Nuestro tercer libro: capítulo 1

En la radio sonaba uno de los últimos éxitos de un grupo muy famoso. A casi todo el mundo le gustaba. Sonaba a todas horas en todas las emisoras y canales de televisión.

– ¡Arranque ya y apague la radio! Si voy a casa en taxi es para no tener que aguantar ni música, ni a la gente ni a nada. Conduzca rápido, tengo ganas de irme de aquí.

La taxista miró por el retrovisor y asintió desesperanzada. Sin duda sabía que este no era el mejor cliente que le podía haber tocado e iban a estar algunas horas juntos hasta llegar a Jaén. Movió el espejo hacia arriba un poco para no tener que verlo. Tampoco físicamente era muy agradable. Pelo grasiento, nariz enorme y cara de estar enfadado con el mundo. Cuando se puso en marcha, el hombre miró hacia arriba tras la ventanilla y sonrió, o al menos parecía algo así como una sonrisa. A pesar de ser de día, el ambiente estaba oscuro por las nubes negras que cubrían el cielo. Con la radio apagada lo único que se escuchaba eran los golpes de las gotas de agua cayendo sobre el techo del taxi y algún que otro relámpago.

– Esto sí es música… -murmuró el apático señor.

Tardaron un buen rato en salir de Madrid. La fuerza del agua hacía que los coches condujeran más despacio por la autovía, lo que retenía la marcha. Como si fuera un metrónomo, el limpiacristales bailaba de un lado al otro sobre el cristal delantero. El monótono movimiento hizo que el hombre se durmiera.

“También roncas. Lo tienes todo”, pensaba la taxista, que llevaba todo el viaje en silencio para no molestar.

Un par de horas después despertó. El paisaje era muy distinto. Los olivos llenaban los laterales de la carretera y no había rastro de nubes.

– Paremos un rato. ¡Quiero estirar las piernas!

La mujer tomó la siguiente salida y paró en una gasolinera con restaurante. El hombre salió del coche y sin decir una palabra dio un portazo y se fue.

No había mucha gente dentro, lo que para él era perfecto. Pidió un café solo, sin azúcar. Justo cuando iba a coger la taza, su teléfono sonó.

– Sí. Estoy cerca. A unos veinte minutos. ¿Y qué quieres que yo haga? No puedo llegar antes… sí, les perdí la vista en el aeropuerto, supongo que no habrán llegado todavía -escuchó lo que la otra persona decía mientras su expresión iba empeorando- ¡Pues claro que he hecho fotos! ¡No sé por quién me tomas! ¿Después de los días que he estado allí persiguiéndolos piensas que no he hecho fotos? Siempre piensas que soy tonto. ¡Las tengo aquí, justo en mi mano!

El hombre estaba tan enfadado que empezó a agitar las fotografías muy rápido. En uno de los bruscos movimientos golpeó la mesa y las fotos cayeron al suelo. Un camarero se acercó rápidamente para ayudar a recogerlo.

– ¡Quieto! ¡No le he pedido ayuda!

El camarero miró fijamente al hombre y después a las fotos. Consiguió ver alguna de ellas. En una un edificio estaba ardiendo. En otra una tortuga nadaba en el agua con algo en la boca. Había otra hecha en algo parecido a un museo y la última que consiguió ver mostraba una cabaña de madera.

Recogió todas las fotografías y pago el café con monedas de 2 céntimos.

– Vámonos ya -dijo a la taxista-. Creo que es el viaje más largo del mundo.

Cuando llegaron a la calle en la que el hombre vivía la mujer supo exactamente dónde pararse sin tener que mirar el número de la casa. “Tiene que ser esta”, pensó. De entre todas ellas, sólo una estaba tan descuidada que tenía que ser de él.

– Espero que haya tenido un buen viaje -dijo la mujer mientras cogía el dinero exacto del viaje.

El hombre salió del coche sin decir nada. Ni si quiera cerró la puerta, con lo que la mujer tuvo que salir del coche para cerrarla ella. Sin duda había sido el peor cliente que había tenido nunca. Se alegraba de volver a Madrid. El viaje sola le serviría para ordenar sus pensamientos.

La fachada de la casa llevaba décadas sin cuidar. Enredaderas ocupaban la mayor parte. Entre las hojas se podían ver trozos de pared descascarillada. El tejado, más sucio aún que la fachada, guardaba objetos que seguramente el viento llevó.

Entró a la casa empujando varias veces la puerta principal con el hombro. Cerró con más dificultad de la que abrió.

– ¡Ya estoy aquí!

Nadie contestó. Subió las escaleras. La madera de los escalones estaba agrietada. Había tan poca luz que era difícil no tropezar con alguno de ellos. Entró en las habitaciones, pero no había nadie tampoco.

– ¡Se puede saber dónde estás!

Bajó de nuevo, esta vez dos plantas. Llegó al sótano. Si la planta de arriba estaba algo sucia, en la de abajo nadie había limpiado nunca. Una mujer sacaba ropa de la lavadora. A diferencia de él, ella era bien parecida. Si alguien los viera por la calle nunca adivinarían que eran pareja.

– ¡Ya era hora! -gruñó la mujer.

Él no contestó. Se limitó a tirar varios papeles y fotografías sobre una mesa llena de polvo, lo que hizo que una nube se levantara de pronto.

– Perfecto. Esto es perfecto -masculló ella-. Tenemos que colocarlo. Creo que estamos más cerca que nunca.

El hombre se acercó a una puerta e intentó abrirla, pero estaba cerrada con llave.

– Sabes que está cerrada siempre. ¿Te imaginas que pasaría si alguien entrará alguna vez ahí? -protestó ella de nuevo mientras sacaba una llave de su bolsillo.

La habitación tras la puerta era completamente distinta al resto de la casa. Limpia, bien iluminada y sin muebles. Entraron los dos y cerraron la puerta de nuevo. Como si fuera un escenario de una película de policías, una pared estaba llena de recortes de periódico, anotaciones, planos de la ciudad con varios puntos marcados y muchas fotografías. En ellas siempre salían las mismas personas. En un lateral de la pared, cuatro nombres escritos con letras enormes.

– Pedrito, Lola, Neno y Juanita -leyó la mujer-. Ya sois nuestros. Ya estamos muy cerca. Vosotros y esas dos con las que os juntáis. Ya sois nuestros.

10 comentarios en “Nuestro tercer libro: capítulo 1

  1. Ana Belén Osorio

    Madre mía!!!. Ha exclamado la mamá de la casa.
    Para cuando el siguiente capítulo?. Preguntó.
    No sé si podré aguantar la espera…..
    Era una mañana nublada del primero de febrero. La familia Porras Osorio rodeaba la mesa para el desayuno. Todos escuchaban atentos la lectura del primer capítulo de la nueva entrega del “perrito caliente parlante”.
    Sus bocas entreabierta de suspense, sus pupilas grandes y dilatadas y sus oídos queriendo salir de su escondite……..
    Qué será de esta familia hasta el próximo capítulo?…. 🤔😉

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  2. Raquel Iborra

    Qué chulada de capítulo, nos encanta la intriga.
    Martina lo ha leído en voz alta mientras vamos en coche camino de Granada.
    Ha sido un ratito de absoluto silencio, seguido de un gran aplauso y una charla sobre quién serán estos personajes nuevos y por qué estarán tan obsesionados con nuestros amigos…… Queremos más, clase!!!!!!

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  3. Cristina

    Un principio como era de esperar….y lo mejor de todo..es que ya estamos deseando de leer el próximo capítulo…¡¡¡Que intriga!!y qué hombre más misterioso…😊una vez más..Enhorabuena clase!!sois grandes!!👏👏👏

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