Nuestro tercer libro: capítulo 3

Todo podría haber ocurrido de otra forma ese mismo día. Si no hubiera sido el primer día de clase, si el recreo hubiera sido a otra hora, si no hubieran presentado a los nuevos compañeros, si la alarma de incendios no hubiera sonado… Pero ocurrió así.

Normalmente, la clase de tercero iba a la biblioteca los martes antes del recreo, pero como ese día había sido especial por ser el primer día de clase y por haber hecho las dinámicas, el profesor había decidido ir a la biblioteca después del descanso, aunque avisó a sus alumnos de que era posible que no estuviera allí la maestra que se encargaba de los préstamos.

La clase fue a por sus libros en grupos de cuatro alumnos. Como siempre, los chicos de la patrulla fueron juntos.

La biblioteca del colegio era enorme. Todos los libros estaban muy bien ordenados. Normalmente estaba llena de niños, pero como era el primer día de clase, ese día no había ninguno. Era como entrar a una tienda de ropa a comprar una camiseta y que acaben de abrirla. Todo estaba perfectamente colocado en su sitio.

Los libros de tercero tenían una etiqueta roja. Eso quería decir que eran muy mayores y que podían sacar libros más complicados. La patrulla empezó a buscar alguno que les gustara, alguno que a primera vista les llamara la atención. Cada uno se fue a uno de los pasillos que formaban las grandes estanterías enfrentadas. El silencio era muy acogedor. Daban ganas de quedarse allí un buen rato buscando el libro perfecto.

Mientras ellos buscaban su libro, la maestra, que sí estaba allí, pasaba un lector sobre una etiqueta de la contraportada, organizaba algunos títulos de libros nuevos que iban a añadir a los estantes.

La pandilla fue eligiendo los que querían llevarse a clase. Lola eligió uno de Sherlock Holmes, un detective que tenía que descifrar misteriosos casos con la ayuda de su compañero John Watson.

Neno se decidió por “El capitán calzoncillos”, sobre dos niños de primaria a los que les encantan los cómics y se dedican a pintar y dibujar historietas cuyo personaje central es el personaje del mismo nombre del libro.

Juanita se decantó por “La patrulla de la lechuga verde”, un libro que habían escrito unos alumnos de segundo de primaria de algún colegio de Jaén que hablaba de las aventuras de un grupo de amigos y unas salchichas con poderes mágicos.

Pedrito “Cabezón” estaba indeciso entre uno de Tea Stilton y otro de Princesas Dragón. Al final decidió que el de Tea le podría gustar más.

Los cuatro niños se dirigieron a la mesa donde estaba la maestra encargada de hacer los préstamos. Le dieron los buenos días, pero ella no contestó. Era nueva ese año, o al menos ellos no la habían visto nunca, aunque bien es cierto que el colegio es muy grande y no conocían a todas las personas que trabajaban ahí. Llevaba un buen rato intentando buscar algo en el ordenador. Parecía que era la primera vez que hacía un préstamo. Tiró pronto la toalla y devolvió el primer libro a Juanita sin pasar el lector.

– El siguiente -dijo con desgana.

Neno le dio el suyo e hizo lo mismo. Tecleaba algo en el ordenador, aunque más bien parecía que quería salir del paso haciendo como que registraba el préstamo. Los chicos se miraron extrañados. A Lola le hubiera gustado decirle cómo se hacía, pero no quería parecer una enterada y mucho menos delante de esa maestra, que parecía que no tenía su mejor día.

Antes de que devolviera el libro a Neno, la alarma de incendios comenzó a sonar. La maestra no se inmutó.

– ¡Es la alarma que suena en los simulacros! -observó Lola-. ¡Tenemos que ir a clase!

– Pero si vamos a clase llevaremos el sentido contrario del que tenemos que tomar. ¿Y si salimos y nos ponemos en la primera fila que veamos en el pasillo?

La idea de Neno parecía buena. Los cuatro niños miraron a la maestra buscando su aprobación, pero seguía sin inmutarse. Cualquiera que pasara podría pensar que era un mueble más de la biblioteca.

La pandilla se miró y encogió los hombros. Un gesto de Pedrito con la cabeza guió al resto a la puerta de salida. Con buen paso, Juanita cogió el pomo para abrirla.

– Qué raro. ¡Está cerrada! -exlamó.

– “Seño”, la puerta está cerrada, ¡no podemos salir! -Lola parecía desesperada.

La maestra de la biblioteca dejó de mirar la pantalla del ordenador. Se echó hacia atrás, apoyando la espalda en el respaldo de la silla y tornó su mirada hacia los niños con una disimulada sonrisa. Pedrito empezó a dar golpes en la puerta para ver si alguien los escuchaba desde el pasillo. Mientras, la bibliotecaria puso lentamente su mano sobre su cabeza y con cuidado se quitó lo que nadie se había dado cuenta de que era una peluca. Después también se quitó las gafas. Los niños la miraban sin saber qué estaba pasando, mientras la alarma de incendios no paraba de sonar. Por primera vez, la mujer, que ya estaba claro que no era maestra, habló.

– Ya puedes salir.

La pandilla comenzó a mirar hacia todos los huecos del aula, pero allí no había nadie. De repente, las puertas de uno de los armarios de la sala comenzó a abrirse, muy lentamente. La respiración de los niños se agitaba entrecortada.

Cuando la puerta estuvo completamente abierta, de dentro salió un hombre, feo, sucio y destartalado. Miró a los niños, sonriendo de forma malvada.

– No sabéis cuánto tiempo llevo esperando este momento. Tres años y por fin os tengo delante sin nadie que nos moleste.

Pasaron unos segundos. Ninguno de los niños se atrevía a decir nada. Pedrito había dejado de golpear la puerta porque sabía que no había ya nadie detrás. Fue Lola la que se decidió a decir algo que dejó al resto de los amigos boquiabiertos.

– Yo le conozco. No es la primera vez que le veo. Usted es la persona que se sentó con nosotros en el avión cuando volvimos de Egipto.

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