Nuetro tercer libro: Capítulo 6

Continuación del Capítulo 5

– Lo que queráis.

Lola respondió tranquila. Era sin duda la que más calmada estaba. Sabía que al ser la mayor tenía que intentar mantener la compostura. Si ella mostraba miedo, sus amigos y su hermano se podrían poner muy nerviosos.

– Vamos allá entonces. Os voy a dar un teléfono para que llaméis -respondió el hombre.

– Yo sé el teléfono de mis padres -sugirió Neno.

– Nada de padres. No llamaréis a ningún padre. ¿Os creéis que somos tontos? -la mujer, por primera vez, iba a estallar-. Si llamamos a vuestros padres llamarían a la policía rápidamente. Además, en el colegio ya les habrán dicho que no los encuentran. Es posible incluso que hayan llamado ya para que un par de coches os busquen, así que ¡nada de padres!

– Pero si no los llamamos a ellos, ¿quién os va a traer lo que queréis?

El hombre feo miró a Lola con una especie de sonrisa dibujada en la cara. Cogió el teléfono y marcó un número.

_____________________

El alboroto del simulacro de incendio hizo que en la parte de los despachos del colegio todo estuviera tranquilo. Isabel, la administrativa, trabajaba ordenando unos expedientes de unos alumnos nuevos. Tenía la radio puesta a un volumen tan bajo que normalmente no lo escuchaba, pero como ese día todo el mundo estaba en el patio, podía incluso cantar la letra de una conocida canción. Justo cuando iba a empezar el estribillo sonó el teléfono de su despacho.

– Colegio de primaria, ¿dígame?

– Buenos días -respondió una mujer-. Soy la madre de Joaquín y Rocío, los alumnos que han entrado nuevos este año.

– Sí, qué necesita.

– Verá, esta mañana, con las prisas, se me ha olvidado decirle a mi hija Rocío que he echado en su mochila un jarabe para su tos. El problema es que ella no sabe cuánto ha de tomar y tengo que decírselo.

– No hay problema. Dígame cuánto es y yo se lo digo.

– No -la cortó rápidamente-. Discúlpeme, pero prefiero decírselo yo. Entiéndame. Me quedo más tranquila.

– Está bien. Espere un momento.

Isabel dejó el teléfono sobre la mesa y anduvo con cierta prisa por el pasillo que daba al patio. Se dirigió al lugar donde estaba la clase de los hermanos y le dijo al tutor lo que pasaba. Este asintió, dando el visto bueno.

Mientras Rocío volvía con la administrativa, le contó que era su madre la que estaba al teléfono. Le extrañó mucho lo que le dijo del jarabe. La verdad es que no tenía nada de tos, pero se encogió de hombros.

Al llegar al despacho, Isabel señaló el teléfono.

– Hola, mamá.

– Lo primero y más importante: no quiero que hagas ningún gesto raro ni que digas nada. Tengo a tus amigos de clase, los que estaréis buscando por todo el colegio. Sólo quiero que asientas o digas sí de vez en cuando y no quiero tonterías, ¿me has entendido?

– Sí – Rocío respondió con decisión. Estaba temblando, pero nadie lo notaría.

– En el colegio, seguramente en la mochila de tus compañeros hay dos salchichas. No hace falta que te explique qué son.

– Sí. Pero, ¿dónde está el jarabe?

– Espera… me dicen en la mochila de Pedro. Una azul.

– Sé dónde está. Lo que quiero saber es dónde me lo tomo.

– Chica lista -la mujer supo que hablaba con la persona perfecta para la misión-. Queremos que esta tarde llevéis las dos salchichas al parque del Bulevar. En la parte de arriba hay unas calles sobre césped con varias hileras de pinos.

– Vale. Ya sé.

– Quiero que entiendas una cosa. Si avisas a alguien, si vienen padres, si se lo dices a la policía, será peor. Tú trae a las salchichas y llévate a tus amigos. Serás una heroína de cara a todos. A las siete -dijo antes de colgar.

– Pues sí que te ha dado instrucciones para tomar un jarabe tu madre -rió la administrativa.

A la hora de comer, Rocío y Joaquín sentían un nudo en el estómago. Sabían que lo correcto sería decírselo a sus padres, pero por otro lado no querían poner a sus amigos en peligro; nunca podrían perdonárselo. Cuando llegó la hora del descanso, los dos hermanos se metieron en su habitación, en la que compartían juegos a un lado y dos camas al otro separadas por una mesita.

___________________

A medida que subían por el parque veían los pinos cada vez más cerca. Aún quedaban 20 minutos para que dieran las siete. Cuando llegaron miraron a ambos lados, pero no había nadie.

Mientras tanto, un furgón negro con cristales tintados conducía lentamente por una avenida. Aparcó cerca de un supermercado.

– Ya sabéis, sin tonterías -amenazó el hombre feo-. Cogednos de la mano, como una familia feliz y todos volveremos contentos a casa.

Se acercaron a la zona en la que habían quedado. Allí estaban Joaquín y Rocío, de espaldas a ellos. Cuando llegaron al lugar, les llamaron la atención.

– Vamos, rápido. No hay tiempo que perder. Dadme a las dos salchichas y aquí no ha pasado nada.

Pedrito miraba a sus dos nuevos amigos con tristeza. Sabía que probablemente cuando los dos adultos tuvieran a Salchicha Woman y a Bratwurst no les pasaría nada a ellos, pero se sentía fatal porque iban a dar a estas dos personas terribles a dos de sus mejores amigos. Ningún niño de la pandilla podría llegar a imaginarse su vida sin ellas. Habían vivido mil aventuras juntos y las iban a entregar a dos científicos que podrían hacerles cosas horribles. Por las caras del resto, todos tenían la misma sensación.

– ¡No lo hagáis! -Neno comenzó a llorar-. No se las deis, son nuestras amigas.

– Son nuestras hermanas -siguió hablando Lola, también muy apenada.

– También lo sois vosotros -respondió Rocío-. Por favor, no les hagáis nada malo -esta vez miraba fijamente a los dos adultos.

– ¿Dónde están? Dádmelas y os daré a vuestros cuatro amigos. Lo haremos a la vez -ordenó la mujer.

– Están detrás vuestra desde el principio -contestó Joaquín.

Tanto el hombre feo como la mujer se dieron la vuelta, pero allí no había nadie. Al alzar la vista, se dieron cuenta de que las dos salchichas flotaban en el aire. Una, con una capa que parecía una loncha de queso sostenía a otra un poco más grande. Los dos adultos sonrieron por primera vez en todo el día.

– ¡No! -gritó Pedrito.

Los adultos soltaron a los niños, que rápidamente corrieron hacia Rocío y Joaquín. Se acercaron con decisión a las dos salchichas y las cogieron rápidamente.

– ¡Son nuestras! -gritó el hombre feo.

La mujer, con las dos salchichas, deslizó su mano derecha por encima de ellas cogiendo lo que parecía una cuerda, un hilo finísimo. Parecía un hilo de pesca, tan delgado que apenas se veía.

– ¡Esto qué es! ¡No son las salchichas! ¡Están colgadas de este pino con un hilo!

– ¡Vais a pagarlo caro! -gritó el hombre mientras se daba la vuelta, pero comprobando que ya no había nadie en el lugar en el que habían dejado escapar a los niños.

A unos doscientos metros, seis niños agitaban las manos, saludándolos mientras reían. Los dos adultos comenzaron a correr hacia ellos mientras tiraban las salchichas falsas. En pocos segundos los alcanzaron, ya que los niños no hicieron nada por escapar.

Detrás de los niños las luces rojas y azules de tres coches de policía se encendieron. Cuando los adultos pararon en seco era demasiado tarde. Diez agentes se abalanzaron sobre ellos para esposarlos. Los padres de todos los niños estaban allí con ellos y miraban a los adultos con superioridad.

– Nunca había visto unos niños tan valientes e inteligentes como vosotros, chicos -dijo la que parecía ser jefa del resto de policías-. Habéis hecho muy bien en avisarnos. Estos dos no os volverán a dar problemas. Felicidades también a vosotros -sonrió esta vez a los padres de la pandilla.

Los cuatro niños se dieron un fuerte abrazo y miraron a Rocío y a Joaquín.

– No sabemos cómo daros las gracias -les dijo Lola.

– No tenéis que darlas -respondió Joaquín-. Cualquiera habría hecho lo mismo.

– No -negó Neno-. Cualquiera, no.

Todos se miraron, sonriendo, en silencio. Las dos salchichas salieron de los bolsillos de Rocío y Joaquín. No hacía falta pronunciar palabras para describir lo que todos sentían. No hacía falta para darse cuenta de que nunca más serían seis en la pandilla.

– Bienvenidos, chicos -dijo Juanita-. Nos encanta que forméis parte de esto.

Y todos, los ocho, se fundieron en un abrazo.

28 comentarios en “Nuetro tercer libro: Capítulo 6

  1. Gema

    Profe hasta ahora este ha sido mi capítulo favorito.El truco de los dos hermanos con el hilito de cuerda , la escapada y todo lo demás me ha flipado. A mi madre y a mi nos ha encantado.❤❤❤❤❤⭐⭐⭐⭐⭐💋💋👍🐰🐇🌈🎆🥇🥇🥇🥇🥇🥇🥇🥇🥇🥇🥇🏅🏅🏅🏅🏅🏅🏅🏅

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      1. Jesus

        Profe me he leído el capítulo es el mejor que creo que hemos hecho en todos los 4 años que hemos estado juntos 😀😀😀😁😁😁☺☺☺☺🙂🙂🙂🙂😉😉😉😉😊😊😊😊😆😆😆😆🤗🤗🤗

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  2. Ana Belén Osorio

    Me a encantado el capítulo. Lo que más me ha gustado a sido cuando los niños estaban esperando con la policía
    A sido un capítulo precioso
    😙😙😙😙😊😊😊

    Le gusta a 1 persona

  3. Pingback: Nuestro tercer libro: capítulo VII – Hora de patio

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