Ellas conectaron el mundo

Hoy, repasando nuestra unidad de tecnología, hemos hecho una “línea del tiempo” con algunas de las máquinas que más han cambiado el curso de la historia. Una de estas fue sin duda el teléfono. Les he explicado cómo funcionaban al principio, antes de nosotros (papis). Me han pedido que subiera un vídeo en el que salieran operadoras con ese enredo interminable de cables. Aquí lo tenéis:

Esta vez, yo voy primero

Que levante la mano aquel que se haya sentido muy mal porque alguna vez (o muchas veces) le han elegido el último para un juego.

Yo.

Los juegos, especialmente los deportivos, son competitivos. Esto es así, pero no es algo malo. La competitividad forma parte de la vida y, si se hace de forma respetuosa, no tiene que ser mala.

Esa competitividad nos lleva a que a la hora de hacer un equipo, queremos tener a los mejores con nosotros. Esto también es normal. ¿A quién no le gustaría estar en su trabajo rodeado de personas competentes?

Otra cosa distinta es cuando elegimos equipos solamente para divertirnos un rato y a la hora de elegir vamos dejando a algunos compañeros los últimos.

El pasado lunes, vivimos en clase esa sensación. Aprovechamos que un compañero fue al servicio para decir al resto de la clase que cuando volviera, haríamos dos equipos de fútbol. A él lo elegiríamos el último, a pesar de que es un gran jugador. Cuando todo terminó, le explicamos la dinámica y tan amigos.

El caso es que la cara de nuestro compi iba cambiando a medida que quedaban pocos compañeros por ser elegidos. Después nos explicó que se sintió mal.

Pero, ¿qué pasa con aquellos compañeros que suelen ser los últimos en ser elegidos día a día? Por eso pedimos a los chicos y chicas de clase que pensaran, con ayuda de las familias, sistemas de selección para hacer equipos cuando se trate de jugar en el patio simplemente para pasar un buen rato. Han surgido muchas buenas ideas: selecciones por pares e impares, selecciones según los números de mesas, números de filas…

La que por ahora nos ha gustado más ha sido la que ha propuesto una compañera. Aquellos que sean los últimos en ser elegidos serán los capitanes/as de equipo al día siguiente. Así cada día (este año no podemos coger papelitos de colores de una bolsa).

A mí me gustaría ser elegido el último mañana en el recreo.

Nuetro tercer libro: Capítulo 6

Continuación del Capítulo 5

– Lo que queráis.

Lola respondió tranquila. Era sin duda la que más calmada estaba. Sabía que al ser la mayor tenía que intentar mantener la compostura. Si ella mostraba miedo, sus amigos y su hermano se podrían poner muy nerviosos.

– Vamos allá entonces. Os voy a dar un teléfono para que llaméis -respondió el hombre.

– Yo sé el teléfono de mis padres -sugirió Neno.

– Nada de padres. No llamaréis a ningún padre. ¿Os creéis que somos tontos? -la mujer, por primera vez, iba a estallar-. Si llamamos a vuestros padres llamarían a la policía rápidamente. Además, en el colegio ya les habrán dicho que no los encuentran. Es posible incluso que hayan llamado ya para que un par de coches os busquen, así que ¡nada de padres!

– Pero si no los llamamos a ellos, ¿quién os va a traer lo que queréis?

El hombre feo miró a Lola con una especie de sonrisa dibujada en la cara. Cogió el teléfono y marcó un número.

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El alboroto del simulacro de incendio hizo que en la parte de los despachos del colegio todo estuviera tranquilo. Isabel, la administrativa, trabajaba ordenando unos expedientes de unos alumnos nuevos. Tenía la radio puesta a un volumen tan bajo que normalmente no lo escuchaba, pero como ese día todo el mundo estaba en el patio, podía incluso cantar la letra de una conocida canción. Justo cuando iba a empezar el estribillo sonó el teléfono de su despacho.

– Colegio de primaria, ¿dígame?

– Buenos días -respondió una mujer-. Soy la madre de Joaquín y Rocío, los alumnos que han entrado nuevos este año.

– Sí, qué necesita.

– Verá, esta mañana, con las prisas, se me ha olvidado decirle a mi hija Rocío que he echado en su mochila un jarabe para su tos. El problema es que ella no sabe cuánto ha de tomar y tengo que decírselo.

– No hay problema. Dígame cuánto es y yo se lo digo.

– No -la cortó rápidamente-. Discúlpeme, pero prefiero decírselo yo. Entiéndame. Me quedo más tranquila.

– Está bien. Espere un momento.

Isabel dejó el teléfono sobre la mesa y anduvo con cierta prisa por el pasillo que daba al patio. Se dirigió al lugar donde estaba la clase de los hermanos y le dijo al tutor lo que pasaba. Este asintió, dando el visto bueno.

Mientras Rocío volvía con la administrativa, le contó que era su madre la que estaba al teléfono. Le extrañó mucho lo que le dijo del jarabe. La verdad es que no tenía nada de tos, pero se encogió de hombros.

Al llegar al despacho, Isabel señaló el teléfono.

– Hola, mamá.

– Lo primero y más importante: no quiero que hagas ningún gesto raro ni que digas nada. Tengo a tus amigos de clase, los que estaréis buscando por todo el colegio. Sólo quiero que asientas o digas sí de vez en cuando y no quiero tonterías, ¿me has entendido?

– Sí – Rocío respondió con decisión. Estaba temblando, pero nadie lo notaría.

– En el colegio, seguramente en la mochila de tus compañeros hay dos salchichas. No hace falta que te explique qué son.

– Sí. Pero, ¿dónde está el jarabe?

– Espera… me dicen en la mochila de Pedro. Una azul.

– Sé dónde está. Lo que quiero saber es dónde me lo tomo.

– Chica lista -la mujer supo que hablaba con la persona perfecta para la misión-. Queremos que esta tarde llevéis las dos salchichas al parque del Bulevar. En la parte de arriba hay unas calles sobre césped con varias hileras de pinos.

– Vale. Ya sé.

– Quiero que entiendas una cosa. Si avisas a alguien, si vienen padres, si se lo dices a la policía, será peor. Tú trae a las salchichas y llévate a tus amigos. Serás una heroína de cara a todos. A las siete -dijo antes de colgar.

– Pues sí que te ha dado instrucciones para tomar un jarabe tu madre -rió la administrativa.

A la hora de comer, Rocío y Joaquín sentían un nudo en el estómago. Sabían que lo correcto sería decírselo a sus padres, pero por otro lado no querían poner a sus amigos en peligro; nunca podrían perdonárselo. Cuando llegó la hora del descanso, los dos hermanos se metieron en su habitación, en la que compartían juegos a un lado y dos camas al otro separadas por una mesita.

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A medida que subían por el parque veían los pinos cada vez más cerca. Aún quedaban 20 minutos para que dieran las siete. Cuando llegaron miraron a ambos lados, pero no había nadie.

Mientras tanto, un furgón negro con cristales tintados conducía lentamente por una avenida. Aparcó cerca de un supermercado.

– Ya sabéis, sin tonterías -amenazó el hombre feo-. Cogednos de la mano, como una familia feliz y todos volveremos contentos a casa.

Se acercaron a la zona en la que habían quedado. Allí estaban Joaquín y Rocío, de espaldas a ellos. Cuando llegaron al lugar, les llamaron la atención.

– Vamos, rápido. No hay tiempo que perder. Dadme a las dos salchichas y aquí no ha pasado nada.

Pedrito miraba a sus dos nuevos amigos con tristeza. Sabía que probablemente cuando los dos adultos tuvieran a Salchicha Woman y a Bratwurst no les pasaría nada a ellos, pero se sentía fatal porque iban a dar a estas dos personas terribles a dos de sus mejores amigos. Ningún niño de la pandilla podría llegar a imaginarse su vida sin ellas. Habían vivido mil aventuras juntos y las iban a entregar a dos científicos que podrían hacerles cosas horribles. Por las caras del resto, todos tenían la misma sensación.

– ¡No lo hagáis! -Neno comenzó a llorar-. No se las deis, son nuestras amigas.

– Son nuestras hermanas -siguió hablando Lola, también muy apenada.

– También lo sois vosotros -respondió Rocío-. Por favor, no les hagáis nada malo -esta vez miraba fijamente a los dos adultos.

– ¿Dónde están? Dádmelas y os daré a vuestros cuatro amigos. Lo haremos a la vez -ordenó la mujer.

– Están detrás vuestra desde el principio -contestó Joaquín.

Tanto el hombre feo como la mujer se dieron la vuelta, pero allí no había nadie. Al alzar la vista, se dieron cuenta de que las dos salchichas flotaban en el aire. Una, con una capa que parecía una loncha de queso sostenía a otra un poco más grande. Los dos adultos sonrieron por primera vez en todo el día.

– ¡No! -gritó Pedrito.

Los adultos soltaron a los niños, que rápidamente corrieron hacia Rocío y Joaquín. Se acercaron con decisión a las dos salchichas y las cogieron rápidamente.

– ¡Son nuestras! -gritó el hombre feo.

La mujer, con las dos salchichas, deslizó su mano derecha por encima de ellas cogiendo lo que parecía una cuerda, un hilo finísimo. Parecía un hilo de pesca, tan delgado que apenas se veía.

– ¡Esto qué es! ¡No son las salchichas! ¡Están colgadas de este pino con un hilo!

– ¡Vais a pagarlo caro! -gritó el hombre mientras se daba la vuelta, pero comprobando que ya no había nadie en el lugar en el que habían dejado escapar a los niños.

A unos doscientos metros, seis niños agitaban las manos, saludándolos mientras reían. Los dos adultos comenzaron a correr hacia ellos mientras tiraban las salchichas falsas. En pocos segundos los alcanzaron, ya que los niños no hicieron nada por escapar.

Detrás de los niños las luces rojas y azules de tres coches de policía se encendieron. Cuando los adultos pararon en seco era demasiado tarde. Diez agentes se abalanzaron sobre ellos para esposarlos. Los padres de todos los niños estaban allí con ellos y miraban a los adultos con superioridad.

– Nunca había visto unos niños tan valientes e inteligentes como vosotros, chicos -dijo la que parecía ser jefa del resto de policías-. Habéis hecho muy bien en avisarnos. Estos dos no os volverán a dar problemas. Felicidades también a vosotros -sonrió esta vez a los padres de la pandilla.

Los cuatro niños se dieron un fuerte abrazo y miraron a Rocío y a Joaquín.

– No sabemos cómo daros las gracias -les dijo Lola.

– No tenéis que darlas -respondió Joaquín-. Cualquiera habría hecho lo mismo.

– No -negó Neno-. Cualquiera, no.

Todos se miraron, sonriendo, en silencio. Las dos salchichas salieron de los bolsillos de Rocío y Joaquín. No hacía falta pronunciar palabras para describir lo que todos sentían. No hacía falta para darse cuenta de que nunca más serían seis en la pandilla.

– Bienvenidos, chicos -dijo Juanita-. Nos encanta que forméis parte de esto.

Y todos, los ocho, se fundieron en un abrazo.

Preparamos nuestro debate

Como vimos en la presentación del otro día, debatir es dar argumentos a otra persona o grupo de personas para defender un tema, una tesis.

Mañana vamos a hacer un debate que será intenso sobre un tema que, más pronto que tarde, nos va a llegar: la pertenencia y uso del teléfono móvil.

Este año, por un acontecimiento muy cercano, es posible que las familias se vean en el dilema de aceptar o no que a nuestros hijos le regalen uno. De “un ratito el fin de semana” a “un ratito cada tarde” hay menos de un paso. Más adelante, nos encontraremos con otro dilema aún mayor: “he sido inflexible en este tema, pero de repente me encuentro con que mi hijo/a es el único/a de la clase que no lo tiene” (seguro que aún queda mucho para eso).

No cabe duda de las ventajas que tiene tener uno a ciertas edades, aunque a nadie se le escapan los puñados de desventajas e incluso contraindicaciones que ello conlleva.

Hoy no hago esta entrada para que los padres y profes debatamos, sino para que ayudemos a nuestros hijos a encontrar argumentos que defiendan una u otra postura (según el grupo en el que estén).

Los grupos 1, 2 y 3 defenderán que aún no es momento para tener un teléfono móvil (aunque no piensen así).

Los grupos 4, 5 y 6 defenderán que el año que viene sería un regalo perfecto (aunque no piensen así).

Dos de estos grupos serán público, pero no sabemos cuáles. Los sortearemos mañana.

Independientemente de que les dejéis clara vuestra postura sobre el tema, ayudadles a encontrar esos argumentos para que los memoricen y puedan aportar sus ideas mañana, estén o no en consonancia con vuestro pensamiento.

El debate

Este año vamos a profundizar en el debate, todo un arte.

En muchas ocasiones nos ocurre que, bien por no llevar la contraria a alguien o bien porque no conocemos un tema, no damos nuestro punto de vista.

Dar vuestro punto de vista, haceos escuchar, respetar la opinión de los demás y asegurarse de que el resto escucha tu opinión son la base de una discusión respetuosa.

Discutir sobre un tema no es pelearse si lo haces con educación y respeto. Es debatir. He hecho esta presentación para que comprendas cómo vamos a hacerlo.

Un, dos, tres

Seguimos con nuestro repaso a los sectores laborales. Hoy nos hemos divertido mucho jugando a “Un, dos, tres”.

Primero les he explicado cómo era ese concurso. ¿Qué familia no se sentaba junta en el sofá para ver a Mayra Gómez Kemp y a todos sus invitados? Parecía que éramos nosotros los que nos llevábamos el apartamento o el coche

Después ha sido el turno de los peques. Por ejemplo, por 20 pesetas, decidnos nombres profesiones del sector primario que trabajen directamente con animales, por ejemplo, un pastor. Un, dos, tres, responda otra vez.

Música de fondo, como no puede ser de otra forma. No me digáis que no se os eriza la piel escuchando esto:

Les he dicho a los chicos que el viernes subiré el enlace de algún programa completo para que puedan ver el que para mí ha sido el mejor concurso de televisión de todos los que haya visto.

Nuestro tercer libro: capítulo 5

La maestra de la biblioteca dejó de mirar la pantalla del ordenador. Se echó hacia atrás, apoyando la espalda en el respaldo de la silla y tornó su mirada hacia los niños con una disimulada sonrisa. Pedrito empezó a dar golpes en la puerta para ver si alguien los escuchaba desde el pasillo. Mientras, la bibliotecaria puso lentamente su mano sobre su cabeza y con cuidado se quitó lo que nadie se había dado cuenta de que era una peluca. Después también se quitó las gafas. Los niños la miraban sin saber qué estaba pasando, mientras la alarma de incendios no paraba de sonar. Por primera vez, la mujer, que ya estaba claro que no era maestra, habló.

– Ya puedes salir.

La pandilla comenzó a mirar hacia todos los huecos del aula, pero allí no había nadie. De repente, las puertas de uno de los armarios de la sala comenzó a abrirse, muy lentamente. La respiración de los niños se agitaba entrecortada.

Cuando la puerta estuvo completamente abierta, de dentro salió un hombre, feo, sucio y destartalado. Miró a los niños, sonriendo de forma malvada.

– No sabéis cuánto tiempo llevo esperando este momento. Tres años y por fin os tengo delante sin nadie que nos moleste.

Pasaron unos segundos. Ninguno de los niños se atrevía a decir nada. Pedrito había dejado de golpear la puerta porque sabía que no había ya nadie detrás. Fue Lola la que se decidió a decir algo que dejó al resto de los amigos boquiabiertos.

– Yo le conozco. No es la primera vez que le veo. Usted es la persona que se sentó con nosotros en el avión cuando volvimos de Egipto.

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– Tienes buena memoria para ser tan canija, niña -respondió despectivamente el hombre feo-.

Los niños se miraban nerviosos. Les hubiera gustado salir de allí corriendo y pedir ayuda, pero nadie les oiría y la puerta estaba cerrada. Era mejor no moverse y dejar que los dos adultos hablaran. Estaban completamente perdidos sobre qué querían.

– Ahora viene lo difícil – la mujer, ahora sin la peluca, parecía la más inteligente de los dos-. A ver cómo nos la ingeniamos para salir de aquí.

– Las ventanas tienen reja. Con eso no contábamos.

– Pero, ¿qué queréis hacer? – Lola estaba asustada – Quiero irme de aquí. ¡Dejadnos salir!

– Calla, niña. Esto durará poco si sois listos – el hombre era cada vez más desagradable-. Ahora vamos a salir de aquí. Haced algún ruido y os aseguro que lo pagaréis muy caro, ¿me habéis entendido?

Ninguno de los niños respondió, lo que el hombre tomó como que estaba todo claro. La mujer se acercó a la puerta, la abrió con llave y asomó la cabeza, mirando a ambos lados.

– No podemos salir todavía. Hay un maestro a la izquierda.

– Lo que no podemos hacer es esperar aquí. Pronto todos los niños y sus profesores subirán del patio. O nos vamos ahora o lo perdemos todo -dijo el hombre, decidido-.

– Sal, dile que eres un compañero y que lo llama la directora -propuso ella-.

Mientras los dos debatían, Pedrito se acercó rápido a la mesa, cogió un papel y comenzó a escribir algo. Su hermana lo miraba aterrada. Si los adultos se daban cuenta, no sabía qué podrían llegar a hacerle. Cuando sus ojos se cruzaron con los de Pedrito, parecían decirle “vuelve aquí ahora mismo”. Pedrito metió el papel en un sobre que había en el cajón y volvió corriendo con sus amigos, sin hacer ruido.

Mientras tanto, el hombre había derramado lo que parecía agua sobre un pañuelo de tela.

– ¿Estás seguro? -preguntó ella, nerviosa.

– Claro que no, pero no nos queda otra.

Se quedaron en la biblioteca los chicos con la mujer. Al cabo de unos segundos, el hombre volvía arrastrando al profe de Educación Física, cogido por las axilas. Lo soltó en el suelo cuando entró al aula. Los amigos empezaron a asustarse de verdad y, aunque ninguno lloraba, por dentro no paraban de gritar.

– Tranquilos -les dijo la mujer, que vio que estaban sorprendidos-. Sólo está dormido. Se despertará en unos minutos y no sabrá lo que ha pasado. ¡Vamos! ¡Venid aquí!

Cada uno de los adultos cogió a dos niños, tapándoles la boca y andando todo lo rápido que pudieron por el pasillo hacia la salida. Los niños, sin apenas poder moverse, llevaban sus ojos hacia todas las direcciones buscando ayuda, pero allí no había nadie. Todo fue muy rápido. Salieron del edificio y se dirigieron a un furgón grande, negro, con lunas tintadas y unas pegatinas con truenos y fuego en el exterior. Parecía la furgoneta de un grupo de música. Abrieron las puertas traseras y empujaron a los chicos adentro. Al cerrar las puertas de nuevo, el piloto rojo de lo que parecía un botón se encendió, lo que dejó a la pandilla ver algo. Se levantaron todos a la vez y comenzaron a golpear las paredes.

– ¡Ya! ¡Parad o será peor! -gritó el hombre desde la parte delantera-.

Por dentro, la cámara del furgón estaba sucio. Tenía las esquinas oxidadas.

– Tranquilos -Lola comenzó a susurrar-. No nos va a pasar nada. Si quisieran hacernos daño, lo habrían hecho ya. Nosotros somos más listos que ellos. No os pongáis nerviosos. Vamos a ver dónde nos llevan y trazaremos un plan. ¡Somos nosotros! Nos gustan las aventuras y hemos salido bien de muchas.

– Pero ninguna como esta, Lola -Juanita respondió con voz gelatinosa-.

– Pues será la mejor aventura de todas -le contestó Neno-.

– Eso es -volvió a hablar Lola-. No los enfadéis. Dejad que hablen y en cuanto podamos, se nos ocurrirá algo.

El furgón anduvo durante unos treinta minutos. De repente, comenzó a saltar un poco y aminoró la marcha. Era como si condujeran sobre pequeñas piedras. Paró, lo que hizo que la intranquilidad de los chicos aumentara.

Cuando se abrió la puerta, la claridad del día inundó el interior del furgón. Los chicos tuvieron que entornar los ojos hasta que se acostumbraron a la luz.

– Salid y no hagáis tonterías. Os alcanzaríamos en segundos -dijo enfadado el hombre-.

Y así era. Estaban en un descampado inmenso que ninguno de los chicos conocía. No podrían escapar corriendo. Cogerían el coche y no tendrían nada que hacer.

– Esto es sencillo -comenzó a hablar ella-. Tenéis algo que queremos, algo que no es vuestro y que vosotros os habéis quedado.

No tardaron nada en darse cuenta de a qué se referían. Algo que os habéis quedado. Sin duda se referían a Salchicha Woman. ¿Qué si no?

– ¿Algo vuestro? -intentó disimular Pedrito.

– No nos toméis por idiotas, niño -contestó el hombre feo-. Bajo las pintas que llevamos ahora hay dos personas mucho más inteligentes de lo que creéis. Lo que queremos es a quien vosotros llamáis “Salchicha Woman”. Os apropiasteis de ella hace unos años. La encontrasteis en un puesto ambulante, pero no es vuestra.

Los chicos estaban atónitos. ¿Cómo era posible? ¿Cómo sabían todo aquello?

– Y por cierto -continuó-. También queremos a la otra salchicha. Ese no es un invento nuestro, pero queremos saber quién nos ha plagiado

– ¿Invento? ¿Plagiado? -preguntó Lola-.

– Copiado -respondió la mujer-. Somos científicos. Y somos muy buenos, los mejores. Trabajábamos para una empresa muy famosa e importante, pero nosotros mismos nos despedimos cuando conseguimos dar vida a seres inertes. Sois listos. Sabéis de lo que hablo.

– Entendednos -siguió el hombre feo-. Esa salchicha es posiblemente lo mejor que se ha conseguido en la historia de la manipulación genética. Nos teníamos que hacer de oro y además ayudaría a desarrollar otros descubrimientos. Pero un día la salchicha desapareció sin más.

– ¡Todo eso es mentira! -gritó Pedrito-. Cuando éramos pequeños, Salchicha Woman nos contó que una morcilla y un chorizo se dieron un…

Mientras lo contaba, Pedrito se iba dando cuenta de la historia que les contaron era absurda.

– Ya, chorizo y morcilla -dijo la mujer señalándose a sí misma y al hombre-. Esa salchicha, además de hablar y de volar, tiene un sentido del humor muy particular.

– Pero, ¿por qué Salchicha Woman nos engañaría? -preguntó extrañado Neno-.

– Para protegernos -aseguró Lola, pensativa-.

– Eso da igual. Las queremos. Las queremos a las dos y las queremos ya. Ahora vamos a llamar a vuestro padres y les contaremos todo. Si antes de esta tarde vuestras dos amigas no están aquí…

Los chicos observaban fijamente lo que el hombre decía.

– Cállate -lo interrumpió ella-. Ya están suficientemente asustados. Nosotros no somos así.

El hombre la miró.

– Si no traen esas salchichas hoy, empezaremos a ser así.

Superar dificultades

Subo este vídeo a petición de los peques. Hoy, en clase de música, hemos estado cantando un par de canciones, “Hay un amigo en mí” y “De ellos aprendí”. Después hemos visto algunos vídeos de los que impresionan y este es uno de ellos.

Ella es una cantante que muy pequeña perdió la audición. Con ayuda de un afinador ha ido consiguiendo colocar su voz y mediante la vibración que emiten el resto de instrumentos va siguiendo el ritmo. Una de esas historias que conmueven a cualquiera.