La patrulla de la lechuga verde: capítulo 8

Como llevamos unas semana sin publicar, os resumimos lo que pasó en el último capítulo. En el bosque, Juanjo, el charcutero, tuvo que dar explicaciones a las familias de los niños sobre por qué fue a recuperar a Bratwurst. Justo en el momento en el que llegaron a un acuerdo, alguien se escapaba con la salchicha en la mano:

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(…) Todos los niños comenzaron a gritar de alegría. Los padres sonreían mientras daban las gracias a Juanjo. Por fin un final feliz de toda aquella aventura.

Pedrito fue a coger a Bratwurst para enseñarla de cerca a los padres.

– ¿Dónde estás? ¡No te camufles!

– ¡Socorro! -gritaba Bratwurst a lo lejos.

Comenzó a llover a cántaros. Todos miraron con los ojos entornados por el agua en la dirección de la que venían los gritos. Un hombre corría muy rápido en sentido contrario. Nadie sabía qué pasaba. Juanjo gritó en medio de la confusión.

– ¡Oh, no! ¡Es él!

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La gente corría de un lugar a otro y sólo se detenían para mirar las enormes pantallas que avisaban de cuándo se abrirían las puertas para entrar. A pesar de haber tanta gente, no era un lugar muy ruidoso. De vez en cuando una voz avisaba de que quedaba poco para salir.

Lola se paró en una de esas pantallas. Había muchísimas letras y números. Después de leer un rato vio el destino de la patrulla:

Berlín, facturación en el pasillo 26.

Aún quedaban dos horas para salir. El aeropuerto era grande. No, era enorme. Muy luminoso. A medida que se acercaban al número 26, el ruido iba subiendo. Detrás de unas cintas por las que las maletas se movían como por arte de magia, muchos aviones esperaban para salir.

Las familias de los chicos comenzaron a sacar papeles y esperaron en una cola. Neno estaba algo nervioso. Llevaba a Salchicha Woman en el bolsillo interior de su cazadora y no sabía si le dejarían entrar al avión.

Al llegar su turno, los padres comenzaron a subir las maletas a una cinta para pesarlas. ¡No podían pesar más de 20 kg! Después subieron a Osiris metida en una especie de jaula de plástico. Taparon la caja con una sábana para que no se asustara.

– ¿Estará bien? -preguntó Juanita.

El hombre que estaba detrás del ordenador sonrió, lo que tranquilizó a la pandilla. Osiris no podía ir al mismo sitio que el resto porque no podían subir animales. En el caso de la gata, no hubiera sido por si alguien pudiera tener alergia, porque no tenía ni un sólo pelo. La llevaron a la bodega, una especie de maletero gigante que tienen los aviones.

– Da tiempo de sobra a desayunar algo -dijo la madre de Pedrito y Lola.

Unos días antes, en la Sierra de Cazorla, Juanjo contaba a los padres y a los niños quién era el hombre que se había llevado a Bratwurst. Su dueño legítimo. A quien él había prometido mandar una fotografía cada mes. Debía importarle realmente esa salchicha para haber volado desde Alemania para recuperarla. En ese momento, la pandilla no paraba de llorar. No podían creer cómo habían perdido a su amiga. Quien peor estaba era Salchicha Woman, que se había quedado sin su único amigo de su… especie.

Después de saber quién se había llevado a Bratwurst, los padres hablaron sobre el resto del verano. Ése era el penúltimo día que pasarían en la sierra y la verdad es que ir a pasar unos días en Berlín era muy atractivo. No tardaron mucho en decidirse.

Terminaron de desayunar y se dirigieron al avión. Antes había que pasar por debajo de una especie de puente que pitaba si alguien llevaba algo de metal. Dejaron las chaquetas y cinturones en una cinta. Neno empezó a sudar por los nervios.

– No te muevas -susurró a Salchicha Woman, que seguía en el bolsillo de la cazadora y se dirigía directa al interior de un túnel.

Pasaron por el detector de metales sin problema, pero la policía que miraba el interior del túnel detuvo la cinta extrañada.

– Mirad esa chaqueta -dijo a sus compañeros de trabajo.

Neno y el resto de la pandilla sintieron que las piernas se doblaban.

– ¿Una salchicha? ¿Tienes una salchicha metida en la cazadora? -preguntó otro policía que registró la chaqueta de Neno.

– Sí. Es… es mía. Eeeeehhh, sí -no paraba de sudar-. Esto… es mi merienda. Tengo mucha hambre. Paso el día comiendo salchichas. Me gustan todas. Por eso voy a Berlín. Para seguir comiendo… mucho. Salchichas. Me gustan.

El policía lo miraba con la boca abierta. Finalmente le dio la cazadora y la salchicha. Se quedó mirando a Neno para ver si se la comía.

– Para el viaje. Por si me da hambre. Ahora acabo de comerme cinco -dijo sonriendo antes de dar media vuelta y salir despavorido.

El viaje fue más rápido de lo que creían. Les gustó todo del avión, sobre todo el despegue. Durante el vuelo decidieron que primero irían a ver algunas cosas interesantes de Berlín para después ir a la hora de cenar al puesto donde estaría Bratwurst.

Después de dejar las maletas en el hotel, fueron directamente a la Puerta de Branderburgo. Era muy grande, con unas estatuas de caballos en la parte de arriba y algo con alas. Después visitaron la catedral, que tenía una cúpula turquesa preciosa. Finalmente la Isla de los Museos. En uno de ellos, el museo de Pérgamo, había muchas cosas interesante sobre Egipto que asombraron a Pedrito.

– Conozco a un niño de mi clase al que le encantaría estar aquí -dijo pensando en su amigo.

De camino al puesto de perritos, estuvieron hablando sobre cómo rescatarían a Bratwurst.

– Podríamos pedir que Salchicha Woman entre volando a por él -dijo Neno.

– O también, mientras nuestros padres lo distraen, entramos nosotros sin que se dé cuenta y salimos -sugirió Juanita.

– Se me ocurre que a lo mejor Bratwurst, en cuanto nos vea, podría camuflarse y salir corriendo -fue la idea de Pedrito.

– ¡O que Osiris le arañe mientras entramos nosotros! -intervino de nuevo Neno ante las carcajadas del resto.

– ¡Estamos cerca! -Juanjo, que había ido con ellos a Berlín, parecía nervioso. Llevaba varios días sin saber qué le diría al vendedor alemán. Al fin y al cabo había roto la promesa y, aunque él no tuvo la culpa, se sentía avergonzado -detrás de esa esquina está la tienda.

Los niños estaban muy contentos. Por fin volverían a ver a Bratwurst y sabían que de una forma u otra, lo recuperarían. Lo que no sabían es que detrás de esa esquina se encontrarían algo que cambiaría por completo sus planes.

La tienda estaba cerrada. Pero eso no era todo. Por un agujero se podía ver el interior y parecía que no había nada dentro. Fuera, pegado en la persiana, había algo escrito en un cartel:

Verkauft

La madre de Neno sacó su móvil para traducir esa palabra. Cuando vio lo que significaba miró a los niños de la pandilla sin saber qué decir. Neno cogió el móvil para ver que ponía.

Se vende.

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Planning del capítulo:

La patrulla de la lechuga verde: capítulo 7

Continuación del capítulo 5

(…) Mientras miraba hacia arriba, Pedrito intentó escapar justo por delante de él, con tanta torpeza que cayó de bruces en el suelo. El hombre, que seguía avanzando mientras miraba hacia el cielo, tropezó con Pedrito. Aunque consiguió poner las manos en el suelo para no chocar con la cara, no pudo hacer nada para no caer en el río. Lola, que estaba muy cerca, comenzó a tirar rápidamente sobre el cuerpo del hombre tantos palos y hojas secas como pudo. Mientras tanto, varios salmones que intentaban remontar el río para desovar, trataban de dar saltos sobre la cabeza del charcutero, pero lo más que conseguían era dar coletazos en la cara del hombre. Bratwurst, que veía la escena desde el aire se soltó de Salchicha Woman para caer directamente sobre él, dio un bocado en los calzoncillos y comenzó a tirar por fuera de los pantalones del desafortunado impostor.

Parecía que lo tenían muy controlado, con lo que era un buen momento para escapar. Sin embargo, una voz detrás de ellos hizo que cambiaran de opinión. En ese momento, Salchicha Woman y Bratwurst se escondieron veloces tras la pandilla.

– ¿Qué ocurre aquí? ¿Qué está pasando? ¿Me queréis decir por qué hay un hombre en el suelo?

Quien gritaba era el padre de Neno. Todos los padres y madres de los niños estaban allí. Lo más sorprendente de todo es quién les acompañaba. La mujer del ojo cerrado que conocieron en la cabaña estaba con ellos.


El silencio más absoluto se apoderó de ese momento. No era un silencio tranquilizador, sino tenso. La pandilla tenía dos sentimientos muy distintos. Por un lado, la seguridad de que nada podría pasarles con sus padres allí. Por otro, culpabilidad porque sabían que lo que habían hecho a ese hombre no era correcto, ¡aunque él quería hacerles daño!

– ¡He preguntado que por qué hay un hombre en el suelo! -repitió el padre de Neno.

Ninguno de los niños se atrevió a contestar, no porque no tuvieran una buena excusa, sino porque no podían creer que la mujer del ojo cerrado estuviera con ellos. La mujer se dio cuenta, pero no dijo nada. Fue Juanita la que rompió el hielo y dijo las primeras palabras

– ¡Este hombre quería hacernos daño! ¡Quiere quitarnos algo!

– ¡Eso es mentira! -el charcutero gritó mientras se quitaba la hojarasca de la espalda. Los salmones al fin pudieron seguir remontando el río sin obstáculos de por medio-. ¡Fueron ellos los que me robaron a mí!

– ¿Juanjo?

La madre de Neno fue la primera en darse cuenta de quién era el hombre que se levantaba del suelo. Juanjo se sacudía los pantalones e intentaba poner todas sus ropas en orden. No quería mirar directamente a los padres porque se sentía avergonzado.

– Sí. Soy yo. Siento haber asustado a vuestros hijos, pero…

– Pero, ¿qué? Vamos a ver. ¡Alguien puede explicarnos de una vez qué es lo que está pasando aquí! -el padre de Pedrito y Lola estaba muy nervioso-. ¿Qué haces tan lejos de tu tienda?

– Vuestros hijos entraron a la charcutería hace casi un mes. De hecho hoy hace un mes. Entraron y ¡me robaron!

– ¿Es eso cierto? -preguntó la madre de Juanita a su hija.

– ¡No, mamá! Dejamos un euro sobre el mostrador para pagarle.

– ¡Me dejasteis un euro por algo que a mí me costó mil quinientos! Además, yo no os di permiso a que os llevarais…

Juanjo cortó su queja repentinamente. Los padres estaban muy confusos. Ninguno sabía qué era lo que se habían llevado. Ninguno, salvo la mujer del ojo cerrado que fue la siguiente en hablar.

– Creo que yo sé qué se llevaron.

Toda la pandilla sintió como si miles de bichos estuvieran andando por sus estómagos. Había llegado el momento de saber por qué ella estaba con sus padres.

– Creo que hablan de una salchicha -dijo muy lentamente a la vez que se quitaba una peluca y lo que parecía un disfraz. También despegó lo que parecía una pegatina de su ojo y al fin los niños vieron quién se escondía bajo todo eso.

– ¡Mamá! -gritó Lola.

Los niños estaban alucinados. La mujer de la cabaña que paseaba con Osiris sobre sus brazos era la madre de Pedrito y Lola. Por eso la gata estaba tan tranquila. Ninguno se había dado cuenta hasta ahora de que estaban allí todos los padres excepto ella. Los nervios no les dejaban pensar con claridad.

– Sí, hija. Soy yo. Nos hablabais tanto de los juegos que hacíais en el colegio que quisimos haceros uno para que vivierais una gran aventura estos días. Cuando dije que fuerais a la cascada me refería a la que hay cerca de la casa, no a ésta. Allí estaba el padre de Neno esperando. Al ver que no llegabais, nos asustamos y hemos imaginado que estabais aquí.

Todo empezaba a cobrar sentido.

– ¿A qué salchicha te refieres? -fue la madre de Juanita la que preguntó, aunque todos tenían en mente la misma pregunta.

– Ayer, en la cabaña, una salchicha que volaba habló conmigo. No os dije nada porque…

– Cariño, ¿te encuentras bien? -dijo preocupado su marido.

– Por eso mismo, para que no pensarais que estoy loca.

– ¡La salchicha que se llevaron de mi tienda no vuela! -exclamó Juanjo.

En ese momento, Salchicha Woman salió de su escondite y comenzó a flotar sobre las cabezas de todos los demás. Los padres miraban hacia arriba y se les abría la boca más y más cuanto más subía la salchicha.

– Ahora me quedo más tranquila. ¡Ahora sé que no me he vuelto loca!

– Recuerdo que una vez mis hijos me despertaron para que diera un masaje a una salchicha -dijo el padre de Lola y Pedrito, sintiéndose algo culpable por no haberles hecho caso en su día.

– ¡Digo que esa no es la salchicha que se llevaron! -repitió Juanjo.

– Creo que se refieren a mí.

– ¡Quién ha dicho eso! -la madre de Lola no paraba de mirar por todas partes, buscando a quien había dicho aquello.

– Yo.

Nadie veía nada.

– Estás camuflado, Bratwurst -dijo Salchicha Woman.

En ese momento Bratwurst apareció de la nada. Los padres no sabían si mirar a la que volaba o al que hablaba desde el suelo. La madre de Lola y Pedrito sintió que se mareaba por la impresión. Si ya le había costado dormir después de conocer a Salchicha Woman, ahora se duplicaba el problema.

Los niños explicaron a los padres cómo conocieron a Salchicha Woman y cómo encontraron a Bratwurst y se lo llevaron. Tardaron bastante tiempo en contarlo todo. Por su parte, Juanjo contó cómo compró a Bratwurst en Berlín.

– Pero, ¿por qué no hablaste con nosotros? -preguntó uno de los padres-. Nos conocemos desde siempre.

– ¿Me habríais creído? -contestó Juanjo.

– Probablemente no. Pero al menos no nos habrías dado este susto, sobre todo a los pequeños.

Juanjo pidió disculpas. Después explicó que solo tenía unas horas para mandar una foto de Bratwurst a su legítimo dueño. En caso contrario, tendría que devolver a la salchicha y todo el dinero.

– Por favor, ¡no te lleves a Bratwurst! -imploró Juanita.

– ¡Es de la pandilla! -lloraba Pedrito.

– Se me ocurre algo, Juanjo -la madre de Lola y Pedrito tenía una propuesta-. Si te parece bien podríamos mandarte una foto todos los meses y tú la reenviarías a Alemania. Además, los niños se comprometerían a llevarte a Bratwurst todas las semanas para que veas que está bien. Bratwurst siempre será tuyo.

– A mí me gustaría quedarme con ellos -rogó Bratwurst mientras comenzaban a caer las primeras gotas desde un cielo cada vez más negro.

Juanjo necesitó unos segundos antes de contestar.

– Está bien.

Todos los niños comenzaron a gritar de alegría. Los padres sonreían mientras daban las gracias a Juanjo. Por fin un final feliz de toda aquella aventura.

Pedrito fue a coger a Bratwurst para enseñarla de cerca a los padres.

– ¿Dónde estás? ¡No te camufles!

– ¡Socorro! -gritaba Bratwurst a lo lejos.

Comenzó a llover a cántaros. Todos miraron con los ojos entornados por el agua en la dirección de la que venían los gritos. Un hombre corría muy rápido en sentido contrario. Nadie sabía qué pasaba. Juanjo gritó en medio de la confusión.

– ¡Oh, no! ¡Es él!


Planning del capítulo:

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La patrulla de la lechuga verde: Capítulo 6

El despertador sonó a las seis, como cada mañana de lunes a sábado. Pasaron unos segundos hasta que se decidió a sacar la mano de debajo de la manta para apagarlo. Hacía frío fuera y no había un lugar en el que estar mejor que en la cama. Aún así, se estiró y consiguió levantarse.

Fue hacia el baño para asearse. Juanjo nunca se duchaba por la mañana. Prefería hacerlo por las noches porque el agua caliente lo relajaba antes de ir a dormir. Una vez vestido, preparó dos cafés. Uno de ellos lo echó en un vaso de papel y el otro lo puso sobre la mesa, junto a una manzana y una tostada.

Mientras desayunaba, a Juanjo le gustaba leer algo. Esta vez tenía una revista de National Geographic con una noticia de un exoplaneta llamado Barnard b que acababa de ser descubierto. “¡Qué pequeños somos”, solía pensar cuando leía acerca de estos temas.

Se puso el chaquetón que más abrigaba de los que tenía en casa y salió. Había dos formas de llegar a su tienda, una charcutería del barrio que llevaba allí toda una vida. Él siempre elegía la más larga. Le gustaba pasear tranquilamente para disfrutar de la soledad de las calles a esas horas tan tempranas. A escasos metros de la charcutería, dejaba el vaso de papel con café a un hombre que dormía cerca de allí. Después, abría. Siempre la misma rutina. Cada día.

Su primer cliente siempre era Fermín, un vecino que paseaba de tienda en tienda con un pequeño televisor bajo el brazo para repararlo, aunque poco arreglo tenía.

– Buenos días. Vengo a que me arregle la tele -decía todos los días.

– Buenos días, Fermín. ¡Estás en la charcutería! No tengo herramientas aquí, pero ven cuando quieras -sonreía Juanjo.

Aquel hombre le hacía pensar con nostalgia en el pasado, en todos los años que llevaba viviendo en el barrio. A él le gustaba. Era feliz allí.

Miró hacia la calle. Anunciaba una oferta de salchichas y recordó cómo había conseguido aquella del escaparate. Años atrás viajó a Berlín, la capital alemana. Fue no solo porque le atraía la ciudad, sino porque Alemania es la cuna de las salchichas. Allí las hay de todos los tipos y él quería conocerlas todas para su negocio. Fue de puesto en puesto y de restaurante en restaurante buscando las mejores. Y fue así como, en uno de esos puestos ambulantes, se hizo con la salchicha del escaparate.

Fue a comer una Currywurst, típica salchicha alemana a la que echan tomate y curry y suelen acompañar con patatas. Hablando con el dependiente le llamó la atención una salchicha que tenía fuera del alcance de los clientes.

– ¿De qué tipo es esa salchicha? Nunca había visto una así.

– Esa salchicha es especial. Es una bratwurst de cerdo, creo, aunque no estoy seguro.

– Quiero llevármela -dijo decidido Juanjo.

– ¡De ninguna manera! -zanjó el dependiente-. Esa salchicha no está en venta.

– ¿Cómo que no está en venta? Eso es absurdo. En una tienda se vende todo lo que hay.

– No está en venta. Esa salchicha tiene poderes -el vendedor susurró al decir eso.

– ¿Poderes? -Juanjo reía-. Una salchicha con poderes. Lo que me faltaba oír.

– ¿No lo crees?

Si decir una palabra más, cogió la salchicha y la colocó junto a una pared azul. De repente, ante los ojos de Juanjo, la salchicha cambió su color por el de la pared. Daba igual dónde la pusiera. Ésta siempre cambiaba su color.

– ¡Esta salchicha sería un gancho perfecto para mi charcutería! Por favor, quiero comprársela.

– ¡No!

– ¡Puedo ofrecerle 500€! -Juanjo comenzaba a suplicar.

– No. Creo que no -el vendedor empezaba a dudar.

– Está bien -contestó Juanjo-. ¡Le ofrezco 1.500€!

– ¿1.500? Eso es bastante dinero. La verdad es que no me vendría nada mal -dejó que pasaran unos segundos antes de continuar-. El problema es que la echaría de menos. Lleva muchos años conmigo.

– Le propongo algo. Le doy el dinero y me comprometo a mandarle una fotografía de la salchicha todos los meses. Así sabrás que está bien cuidada y podrás verla a menudo.

No necesitó mucho tiempo para cerrar el trato.

– De acuerdo -contestó el vendedor alemán-, trato hecho. Pero con una condición. Si un solo mes no me envías la foto de la salchicha, te comprometerás a traerla de nuevo y no te devolveré el dinero.

– No tengo ningún problema.

 

De aquello hacía ya tres años. Nunca faltó a su palabra y nunca lo haría. Todos los meses seguiría mandando la foto de la salchicha para alegría de su original dueño.

Las campanas que tenía sobre la puerta sonaron cuando ésta se abrió e hicieron que dejara ese pensamiento para atender a quienes habían entrado. Cuatro niños del vecindario entraron y se dirigieron al mostrador. Estuvieron hablando un rato con él, aunque no compraron nada. Al poco rato, salieron bastante nerviosos, casi corriendo. Al mirar al mostrador, Juanjo vio que habían olvidado una moneda de euro, con lo que la cogió para devolvérsela, pero justo al pasar junto al escaparate se dio cuenta de algo hizo que sintiera escalofríos.

La salchicha mágica no estaba. Había desaparecido. Miró nervioso por el suelo. Buscó por toda la tienda, pero no estaba. Entonces lo comprendió. Por eso había una moneda sobre el mostrador.

Aquellos niños se la habían llevado. Esa pandilla. Esa patrulla.

La patrulla de la lechuga verde: Capítulo 5

(…) El camino hasta la cascada era sencillo. Tardaron sólo unos minutos hasta que llegaron. Allí había alguien sentado sobre una roca. Era un hombre alto, con barba larga y un parche sobre el ojo derecho. Llevaba puesta lo que parecía una túnica negra sobre la espalda. Al ver a los niños al otro lado del río se levantó de la roca despacio, como si le costara trabajo. Miró a los niños con media sonrisa. Después de unos segundos en silencio dijo algo a la pandilla que los dejó helados.

– Hola a todos. Me alegra veros aquí. Habéis crecido mucho desde la última vez que os vi.

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Todos estaban alucinados. ¿Cómo podía ser que aquel hombre tan extraño los conociera? Se miraron entre ellos sin saber qué decir. Fue Pedrito el que consiguió articular palabra.

– ¿Cómo ha dicho? ¿Usted nos conoce?

– ¡Claro que os conozco! -exclamó el hombre soltando una carcajada muy molesta-. Os conozco desde que erais mucho más pequeños. Prácticamente os he visto en vuestros carritos.

Mientras seguía hablando, comenzó a dar pasos pequeños hacia donde estaba la pandilla. A ninguno le gustaba el tono con el que hablaba el hombre del parche. La situación se hacía más y más tensa.

– Os he visto casi a diario pasar con vuestras mochilas delante de mi tienda cuando salíais del colegio -el nuevo dato hizo que los niños se sobresaltaran-. Estáis más grandes desde que entrasteis por última vez.

– ¿Qué tienda? ¿Quién eres? -preguntó Lola, que quería salir corriendo.

– Soy un admirador. Desde aquel día no me he perdido ninguna de vuestras aventuras. Me gustó especialmente el momento en el que salvasteis el supermercado de aquel incendio, aunque no se puede comparar con la aventura de la playa, en la que conseguisteis salvar a esa tortuga.

– ¿Qué? ¿Estabas en la playa ese día? -Neno estaba enfadado.

– Sí. Claro que estaba. He estado siempre. Y ayer, en la cabaña, también estaba escondido tras unos matorrales -siguió avanzando poco a poco- y si no hubiera sido porque había una mujer con un gato, por fin habríais sido míos. Pero ahora es mi momento. Cuando escuché que la mujer os citó en la cascada sabía que vendríais a ésta y no a la que está justo al lado de la casa.

Lola pensó que llevaba razón. Hubiera sido más lógico ir a la otra cascada con los padres cerca por si hubiera pasado algo. Sin embargo estaban solos y ya no podían hacer nada.

– Vosotros me robasteis.

– ¡No hemos robado nada nunca! -gritó escandalizada Juanita.

– ¡Sí! ¡Lo hicisteis! -gritó mientras tiraba a los pies de los niños una moneda de un euro- entrasteis en mi tienda y robasteis una salchicha que tenía en el escaparate. ¡No era cualquier salchicha, aunque eso ya lo sabéis!

Comenzó a dar pasos más rápidos mientras se quitaba la barba y el parche. Soltó la túnica al suelo.

– ¡Es él! ¡Mi dueño! -gritó Bratwurst.

Al oír las palabras aterradas de Bratwurst, Salchicha Woman lo cogió en brazos y voló tan alto como pudo.

– ¡Ahí estás! ¡Eres mío!

Mientras miraba hacia arriba, Pedrito intentó escapar justo por delante de él, con tanta torpeza que cayó de bruces en el suelo. El hombre, que seguía avanzando mientras miraba hacia el cielo, tropezó con Pedrito. Aunque consiguió poner las manos en el suelo para no chocar con la cara, no pudo hacer nada para no caer en el río. Lola, que estaba muy cerca, comenzó a tirar rápidamente sobre el cuerpo del hombre tantos palos y hojas secas como pudo. Mientras tanto, varios salmones que intentaban remontar el río para desovar, trataban de dar saltos sobre la cabeza del charcutero, pero lo más que conseguían era dar coletazos en la cara del hombre. Bratwurst, que veía la escena desde el aire se soltó de Salchicha Woman para caer directamente sobre él, dio un bocado en los calzoncillos y comenzó a tirar por fuera de los pantalones del desafortunado impostor.

Parecía que lo tenían muy controlado, con lo que era un buen momento para escapar. Sin embargo, una voz detrás de ellos hizo que cambiaran de opinión. En ese momento, Salchicha Woman y Bratwurst se escondieron veloces tras la pandilla.

– ¿Qué ocurre aquí? ¿Qué está pasando? ¿Me queréis decir por qué hay un hombre en el suelo?

Quien gritaba era el padre de Neno. Todos los padres y madres de los niños estaban allí. Lo más sorprendente de todo es quién les acompañaba. La mujer del ojo cerrado que conocieron en la cabaña estaba con ellos.

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Planning del capítulo

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La patrulla de la lechuga verde: Capítulo 4

(…) – Me llamo Salchicha Woman. Mis amigos se han quedado encerrados en esa cabaña y no pueden salir. Sus padres están en la casa rural que hay junto al río ¿Nos podría ayudar?

La señora permaneció inmóvil, extrañada. Pasaron unos segundos hasta que reaccionó. Todos escucharon muy atentos sus palabras:

– ¿Qué es lo que puedes encontrar una vez en un minuto,

dos veces en un momento

y ni una vez en cien años?

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– ¿Cómo? -Salchicha Woman estaba extrañada.

La misteriosa mujer repitió las palabras, esta vez de forma más pausada para que se le entendiera bien.

– ¿Qué es lo que puedes encontrar una vez en un minuto,

dos veces en un momento

y ni una vez en cien años?

Salchicha Woman intentó retener el acertijo y volvió a la cabaña. Cuando llegó, los niños y Bratwurst hablaban acerca de lo que había dicho. Todos estaban muy confundidos. Estaba claro que si querían salir de allí tendrían que dar con la solución. Pero, ¿qué solución?

– Es una adivinanza -dijo Lola-. Mis padres son buenísimos acertando adivinanzas, pero ahora estamos solos. A ver, pensad. Podría ser un juego de palabras. A lo mejor si juntamos o separamos alguna…

– Un minuto tiene sesenta segundos -quiso zanjar Neno-. Cien años son… -intentó calcular cuántos segundos tendrían cien años, pero se bloqueó.

– Aunque lo calculemos, ¿cuántos segundos tiene un momento? – Juanita preguntó-. No puede ir por ahí. Lola lleva razón. Pensemos en las palabras.

Pasaron algunos minutos. Los niños paseaban por la cabaña de un lado al otro, mirando hacia el suelo, algunos con las manos cruzadas sobre la espalda, intentando dar con la solución.

De repente Lola tuvo una idea.

– Pandilla, creo que la solución está en tres palabras: minuto, momento y años. La adivinanza dice “una vez, minuto; dos veces, momento; ninguna vez, años”.

– Una vez, minuto. Dos veces momento – Juanita repetía susurrando las palabras.

– ¡Las letras! ¡No son las palabras, sino las letras! – Lola estaba eufórica mientras Pedrito, su hermano, la miraba como si fuera un bicho raro-. ¡Claro! Pensad en las letras: minuto tiene una, momento tiene dos y años ninguna. ¡Es la letra “m”!

Pedrito y Juanita necesitaron unos segundos para entenderlo, pero las dos salchichas y Neno lo captaron rápidamente.

– ¡Genial, Lola! -exclamó Juanita mientras la abrazaba.

– De verdad te digo que a veces no sé cómo podemos ser hermanos -Pedrito estaba alucinado.

Salchicha Woman volvió a volar a través de la ventana y se quedó de nuevo levitando frente a la mujer. Estaba casi segura de que la solución era correcta, aunque aún tenía dudas.

– Creo que tenemos la respuesta.

La mujer paró de andar y miró a la salchicha. No dijo nada.

– La respuesta es la letra M.

La mujer, pensativa, asintió con una pequeña sonrisa. Sin embargo, ninguno de los niños celebró haber acertado. Nada les aseguraba que fueran a salir de allí.

– Muy bien -respondió finalmente la extraña mujer-. Habéis acertado. Sabía que sabríais la respuesta. Ahora podéis salir de la cabaña.

– ¿Nos da entonces la llave? – gritó Juanita desde la cabaña-.

– ¿La llave? Yo no la tengo -rió la mujer-. La habéis tenido vosotros desde el principio. Buscad en vuestros bolsillos.

Era imposible que eso fuera verdad. Por muy rara que fuera esa mujer, no podrían tener una llave en los bolsillos. Todo era tan extraño… La pandilla, a excepción de Salchicha Woman y Bratwurst, comenzaron a buscar en sus bolsillos. El primero en hablar fue Pedrito. Estaba blanco como la leche.

– ¡Mirad! ¡La tengo yo! Pero, ¿cómo?

Sacó de su bolsillo izquierdo una pequeña llave oxidada. Todos estaban boquiabiertos, todos menos Lola. Mientras la pandilla celebraba el triunfo, ella fruncía el ceño, desconfiada. Había algo raro y muy poco probable en todo aquello. Sin embargo no dijo nada.

Pedrito metió la llave en la cerradura y abrió la puerta. Miraron a la mujer, quien sonreía de forma amistosa, lo que dio confianza a la pandilla para bajar. Una vez en el suelo, no quisieron despegar la mirada del suelo. Quisieron escapar rápidamente para llegar cuanto antes a la casa para contar a sus padres lo que había pasado. Sin embargo, antes de que el último bajara del árbol, la mujer paró en seco la huida.

– ¡Esperad!

Los chicos y chicas se pararon en seco. Habían conseguido la llave de la cabaña y pudieron bajar. ¿Qué quería la mujer ahora?

– Lo habéis hecho muy bien. Habéis trabajado juntos, en equipo, y gracias a ello habéis dado rápidamente con la solución. Ahora, idos si queréis. Yo no lo impediré. Pero también tenéis otra opción. Esperad un minuto más y decidid si queréis vivir una nueva aventura.

– ¡Nueva aventura! ¡Nueva aventura! -gritaba Pedrito mientras Lola lo miraba negando con la cabeza, como dando algo por perdido.

La mujer siguió hablando.

– Volved a casa y descansad. Si mañana, después de desayunad, seguís pensando igual, id a la cascada del río a las 11. Allí habrá alguien esperando.

Sin decir ni una palabra más, soltó a Osiris suavemente en el suelo, dio media vuelta y se fue.

La pandilla volvió a casa. Encontraron a los padres y madres algo preocupados por ellos, pero no demasiado. Los niños contaron que habían estado jugando en una cabaña cerca de la casa, pero no hablaron de la mujer. Lola buscó a su madre para decirle que había vuelto, pero no la encontró hasta la hora de la cena.

Esa noche durmieron como si fueran unos bebés. Estaban agotados.

A la mañana siguiente desayunaron de todo, casi sin hablar. Leche, zumo, tostadas, fruta…

– Tenemos que irnos -dijo Neno señalando el reloj que había colgado sobre la pared de la cocina.

– ¿Tenéis que iros? -dijó el padre de Juanita extrañado.

– Me refiero a que podríamos irnos a jugar.

Todos se levantaron de la mesa, recogieron todos los platos y salieron de la casa después de dar un beso a sus padres.

El camino hasta la cascada era sencillo. Tardaron sólo unos minutos hasta que llegaron. Allí había alguien sentado sobre una roca. Era un hombre alto, con barba larga y un parche sobre el ojo derecho. Llevaba puesta lo que parecía una túnica negra sobre la espalda. Al ver a los niños al otro lado del río se levantó de la roca despacio, como si le costara trabajo. Miró a los niños con media sonrisa. Después de unos segundos en silencio dijo algo a la pandilla que los dejó helados.

– Hola a todos. Me alegra veros aquí. Habéis crecido mucho desde la última vez que os vi.

 

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Planning del capítulo:

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La patrulla de la lechuga verde: Capítulo 3

(…) La pandilla estuvo un buen rato mirando el mapa, intentando descifrar los dibujos cuando de pronto la puerta se cerró de un portazo. Todos miraron hacia la puerta asustados. Neno se acercó y miró hacia el suelo por una de las grietas de la cabaña.

Alguien estaba bajo el árbol paseando. Era la señora sonriente de la foto.

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La señora cogió a Osiris, quien inexplicablemente no se asustó. Se acomodó sobre sus brazos y la señora comenzó a acariciarle las orejas. Osiris se durmió. Mientras, la pandilla la miraba fijamente desde la cabaña.

– Si Osiris no se asusta, esa mujer no puede hacernos daño -observó Lola mientras intentaba abrir la puerta-.

Miró de nuevo a sus amigos al no poder abrirla. ¡Estaba cerrada con llave!

– De alguna forma se podrá salir de aquí. Buscad la llave -la voz de Pedrito se notaba nerviosa.

Volvieron a mirar en la caja, detrás del mapa, bajo los cristales rotos de la botella. También buscaron entre las grietas del suelo y por las esquinas. Neno pasaba las manos sobre las paredes. Cuando las puso sobre el marco de la foto, éste cayó bruscamente al suelo, rompiéndose.

– A mí no me miréis -justificó Pedrito-, esta vez no he sido yo.

Neno recogió el marco astillado del suelo. Al levantarlo vieron que tras la foto había un trozo de papel con un dibujo. Comenzaron a mirarlo para ver si ahí había algo que les pudieran dar alguna pista sobre cómo salir de allí.

– Creo que sé lo que es -susurró Juanita-. Coged el mapa.

Al acercar el pergamino al trozo que habían encontrado lo tuvieron claro. ¡Era el trozo que faltaba! Ahora el mapa estaba completo. Lo mejor de todo es que al tener los dos trozos completos el dibujo cobraba sentido. Bajo la rosa de los vientos comenzaban los trazos del tejado de la cabaña en la que ellos estaban. En un lateral del mapa estaba la casa rural en la que estaban pasando el verano. Lola entornó los ojos mirando algo del dibujo.

– ¡Hay una llave dibujada junto al felpudo de la casa! Seguro que es la llave que abre la cabaña.

– Pero, ¿cómo vamos a la casa? Estamos encerrados y ninguno se atreve a hablar con esa mujer.

Después de un rato pensando, Juanita tuvo una idea.

– ¿Y si buscamos un pájaro? Escribimos una nota y la liamos sobre la pata.

– No creo que venga ningún pájaro y menos aún que vaya después volando a la casa para dar la nota a nuestros padres -dijo Neno algo confuso.

– ¿Y por qué no tiramos la nota al río? Llegará hasta la casa -señaló Pedrito.

– Claro -asintió Lola-, llegará empapada y con la tinta borrosa. Además, no tenemos nada con lo que escribir.

– Lo tengo. Iré volando a la casa y hablaré con vuestros padres -zanjó Salchicha Woman.

– Olvídate de eso. Si mis padres ven a una salchicha hablando les da algo -dijo riendo Pedrito.

– Entonces hablaré con esa señora.

– ¡NO! -gritaron todos a la vez.

– A ver, pandilla: si Orisis está durmiendo con esa mujer no puede pasar nada malo. Voy a decirle algo. Volaré alto para que no pueda cogerme.

– Ten cuidado -dijo asustado Bratwurst.

Salchicha Woman comenzó a levantar despacio el vuelo y se coló por un agujero que había en el tejado. La pandilla pasó rápidamente a la pared para ver qué hacía la mujer.

– ¡Hola! -dijo Salchicha Woman decidida.

La mujer no se inmutó. Siguió paseando acariciando a Osiris.

– ¡Hola! -repitió de nuevo, esta vez mucho más fuerte.

Al ver que la señora seguía sin responder, voló hasta donde ella se encontraba y se quedó flotando a unos metros frente a ella. La mujer se paró en seco y miró a la salchicha fijamente. Los amigos miraban boquiabiertos.

– Me llamo Salchicha Woman. Mis amigos se han quedado encerrados en esa cabaña y no pueden salir. Sus padres están en la casa rural que hay junto al río ¿Nos podría ayudar?

La señora permaneció inmóvil, extrañada. Pasaron unos segundos hasta que reaccionó. Todos escucharon muy atentos sus palabras:

– ¿Qué es lo que puedes encontrar una vez en un minuto,

dos veces en un momento

y ni una vez en cien años?

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Planning del capítulo 3

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La patrulla de la lechuga verde: Capítulo 2

– ¡Seis, siete, ocho nueve y diez! ¡Voy! -Neno gritó con todas su fuerzas.

La pandilla seguía disfrutando de unas vacaciones juntos en la casa rural. Habían pasado dos días desde que liberaron al ciervo. La zona era enorme y no había tiempo de aburrirse ni un momento.

Neno giró para ver dónde se habían escondido todos. Anduvo sigiloso unos pasos para asomarse tras la casa. Allí, bajo una mesa, se escondían Pedrito y Juanita. Un minuto después vio a Salchicha Woman y a Lola. Faltaba Bratwurst. Con su poder camaleónico era casi imposible ganarle en el juego del escondite. Miró hacia el bordillo de la piscina, donde Osiris aprovechaba una sombra sobre el bordillo para dormir una siesta. Neno pensó que Bratwurst podría estar escondida en la espalda de Osiris, con lo que comenzó a acercarse despacio.

– ¡Buuuuuuuuuuuuuuuuuuu!

El grito que Bratwurst dio mientras salía despedida del agua hacia arriba hizo que a todos se les fuera a salir el corazón del pecho. La peor parte se la llevó Osiris. Despertó de su plácido sueño dando un brinco enorme que acabó siendo una doble voltereta. El poco pelo que tenía en el lomo se erizó y gritó mirando hacia todos lados sin saber qué pasaba. Al bajar del aire cayó directamente en el agua, con lo que el susto fue todavía mayor. Comenzó a nadar hacia la escalera mientras la pandilla no podía parar de reír. Cuando consiguió salir del agua comenzó a correr hacia el bosque.

A Pedrito le dolía la barriga por las carcajadas. Sin embargo fue el primero en decir al resto que tenían que ir a buscar a Osiris.

– La pobre estará asustada -dijo.

Avisaron a los padres de que iban a buscarla. Bebieron un poco de agua y se pusieron las zapatillas.

– Se ha ido por allí -observó Lola.

Comenzaron a andar y a llamar a Osiris, aunque no la veían. El paseo por el camino que salía de la casa era muy bonito. Estaba lleno de pinos muy altos y frondosos. Todo el trayecto podían caminar bajo la sombra, lo que era de agradecer en el verano en Jaén. El sonido de las zapatillas sobre la tierra se mezclaba con el ruido de cientos de chicharras.

Después de andar un buen trecho, encontraron a Osiris. Estaba sentada mirando fijamente hacia la copa de un árbol.

– ¡Osiris! -gritó Pedrito “Cabezón”-. Nos habías asustado.

Seguro que si Osiris hubiera podido hablar habría dicho que el susto se lo había llevado ella. La gata permanecía quieta, como si no hubiera escuchado a sus amigos llegar.

– ¡Mirad!

Juanita llamó la atención de la pandilla y señaló hacia el mismo lugar al que miraba atentamente Osiris.

– ¡Una cabaña! ¡Mola! -exclamó Neno.

Desde el suelo, la cabaña parecía resistente, aunque abandonada. Tenía algunos tablones de la pared rotos, pero el suelo se veía intacto. Salchicha Woman voló para verla más de cerca y el resto la siguió. Sobre el tronco había clavados algunos trozos de madera que hacían de escalones. Al entrar encontraron sobre la puerta unas cuantas telas de araña. Un ratón salió despavorido por la ventana, aunque por suerte para él, Osiris no lo vio. Estaba bastante sucia. Los bichos se movían por el techo que aún estaba mojado por las últimas lluvias.

– Ahí hay una foto -observó Juanita señalando un marco sobre la pared.

La fotografía parecía antigua. Una señora mayor con un ojo más cerrado que el otro sonreía mirando a la cámara.

Todos estaban callados disfrutando del hallazgo cuando Lola vio algo en el suelo. Era una caja de madera llena de polvo.

– Mirad.

La abrió y sacó una botella. Parecía que tenía algo dentro, aunque no conseguía saber qué.

– Deja que la vea -dijo Pedrito.

Sin embargo, al coger la botella se escurrió de las manos y cayó al suelo, lo que hizo que se rompiera en mil pedazos.

– ¡Te la has cargado! -señaló su hermana.

Sobre el suelo vieron lo que había dentro de la botella. Cuando lo cogieron y desenrollaron descubrieron, completamente alucinados, lo que parecía un mapa. Era muy antiguo, con una rosa de los vientos impresa en una esquina. Faltaba un trozo grande de lo que parecía un pergamino. En el pie del mapa se leía con letras borrosas “biblioteca de Alejandría”.

La pandilla estuvo un buen rato mirando el mapa, intentando descifrar los dibujos cuando de pronto la puerta se cerró de un portazo. Todos miraron hacia la puerta asustados. Neno se acercó y miró hacia el suelo por una de las grietas de la cabaña.

Alguien estaba bajo el árbol paseando. Era la señora sonriente de la foto.

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Planning del capítulo con las ideas de los niños y niñas de clase.

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