanas antes fue a recuperar a Bratwurst. La cara de la pandilla se puso pálida, casi blanca. Mónica rompió la tensión del momento.

– Creo que ya conocéis a mi padre.


 

– ¿Este hombre es tu padre? -preguntó muy asustada Lola.

– Sí -respondió él en un perfecto español-. Creo que sería bueno que vinieran vuestros padres. No quiero asustarlos.

Neno se acercó a todos los padres. Les dijo que el hombre que se había llevado a Bratwurst estaba allí, que era el padre de Mónica, la presentadora. Los padres, sobresaltados, se acercaron al rincón en el que estaban todos.

El hombre alemán saludó con un apretón de manos a todos los padres.

– Mi nombre es Óscar. Creo que antes de nada debería disculparme por el susto que os llevasteis en España. Supongo que debí haber hablado con vosotros y no llevarme a esta salchicha como lo hice -en ese momento sacó a Bratwurst de su bolsillo-.

– ¡Bratwurst! -gritó Pedrito “Cabezón”-. ¡Estás bien!

– Claro que está bien. No olvidéis que esta salchicha es mía, no vuestra. Tampoco es de Juanjo, quien por cierto, no cumplió su palabra.

En ese momento Juanjo pidió perdón por no haber mandado la foto a tiempo. Los niños entonces explicaron el porqué. Contaron que ellos “se llevaron prestado” a Bratwurst de la charcutería porque creyeron que estaba en peligro y porque querían un amigo para Salchicha Woman. Le contaron a Óscar que desde entonces Juanjo intentó recuperarlo para no faltar a su palabra, pero que no supo cómo hablar con los padres antes para convencerlos de lo que había pasado.

– Aunque creo que a ti te ha pasado lo mismo -dijo Juanjo a Óscar-. Tú también tendrías que haber hablado conmigo y con las familias de los niños en lugar de aparecer como lo hiciste para llevarte a la salchicha, o a Bratwurst, como le llaman ellos.

– Estoy de acuerdo -asintió Óscar avergonzado-. No supe cómo hablar con vosotros. ¡Erais tantos! Pero llevas razón. Debí hacerlo.

Todos aceptaron las disculpas de Óscar. Al fin y al cabo también ellos habían cometido algún error en algún momento. Todos menos los padres, que tan sólo buscaban la forma de arreglar todo aquel desastre.

– Cuando llegué de nuevo a Berlín, decidí cambiar de aires. Cerré la tienda para comenzar una nueva vida. Cuando llevaba unos días aquí, noté que Bratwurst estaba muy triste. Supe rápidamente que era porque os echaba de menos. Entonces decidí dejaros una nota en la tienda. Si realmente queríais estar con él, vendríais a buscarlo. Debo admitir que pensé que eso no pasaría nunca, pero estaba equivocado. ¡Vaya que si estaba equivocado!

Todos escuchaban a Óscar con atención, menos Pedrito y Neno, que miraban a Mónica de reojo sonrojados.

– Supe que habíais llegado cuando desde mi casa, enfrente de la vieja tienda, os vi -siguió contando Óscar-. Entonces os seguí hasta la isla de los museos. Allí vi lo que estos dos niños hicieron. Fue impresionante. Al salir del museo llamé rápidamente a mi hija para que consiguiera haceros una entrevista en la televisión. Creo que es una buena forma para zanjar este asunto. De otra forma, seguramente habríais salido corriendo detrás de mí y no habríamos acabado muy bien.

Las familias comprendieron la jugada de Óscar. No había duda de que estaban todos tranquilos. Y lo mejor es que parecía que todo iba a mejor.

– Ahora sé que os importa Bratwurst -abrió la mano para que lo vieran mejor-. Voy a daros a este viejo amigo. Pero voy a hacerlo con una serie de condiciones.

Los niños estaban nerviosos. Por un lado, aceptarían cualquier condición, aunque por otro, no sabían si alguna sería demasiado complicada.

– La primera es ésta: seguiréis mandando una foto al mes. De no ser así, os comprometeréis a devolverlo.

En segundo lugar, prometed que no lo perderéis. Se me rompería el corazón si algo le pasara.

Sé que os sonará raro, pero quiero que le deis un masaje todas las noches antes de dormir con unas gotas de mostaza. Le relaja mucho.

¡Cuidad que nadie intente comerlo!

También quiero que Bratwurst llegue a ser alguien en la vida. Por eso quiero que lo llevéis todos los días al colegio, escondido, sin que nadie lo vea. Que aprenda matemáticas. También idiomas. Ya sabe alemán y español. Que aprenda inglés.

Enseñadle a usar el aseo -los niños rieron-. No quiero que vaya por ahí como si fuera una mascota.

Haced que sea autónomo. Es importante saber pedir ayuda, pero también es importante que aprenda a hacer las cosas por sí mismo.

Y ahora, la última y más importante -todos abrieron bien los ojos, como si así pudieran escuchar mejor. Hasta ahora, todos los requisitos se podían cumplir-.

Durante los días que he estado con Bratwurst vi, como os he dicho, que estaba triste. Pero no era sólo porque os echara de menos. Es verdad que tenía ese vacío, pero echaba de menos a alguien en especial. En las largas conversaciones que tuvimos, me confesó algo -todos estaban expectantes-. Bratwurst… siente algo -la salchicha lo miraba fijamente-. Esto… Bratwurst siente algo especial por alguien de vuestra pandilla. No quiero que hagáis nada especial, sólo quiero que dejéis que ellos hablen y que aclaren esos sentimientos. Bratwurst se siente profundamente enamorado de una tal “Salchicha Woman”.

En ese momento Salchicha Woman salió lentamente del bolsillo de la camisa de Pedrito, roja como si hubieran echado tomate sobre ella. En ese momento fue como si el resto del mundo desapareciera. Sólo estaban ellos dos. Sintieron como si todos los focos del plató les iluminaran a ellos y el resto se tornara negro; como si estuvieran en una pista y ellos fueran la reina y el rey del baile.

Y sintieron que algo nuevo empezaba… aunque esa es otra historia.


Epílogo

 

Quedaban pocos minutos para que el avión aterrizara en el aeropuerto de Málaga. Les había tocado sentarse cerca del motor del ala del avión, con lo que había sido un vuelo algo ruidoso. Lo bueno era que como eran famosos, la compañía aérea les invitó a todo lo que quisieron.

Los padres estaban sentados en la parte izquierda del pasillo. A la derecha, Pedrito estaba sentado con Neno, que hojeaba un periódico en alemán en el que había fotos de la pandilla. En el tercer asiento, en ventanilla junto a ellos, Bratwurst y Salchicha Woman dormían con las cabezas pegadas. Se les veía felices.

Detrás de ellos, Lola y Juanita se reían recordando las caras de Pedrito y Neno en el plató de televisión. Durante todo el vuelo estuvieron hablando del comienzo del nuevo curso. Solo faltaban dos semanas para que terminaran las vacaciones de verano. Estaban deseando ver qué sorpresas esperaban en el cole. No pararon de hablar sin apenas darse cuenta de que alguien se sentaba en el tercer asiento, justo detrás de las dos salchichas.

Había estado durmiendo durante todo el vuelo. Era calvo, aunque tenía algo de pelo negro y grasiento a los lados y por detrás de la cabeza, aunque no tanto como en las orejas y las cejas, muy pobladas. Su  nariz aguileña era enorme. El pelo hacía juego con su ropa, toda negra.

Cogió su móvil bostezando. Comenzó a reír mientras escribía un mensaje. Juanita no pudo evitar mirar de reojo al hombre por su risa, malvada, perversa. Después miró su móvil y vio lo que escribía con tanta alegría.

 

Los e henkontrado!

 


Planning del capítulo:

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La patrulla de la lechuga verde: capítulo 10

(…)

– Son templos. Son los templos que aún están enterrados y no han sido todavía descubiertos. O al menos eso es lo que dice este mapa.

Nadie hablaba. Todos contenían la respiración. El silencio era incluso molesto, hasta que alguien lo rompió con una palmada. A ésta se sumo otras de otra persona. Y de otra. Y de otra.

El aplauso no iba dirigido a la directora del museo. Tampoco a la nueva figura de Nefertiti. Aplaudían a la pandilla.

Aplaudían a Pedrito.

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Las luces del techo parecían estrellas que enfocaban perfectamente a todas las zonas importantes del plató. En el centro, una mesa cuadrada sobre el suelo blanco contrastaba con el tapizado de las sillas, con el dibujo de una cuadrícula de ajedrez. Frente a la mesa, tres cámaras de televisión enormes enfocaban a cada una de las sillas. Aún no había nadie sentado, aunque había gente que no paraba de correr de un lado al otro. En una de las paredes había un reloj digital con unos números en rojo que contaban hacia atrás, como si al llegar al cero pudiera pasar algo importante.

Los padres de los niños y la pandilla estaban en el centro de aquel lugar, mirando todo con gran asombro. Era la primera vez que estaban en un estudio de televisión y no era una visita cualquiera. Ellos eran los invitados.

Después del incidente del museo, no se hablaba de otra cosa en el país. Y no sólo allí. Que el busto de Nefertiti se convirtiera por arte de magia en un cuerpo completo ya era increíble. Y a eso sumamos que el mapa con las localizaciones de todos los templos egipcios que aún quedaban por descubrir parecía ser real, o al menos eso había comunicado un equipo de egiptólogos al que dieron el encargo de comprobarlo. El día anterior usaron un aparato para ver qué había debajo de una de las localizaciones cercanas a El Cairo y efectivamente allí había algo. Todo eso hizo que en las televisiones de todo el mundo no se hablara de otra cosa que de los niños. Sin embargo nadie los había visto en público todavía, nadie hasta ese día. La cadena nacional de televisión alemana más importante del país, ARD, había contactado con la familia con el deseo de entrevistar a los niños. Los padres no estuvieron muy convencidos al principio intentando protegerlos del estrés de la fama, aunque finalmente accedieron.

Desde que llegaron al edificio desde el que se emitía el programa, los trataron como si fueran las personas más importantes del mundo. Les dieron un desayuno riquísimo y les enseñaron todas las instalaciones. Después los llevaron al plató. Allí había una persona que en todo momento les traducía en español lo que les iban diciendo.

– Cuando empiece la entrevista, vosotros no me veréis, pero me escucharéis en todo momento a través de este auricular -les dijo a los chicos enseñando lo que parecía un pequeño botón color crema.

Osiris estaba también con ellos. Entre todos decidieron que sería divertido que también ella saliera en la tele. “Seguro que incluso a ella la sacan guapa”, dijo uno de los chicos.

En ese momento los llamaron para que comenzaran a sentarse en las sillas con la tapicería de ajedrez. Un montón de mariposas empezó a revolotear en sus estómagos.

– Son nervios -les intentó tranquilizar la madre de Juanita al ver que se llevaban las manos a la barriga-. Tranquilos, lo vais a hacer genial.

Juanita, Lola, Pedrito y Neno, con Osiris en sus brazos, se sentaron en sus sillas. Vieron cómo llegaban otras personas que se colocaban detrás de las cámaras. Lola miró el reloj digital y vio que quedaban tres minutos para llegar al cero.

La pandilla se sentía bien. Estaban nerviosos, pero eufóricos. Ni en sus mejores sueños podrían haber visto esa escena. No sólo les iban a ver en Alemania. Esa entrevista iba a ser retransmitida en el mundo entero. Millones de personas podrían verles en ese momento. Estaban seguros de que todos sus compañeros y maestros del colegio estarían ya preparados en sus casas delante del televisor para verlos. En todos los países habría alguien preguntándose cómo serían esos héroes, esos niños que habían conseguido descubrir, tras una torpe caída, los dos secretos mejor guardados de la historia.

Quedaban solamente dos minutos cuando una mujer se sentó en la silla que había en el centro, dejando a Pedrito y a Lola a su derecha y a Juanita y a Neno a su izquierda. Era la presentadora. Era muy agradable. Sonreía a los niños. Llevaba un vestido rosa muy elegante. Era rubia y sus ojos eran azules, como los de la mayoría de los alemanes. Al saludar, Lola y Juanita le devolvieron el saludo. Sin embargo, Pedrito y Neno no podían articular palabra. Los dos miraban a la presentadora, Mónica, con la boca abierta, atontados.

– No me lo puedo creer -murmuró Lola mirando a su hermano-. Al menos di algo.

Sin embargo Pedrito seguía hipnotizado. Neno estaba más rojo que un tomate. No podía sentir más vergüenza. Cada vez que Mónica les decía algo, los dos se reían mirándose y después agachaban la cabeza para volver a abrir la boca como si les faltara el aire. Juanita y Lola negaban con la cabeza.

La voz de alguien sonó a lo lejos. Estaba contando desde diez hasta cero. Vieron cómo coincidía con los números del reloj.

La presentadora comenzó a hablar mirando a la cámara. Aunque no entendían nada de lo que decía, era evidente que lo hacía genial. Los niños estaban muy contentos. Mónica empezó entonces a hablar mirándolos directamente a ellos. En ese momento los cuatro niños escucharon perfectamente la voz en español que sonaba a través del auricular.

La entrevista fue muy divertida. Les preguntaron por muchas cosas distintas, no sólo acerca del momento del museo. Hablaron de cómo se conocieron, de Jaén, de su barrio. Hablaron de su colegio y aprovecharon para enviar un saludo al resto de compañeros. Hablaron de cómo salvaron una vez un supermercado de las llamas, de cómo rescataron a una tortuga. También contaron cómo conocieron a Osiris. La presentadora se reía mucho. Hablaron de todo menos de las dos salchichas. Hubiera sido una gran ocasión para pedir públicamente al dueño de Bratwurst que se lo devolviera, que lo cuidarían mucho, pero pensaron que si lo decían podrían intentar encontrarlo para meterlo en un laboratorio e investigarlo, como hicieron una vez en una película de un extraterrestre al que se le encendía un dedo.

Aunque estuvieron una hora hablando, a ellos les pareció unos pocos minutos. Cuando dejaron de grabar, los padres se acercaron a saludar a Mónica y a dar un abrazo a sus hijos, felicitándolos por lo bien que lo habían hecho.

– Si me permitís, me gustaría hablar un momento con ellos -pidió la presentadora a los padres con un español difícil de entender.

Lola, Pedrito, Neno y Juanita fueron con ella a un rincón del plató. Parecía que quería enseñarles algo.

– Allí hay alguien que quiere conoceros -dijo.

¿Quién podría ser? ¿Acaso alguien importante? Estaba claro que medio mundo quería conocerlos. Los chicos se miraron intrigados. Al llegar a la esquina, vieron de quién se trataba. La misma persona que se escondía tras un sarcófago en el museo. La misma persona que semanas antes fue a recuperar a Bratwurst. La cara de la pandilla se puso pálida, casi blanca. Mónica rompió la tensión del momento.

– Creo que ya conocéis a mi padre.

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Planning del capítulo

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