Nuestro tercer libro: capítulo 5

La maestra de la biblioteca dejó de mirar la pantalla del ordenador. Se echó hacia atrás, apoyando la espalda en el respaldo de la silla y tornó su mirada hacia los niños con una disimulada sonrisa. Pedrito empezó a dar golpes en la puerta para ver si alguien los escuchaba desde el pasillo. Mientras, la bibliotecaria puso lentamente su mano sobre su cabeza y con cuidado se quitó lo que nadie se había dado cuenta de que era una peluca. Después también se quitó las gafas. Los niños la miraban sin saber qué estaba pasando, mientras la alarma de incendios no paraba de sonar. Por primera vez, la mujer, que ya estaba claro que no era maestra, habló.

– Ya puedes salir.

La pandilla comenzó a mirar hacia todos los huecos del aula, pero allí no había nadie. De repente, las puertas de uno de los armarios de la sala comenzó a abrirse, muy lentamente. La respiración de los niños se agitaba entrecortada.

Cuando la puerta estuvo completamente abierta, de dentro salió un hombre, feo, sucio y destartalado. Miró a los niños, sonriendo de forma malvada.

– No sabéis cuánto tiempo llevo esperando este momento. Tres años y por fin os tengo delante sin nadie que nos moleste.

Pasaron unos segundos. Ninguno de los niños se atrevía a decir nada. Pedrito había dejado de golpear la puerta porque sabía que no había ya nadie detrás. Fue Lola la que se decidió a decir algo que dejó al resto de los amigos boquiabiertos.

– Yo le conozco. No es la primera vez que le veo. Usted es la persona que se sentó con nosotros en el avión cuando volvimos de Egipto.

________________________

– Tienes buena memoria para ser tan canija, niña -respondió despectivamente el hombre feo-.

Los niños se miraban nerviosos. Les hubiera gustado salir de allí corriendo y pedir ayuda, pero nadie les oiría y la puerta estaba cerrada. Era mejor no moverse y dejar que los dos adultos hablaran. Estaban completamente perdidos sobre qué querían.

– Ahora viene lo difícil – la mujer, ahora sin la peluca, parecía la más inteligente de los dos-. A ver cómo nos la ingeniamos para salir de aquí.

– Las ventanas tienen reja. Con eso no contábamos.

– Pero, ¿qué queréis hacer? – Lola estaba asustada – Quiero irme de aquí. ¡Dejadnos salir!

– Calla, niña. Esto durará poco si sois listos – el hombre era cada vez más desagradable-. Ahora vamos a salir de aquí. Haced algún ruido y os aseguro que lo pagaréis muy caro, ¿me habéis entendido?

Ninguno de los niños respondió, lo que el hombre tomó como que estaba todo claro. La mujer se acercó a la puerta, la abrió con llave y asomó la cabeza, mirando a ambos lados.

– No podemos salir todavía. Hay un maestro a la izquierda.

– Lo que no podemos hacer es esperar aquí. Pronto todos los niños y sus profesores subirán del patio. O nos vamos ahora o lo perdemos todo -dijo el hombre, decidido-.

– Sal, dile que eres un compañero y que lo llama la directora -propuso ella-.

Mientras los dos debatían, Pedrito se acercó rápido a la mesa, cogió un papel y comenzó a escribir algo. Su hermana lo miraba aterrada. Si los adultos se daban cuenta, no sabía qué podrían llegar a hacerle. Cuando sus ojos se cruzaron con los de Pedrito, parecían decirle “vuelve aquí ahora mismo”. Pedrito metió el papel en un sobre que había en el cajón y volvió corriendo con sus amigos, sin hacer ruido.

Mientras tanto, el hombre había derramado lo que parecía agua sobre un pañuelo de tela.

– ¿Estás seguro? -preguntó ella, nerviosa.

– Claro que no, pero no nos queda otra.

Se quedaron en la biblioteca los chicos con la mujer. Al cabo de unos segundos, el hombre volvía arrastrando al profe de Educación Física, cogido por las axilas. Lo soltó en el suelo cuando entró al aula. Los amigos empezaron a asustarse de verdad y, aunque ninguno lloraba, por dentro no paraban de gritar.

– Tranquilos -les dijo la mujer, que vio que estaban sorprendidos-. Sólo está dormido. Se despertará en unos minutos y no sabrá lo que ha pasado. ¡Vamos! ¡Venid aquí!

Cada uno de los adultos cogió a dos niños, tapándoles la boca y andando todo lo rápido que pudieron por el pasillo hacia la salida. Los niños, sin apenas poder moverse, llevaban sus ojos hacia todas las direcciones buscando ayuda, pero allí no había nadie. Todo fue muy rápido. Salieron del edificio y se dirigieron a un furgón grande, negro, con lunas tintadas y unas pegatinas con truenos y fuego en el exterior. Parecía la furgoneta de un grupo de música. Abrieron las puertas traseras y empujaron a los chicos adentro. Al cerrar las puertas de nuevo, el piloto rojo de lo que parecía un botón se encendió, lo que dejó a la pandilla ver algo. Se levantaron todos a la vez y comenzaron a golpear las paredes.

– ¡Ya! ¡Parad o será peor! -gritó el hombre desde la parte delantera-.

Por dentro, la cámara del furgón estaba sucio. Tenía las esquinas oxidadas.

– Tranquilos -Lola comenzó a susurrar-. No nos va a pasar nada. Si quisieran hacernos daño, lo habrían hecho ya. Nosotros somos más listos que ellos. No os pongáis nerviosos. Vamos a ver dónde nos llevan y trazaremos un plan. ¡Somos nosotros! Nos gustan las aventuras y hemos salido bien de muchas.

– Pero ninguna como esta, Lola -Juanita respondió con voz gelatinosa-.

– Pues será la mejor aventura de todas -le contestó Neno-.

– Eso es -volvió a hablar Lola-. No los enfadéis. Dejad que hablen y en cuanto podamos, se nos ocurrirá algo.

El furgón anduvo durante unos treinta minutos. De repente, comenzó a saltar un poco y aminoró la marcha. Era como si condujeran sobre pequeñas piedras. Paró, lo que hizo que la intranquilidad de los chicos aumentara.

Cuando se abrió la puerta, la claridad del día inundó el interior del furgón. Los chicos tuvieron que entornar los ojos hasta que se acostumbraron a la luz.

– Salid y no hagáis tonterías. Os alcanzaríamos en segundos -dijo enfadado el hombre-.

Y así era. Estaban en un descampado inmenso que ninguno de los chicos conocía. No podrían escapar corriendo. Cogerían el coche y no tendrían nada que hacer.

– Esto es sencillo -comenzó a hablar ella-. Tenéis algo que queremos, algo que no es vuestro y que vosotros os habéis quedado.

No tardaron nada en darse cuenta de a qué se referían. Algo que os habéis quedado. Sin duda se referían a Salchicha Woman. ¿Qué si no?

– ¿Algo vuestro? -intentó disimular Pedrito.

– No nos toméis por idiotas, niño -contestó el hombre feo-. Bajo las pintas que llevamos ahora hay dos personas mucho más inteligentes de lo que creéis. Lo que queremos es a quien vosotros llamáis “Salchicha Woman”. Os apropiasteis de ella hace unos años. La encontrasteis en un puesto ambulante, pero no es vuestra.

Los chicos estaban atónitos. ¿Cómo era posible? ¿Cómo sabían todo aquello?

– Y por cierto -continuó-. También queremos a la otra salchicha. Ese no es un invento nuestro, pero queremos saber quién nos ha plagiado

– ¿Invento? ¿Plagiado? -preguntó Lola-.

– Copiado -respondió la mujer-. Somos científicos. Y somos muy buenos, los mejores. Trabajábamos para una empresa muy famosa e importante, pero nosotros mismos nos despedimos cuando conseguimos dar vida a seres inertes. Sois listos. Sabéis de lo que hablo.

– Entendednos -siguió el hombre feo-. Esa salchicha es posiblemente lo mejor que se ha conseguido en la historia de la manipulación genética. Nos teníamos que hacer de oro y además ayudaría a desarrollar otros descubrimientos. Pero un día la salchicha desapareció sin más.

– ¡Todo eso es mentira! -gritó Pedrito-. Cuando éramos pequeños, Salchicha Woman nos contó que una morcilla y un chorizo se dieron un…

Mientras lo contaba, Pedrito se iba dando cuenta de la historia que les contaron era absurda.

– Ya, chorizo y morcilla -dijo la mujer señalándose a sí misma y al hombre-. Esa salchicha, además de hablar y de volar, tiene un sentido del humor muy particular.

– Pero, ¿por qué Salchicha Woman nos engañaría? -preguntó extrañado Neno-.

– Para protegernos -aseguró Lola, pensativa-.

– Eso da igual. Las queremos. Las queremos a las dos y las queremos ya. Ahora vamos a llamar a vuestro padres y les contaremos todo. Si antes de esta tarde vuestras dos amigas no están aquí…

Los chicos observaban fijamente lo que el hombre decía.

– Cállate -lo interrumpió ella-. Ya están suficientemente asustados. Nosotros no somos así.

El hombre la miró.

– Si no traen esas salchichas hoy, empezaremos a ser así.

8 comentarios en “Nuestro tercer libro: capítulo 5

  1. Paola

    Q ilusión!!!! Me parece mentira q esto sea una realidad y q las cosas sencillas del día a día nos recuerden q volvemos a VIVIR!!! Recuperar nuestra normalidad, y continuar a pesar del bicho…… En fin, q me encanta😊 , ya estamos deseando saber q pasa de nuevo.

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  2. Gema

    Buenos días profe!!! El capítulo ha estado impresionante me ha encantado , de mis favoritos, ha quedado chulísimo . Me ha encantado la parte del furgón, el cloroformo y la intriga.
    Qué ganas de hacer otro capítulo como este!!!!!💋💋⭐⭐⭐⭐❤🐰🐇🌈😛😛

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  3. Pingback: Nuetro tercer libro: Capítulo 6 – Hora de patio

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